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Portada de la novela Pecado en el piso 50

Pecado en el piso 50

Sofía jamás imaginó que un encuentro apasionado y anónimo en un baile de máscaras sellaría su destino. Al empezar su trabajo en Thorne Enterprises, descubre horrorizada que su jefe es Gabriel Thorne, el implacable CEO con quien compartió aquella noche. Bajo la frialdad corporativa del piso 50, Gabriel inicia un juego de poder y seducción. Ahora, ella debe sobrevivir a la peligrosa tensión de un deseo prohibido que amenaza con desmoronar su mundo profesional.
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Capítulo 3

La sala de juntas principal de Thorne Enterprises olía a café fuerte, miedo y testosterona corporativa.

Doce hombres en trajes oscuros estaban sentados alrededor de la inmensa mesa de caoba, pero solo una voz importaba. Gabriel caminaba de un lado a otro frente a la pantalla de proyección, desmantelando la propuesta de fusión de la empresa rival con una precisión quirúrgica y despiadada.

Sofía estaba sentada a su derecha, con la espalda recta, la libreta abierta y un bolígrafo en la mano. Su trabajo era tomar notas. Su realidad era intentar no retorcerse en la silla.

Llevaba un vestido azul marino, conservador por delante, pero con una abertura en la pierna que ahora le parecía un error táctico. Gabriel no la había mirado en toda la mañana. Ni una palabra sobre lo que pasó en su escritorio la noche anterior. Solo un "Trae los informes a la sala 1" ladrado por el intercomunicador.

-Sus proyecciones son optimistas, señor Valdés -dijo Gabriel, deteniéndose justo detrás de la silla de Sofía. Su voz resonó en el pecho de ella-. Pero en este edificio no trabajamos con optimismo. Trabajamos con hechos.

Sofía sintió el calor de su cuerpo a centímetros de su hombro. El aroma de su colonia la envolvió, disparando un reflejo condicionado en su cuerpo: su corazón se aceleró y sus muslos se apretaron instintivamente.

Gabriel apoyó una mano en el respaldo de su silla, inclinándose hacia la mesa para dirigirse a los directivos.

-Sofía, pásame el desglose financiero del tercer trimestre -ordenó, sin mirarla.

Ella buscó el archivo con manos temblorosas y se lo deslizó. Al hacerlo, sus dedos se rozaron. Fue eléctrico. Gabriel tomó la carpeta con una mano, pero la otra no regresó a su costado.

Bajó.

Sofía dejó de respirar cuando sintió la mano grande y caliente de Gabriel aterrizar sobre su rodilla, oculta bajo la pesada mesa de madera.

-Como pueden ver en la página cuatro... -continuó Gabriel con un tono de voz perfectamente estable, abriendo la carpeta con una mano mientras la otra comenzaba un ascenso lento y tortuoso por el muslo de ella.

Sofía clavó la vista en su libreta, fingiendo escribir, pero su caligrafía era un desastre tembloroso. Los dedos de Gabriel eran firmes, audaces. Acariciaron la piel sensible de la cara interna de su muslo, subiendo centímetro a centímetro, empujando la tela del vestido hacia arriba.

Nadie podía verlos. Todos los ojos estaban fijos en Gabriel o en los documentos. Pero el riesgo era palpable. Si alguien dejaba caer un bolígrafo... si alguien se inclinaba...

-La liquidez es insuficiente -dijo Gabriel, y sus dedos rozaron el borde de las bragas de Sofía.

Ella soltó un pequeño suspiro, que rápidamente disfrazó como una tos.

Gabriel apretó su muslo con fuerza, una advertencia silenciosa: Contrólate. Luego, con una destreza aterradora, deslizó su mano bajo el encaje de su ropa interior.

Estaba mojada. Vergonzosamente empapada. Gabriel debió sentirlo, porque su pulgar hizo un movimiento de aprobación contra su piel resbaladiza antes de encontrar su clítoris.

-Señorita Miller -dijo Gabriel de repente, dirigiéndose a ella en voz alta.

Sofía levantó la cabeza de golpe, con los ojos muy abiertos y las mejillas ardiendo. Gabriel la miraba desde arriba, con una ceja arqueada y una expresión de aburrimiento profesional, mientras su dedo medio comenzaba a frotar su clítoris con un ritmo circular y lento bajo la mesa.

-Sí... ¿sí, señor? -Su voz salió una octava más aguda de lo normal.

-¿Anotó la objeción del señor Valdés?

Gabriel hundió el dedo dentro de ella al mismo tiempo que hacía la pregunta.

Sofía tuvo que morderse el interior de la mejilla para no gemir frente a toda la junta directiva. Sus caderas se movieron imperceptiblemente hacia la mano de él, buscando más presión, traicionándola.

-S-sí, señor Thorne. Anotada.

-Bien. Léala para el grupo.

Era un sádico. Un maldito sádico. Quería verla romperse. Quería ver si podía mantener la fachada de secretaria eficiente mientras él la tenía empalada en su dedo.

Con las manos temblando violentamente sobre el papel, Sofía intentó descifrar sus propios garabatos. Mientras leía la nota con voz entrecortada, Gabriel aumentó el ritmo. Su pulgar rozaba su clítoris, su dedo entraba y salía de ella, creando un sonido húmedo que a Sofía le parecía ensordecedor, aunque el murmullo de la sala lo cubría.

-El... el señor Valdés sugiere que... que los activos líquidos... -Sofía cerró los ojos un segundo, sintiendo una oleada de placer recorrer su columna. Gabriel rotó el dedo dentro de ella, golpeando ese punto dulce-. Que los activos son... suficientes.

-Incorrecto -dijo Gabriel, sacando la mano de golpe.

La pérdida repentina del contacto la dejó vacía, palpitando y al borde del abismo.

Gabriel se enderezó, limpiándose discretamente los dedos en el pañuelo de su bolsillo, oculto por la mesa, antes de caminar hacia la cabecera.

-La reunión ha terminado. Valdés, su oferta es rechazada. Salgan todos.

Los ejecutivos comenzaron a recoger sus cosas, murmurando entre ellos. Sofía se quedó paralizada en su silla, incapaz de ponerse de pie. Sentía las piernas de gelatina y la humedad enfriándose en su piel.

Esperó a que el último hombre saliera. Cuando la puerta se cerró, dejando a Gabriel y a ella solos de nuevo, levantó la vista.

Gabriel estaba apoyado contra la puerta cerrada, mirándola. Sus ojos brillaban con un triunfo oscuro.

-Casi te corres mientras leías las actas, Sofía -dijo suavemente-. Muy poco profesional.

Ella abrió la boca para protestar, pero él la cortó.

-Límpiate y ve a mi oficina en diez minutos. Tienes una lección que aprender sobre mantener la compostura bajo presión.

Se dio la vuelta y salió, dejándola sola, excitada, frustrada y completamente a su merced.

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