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Portada de la novela Pecando por amor

Pecando por amor

Criada bajo los rigurosos códigos de la Cosa Nostra, Alessia Vitale sabe que el hombre que ama es un fruto prohibido. Dividida entre la lealtad familiar y un deseo irrefrenable, la joven decide arriesgar su linaje para dejarse llevar por el sentimiento. No obstante, desafiar las leyes de la mafia para vivir su primer romance traerá consigo un castigo implacable. Su pecado desatará una serie de eventos oscuros de los que le resultará imposible huir.
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Capítulo 1

Alessia

Los nervios pueden conmigo, mis manos se vuelven temblorosas mientras saco de la caja la prueba de embarazo. Mi pecho se comprime, amenazándome con dejarme sin aire. Trato de calmarme, porque esto no me ayudará si mis sospechas son ciertas.

Me veo en el espejo de cuerpo completo de mi baño, estoy ojerosa, pálida y con los ojos inundados en lágrimas, ¿Quién no lo estaría en mi situación? Mis labios forman un puchero mientras trató de infundirme valor.

—Vamos, Alessia. Tú puedes —mi voz sale débil. Carraspeo—. Solo es un susto, no tienes por qué temer.

Me siento en el retrete con la prueba entre mis piernas, orino y espero los minutos que se requieren para que arroje el resultado que cambiará mi vida. Tocan la puerta de mi habitación de baño y pego un brinco asustada.

—Cariño, ¿Estás allí? —pregunta mamá al otro lado de la puerta.

—Eh… Eh sí, mamá. ¿Puedes darme un momento? —tartamudeo.

—¿Estás bien corazón? ¿Pasa algo? —cuestiona con voz preocupada. Las lágrimas quieren desbordarse de mis ojos, pero no lo permito.

—Sí, mamá. Dame unos minutos y bajo.

—Tu padre y yo, queremos hablar seriamente contigo jovencita.

¡Santa mierda!

¿Se habrán enterado? ¿Pero cómo?

Fuimos cuidadosos en nuestros encuentros

«Ni tanto». Me recuerda mi subconsciente.

No la escucho al otro lado de la puerta, sé que si no bajo, vendrá a buscarme nuevamente. Escondo la prueba y la caja entre mis productos de aseo personal, verifico que no se vea. Me doy una mirada al espejo y sin duda mis ojos azules lucen apagados, sin vida.

Me echo agua en el rostro, me pellizco las mejillas para darle un poco de color y bajo. En la sala de estar están sentados mis padres, Fabrizio Vitale y Bianca Vitale. Los miro y tomo aire, sus posturas me dan a entender que no me gustará lo que tienen para decirme.

—Padre, madre —los llamo para atraer su atención.

Ambos voltean al mismo tiempo y me dan una mirada, que no sé cómo descifrar. Mamá es la primera en colocarse de pie y acercarse.

—¿Segura que estás bien cariño? —sus ojos no dejan de escanearme—. Te noto pálida.

—Principessa —papá se levanta del sofá y viene hacia a mí, toma mi rostro entre sus fuertes manos mientras sus ojos azules no dejan los mismos.

Sí, físicamente me parezco a mi padre. Rubia, ojos azules, nariz respingona, pómulos pronunciados y labios regorditos. De madre, solo saqué la altura y el gusto por lo peligroso.

—Papi, mami, solo es un malestar de estómago —susurro bajito sin fuerzas para mentirles—. Algo debió caerme mal en la cena.

Sigue mirándome, eso me asusta, pero finjo que nada me pasa. Ambos me guían hasta el sofá.

—Cariño… —solo con ese tono, sé que van a decirme algo que no me va gustar, mamá no es de andarse por las ramas—, estás por cumplir los dieciocho años y ya han comenzado los tradicionales con las habladurías de, ¿cuándo te vamos a comprometer? Si ya estás en edad de casarte.

Si mi cara antes estaba sin color, ahora completamente lo está. No quiero casarme con nadie por tradición, no quiero un matrimonio arreglado para fortalecer la Cosa Nostra. Quiero un matrimonio como el de mis padres, por amor, porque mamá no pertenece al mundo de la mafia italiana y aun así papá la eligió y se casaron cuando yo venía en camino.

—Tu tío y yo, le romperemos la cara a quien se atreva a dudar de tu virtud —gruñe papá. Su mano fuerte vuelve a tomar mi rostro—. Eres la hija de un ejecutor y debes ser tratada de manera honorable, no cualquiera puede tener las pelotas de pedirnos tu mano, y solo te casaras cuando aparezca el hombre digno de ti, mi principessa.

Se me forma un nudo en la garganta e inevitablemente las lágrimas abandonan mis ojos. Trato de pararlas, pero no puedo. ¿Cómo voy a casarme? ¿Cómo voy a explicarle a mis padres y a mi marido que no soy honorable? ¿Cómo voy a decirle que perdí la virtud con la persona más peligrosa que conozco?

Y esa persona no es ni mis padres, ni mis tíos. Desde pequeña supe que me enamoraría de un hombre malo, porque fui criada por hombres crueles, pero jamás imaginé que lo haría del más malo de todos y ahora estoy aquí, a nada de pagar las consecuencias de mis actos.

—Pa-papá —tartamudeo—, n-no quiero casarme.

Maldigo mil veces mi debilidad con él, ¿Por qué cuando estamos con la persona que amamos perdemos el control de nosotros mismos? ¿Por qué hacemos cosas que están prohibidas en nuestro mundo?

Mamá me toma en sus brazos de luchadora y me deshago en sollozos por todo lo que estoy pasando. No quiero ni imaginarme las cosas cuando se den cuenta que estoy embarazada. Porque a pesar de no haberme dado tiempo de ver el resultado, siento que lo estoy. Y lo estoy de la persona más prohibida para mí, no porque sea alguien insignificante, sino porque fuimos criados como hermanos a pesar de no serlo consanguíneamente.

Luego de varios minutos, logro tranquilizarme y murmuro:

—No quiero casarme por obligación —sorbo por la nariz, viendo los iris tan azules como los míos de mi padre—. Si me caso, es porque sé que seré amada como usted ama a madre, no porque eso supondrá para la Cosa Nostra un beneficio.

Fabrizio Vitale deposita un beso en mi frente.

—Mientras viva principessa nadie va a obligarte hacer algo que no quieras —murmura papá—. Pero debes pensar en lo que quieres ser y hacer en un futuro, quieres pertenecer a la Cosa Nostra, quieres ser una jodida contadora, quieres ser una patinadora. Lo que desees, siempre te voy apoyar, mia cara.

Sus palabras tocan dentro de mí, suelto a mamá para abrazarlo a él. Para muchos Fabrizio Vitale es el peor hombre, pero para mí, es el mejor padre que pude haber tenido y me duele saber que lo decepcionaré.

Subo a mi habitación y corro al baño por la prueba. Las manos temblorosas vuelven, mientras la saco de la caja.

De pronto siento que me empieza a faltar el aire, necesito hablar con alguien, necesito alejarme de mi familia, necesito un tiempo para mí, pero sobre todo necesito retroceder el tiempo exactamente al momento en que permití que él uniera nuestros cuerpos sin un preservativo de por medio.

La prueba cae de mi mano, el dolor en mi pecho vuelve y las ganas de llorar arrasan conmigo.

—Esto es un sueño, es un sueño —me digo torpemente, mientras sorbo por la nariz —. Es una pesadilla, no puedo estar embarazada.

Joder.

Me desvanezco en el baño y quedo sentada mientras me llevo las manos a la cabeza y niego.

—No puede ser, maldición. No.

No sé cuánto tiempo paso en el baño, solo sé que mis extremidades se encuentran adormecidas. El sonido de mi teléfono me avisa que me están llamando. No tengo las fuerzas de levantarme y dejo que suene hasta cortarse la llamada, pero vuelve a repicar.

Sin fuerzas me levanto del piso, me voy en el espejo y estoy echa nada, me lavo la cara y voy por mi teléfono que está en la cama.

Giovanna D’ Angelo.

Suspiro.

—Hola —susurro bajito.

—¿Tienes el resultado cierto? —su voz se escucha lejana, puedo deducir que me tiene en alta voz—. Puedes hablar tranquila, estoy sola en casa. Marcello está con su padre supervisando unos clubes.

Marcello D’ Angelo, futuro Capo de la Camorra en Chicago y esposo de la princesa de las Vegas, Giovanna Romano. Su unión trajo “paz” a ambas organizaciones, después de haber pasado décadas en guerra, el matrimonio de Gia y Marcello es la balanza entre la guerra y la paz.

—¡Ale! —exclama al quedarme muda.

—Sí, tengo el resultado. —no puedo hablar, no puedo decir más, mi garganta no es capaz de decir la palabra.

—¿Estás embarazada? —pregunta a quemarropa, eso es algo común en la familia Romano. Asiento, como si ella fuese a verme—. ¿Alessia?

Un sollozo escapa de mis labios y se lo confirmo.

—Joder —maldice—. Le cortaré las pelotas a mi hermano —brama molesta.

El silencio se apodera de la línea, porque no sé cómo continuar está conversación. No sé cómo continuar con mi vida. Ni mucho menos sé, como voy a decirle a Angelo Romano que estoy embarazada, que viene en camino su sucesor.

—Lo vamos a resolver —me anima, no contesto nada—. Mañana estoy allá, y vemos que decisión tomar. Angelo, no lo sabe ¿Verdad?

—No.

—Nos vemos mañana.

Apago el teléfono, me recuesto en mi cama y trato de dejar la mente en blanco, pero es imposible. El solo hecho de cerrar los ojos, pienso en cómo empezó todo esto.

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