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Portada de la novela Pecado en el piso 50

Pecado en el piso 50

Sofía jamás imaginó que un encuentro apasionado y anónimo en un baile de máscaras sellaría su destino. Al empezar su trabajo en Thorne Enterprises, descubre horrorizada que su jefe es Gabriel Thorne, el implacable CEO con quien compartió aquella noche. Bajo la frialdad corporativa del piso 50, Gabriel inicia un juego de poder y seducción. Ahora, ella debe sobrevivir a la peligrosa tensión de un deseo prohibido que amenaza con desmoronar su mundo profesional.
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Capítulo 1

La luz del sol se filtraba por las persianas, hiriendo los ojos de Sofía. Pero el dolor de cabeza por el champán barato y la falta de sueño no era nada comparado con el dolor exquisito que latía entre sus piernas.

Se arrastró fuera de la cama, sintiendo cada músculo protestar. Al entrar al baño y dejar caer la sábana, el espejo le devolvió una imagen que apenas reconoció.

Sofía encendió la ducha, pero se detuvo un momento para observar los daños. Su piel pálida era ahora un lienzo de violencia y placer. Había marcas púrpuras, la forma perfecta de unos dedos grandes y brutales, marcadas en la carne suave de sus caderas. Un recordatorio visual de cómo la había sujetado, como si quisiera incrustarla en la pared.

Entró bajo el agua caliente y cerró los ojos, y de repente, la imagen de él desnudo la asaltó con la fuerza de un golpe físico.

Recordó el momento en que se bajó los pantalones. Recordó la visión de sus muslos: gruesos, bandas de músculo duro como el granito, cubiertos de vello oscuro. No había nada suave en ese desconocido. Su torso, que había vislumbrado brevemente entre la apertura de la camisa y el esmoquin deshecho, era una pared de pectorales definidos y un abdomen marcado que se contraía con cada embestida.

Sofía se pasó el jabón por los senos, siseando cuando sus pezones, hinchados y sensibles por la fricción de la boca de él, rozaron la esponja. Recordó la vena gruesa que palpitaba en el cuello de él, el sudor brillando en su clavícula ancha mientras gruñía su nombre... no, no su nombre. Él nunca preguntó su nombre.

-Estúpida -susurró, apoyando la frente contra los azulejos húmedos.

El agua corría por su espalda, llevándose el aroma de él, pero no la sensación de estar llena, estirada y poseída. Se tocó brevemente, solo un roce, y sus rodillas casi cedieron. Todavía estaba dilatada. Todavía lo sentía dentro.

Pero la fantasía tenía que morir allí. Hoy era el día. Thorne Enterprises. El salario que salvaría a su familia de la ruina.

Una hora después, Sofía era otra mujer. O al menos, fingía serlo.

Llevaba una blusa de cuello alto color crema -necesaria para cubrir la marca rojiza en la base de su garganta- y una falda lápiz negra que gritaba profesionalismo. Su cabello estaba recogido en un moño tirante, sin un solo mechón fuera de lugar.

El edificio de Thorne Enterprises era una aguja de cristal y acero que atravesaba el cielo de la ciudad, intimidante y frío. Al igual que la reputación de su CEO.

-El señor Thorne la verá ahora -dijo la secretaria de recepción, una mujer de cincuenta años con cara de pocos amigos.

Sofía asintió, alisándose la falda con manos sudorosas. Agarró su bolso con fuerza, respiró hondo y empujó las pesadas puertas de caoba.

La oficina era inmensa. Paredes de cristal de piso a techo ofrecían una vista vertiginosa de la ciudad. La decoración era minimalista, todo cuero negro y cromo. Y allí, detrás de un escritorio que parecía una fortaleza, estaba él.

Estaba de espaldas, mirando por la ventana, hablando por teléfono en un tono bajo y cortante.

-Dije que liquidaras los activos. No me interesa lo que lloren los accionistas. Hazlo.

Esa voz.

El corazón de Sofía se detuvo en seco. La sangre se drenó de su rostro. Esa voz ronca, autoritaria... era la misma que le había susurrado mía en la oscuridad hace solo unas horas.

No. No puede ser. Es una coincidencia.

El hombre colgó el teléfono y giró la silla lentamente.

Cuando sus miradas se encontraron, el tiempo se congeló.

Gabriel Thorne era devastadoramente guapo a la luz del día, pero de una manera cruel. Cabello oscuro, mandíbula cuadrada y una boca que parecía incapaz de sonreír. Pero eran los ojos los que confirmaron la pesadilla de Sofía. Esos iris de un color gris tormenta, fríos y analíticos.

Eran los ojos de la máscara.

Sofía dejó de respirar. Quiso correr. Quiso vomitar. Quiso caer de rodillas. El recuerdo de ese cuerpo poderoso sobre el suyo, de esa misma boca mordiendo su labio, se superpuso con la imagen del hombre impecable en el traje italiano de tres piezas que tenía enfrente.

Gabriel se quedó inmóvil. Por una fracción de segundo, solo una fracción, sus ojos se abrieron ligeramente. Su mirada bajó, barriendo el cuerpo de Sofía con una familiaridad insultante. Se detuvo en su cuello, justo donde el cuello alto de la blusa ocultaba su marca. Sus fosas nasales se dilataron ligeramente, como si pudiera oler su propio aroma en ella.

Él sabía.

Sofía esperó el despido. Esperó que llamara a seguridad.

En cambio, Gabriel se puso de pie. Era enorme. Ocupaba todo el espacio. Caminó alrededor del escritorio con la gracia depredadora de un felino, acercándose a ella hasta invadir su espacio personal. Sofía tuvo que alzar la vista, temblando, atrapada en su sombra.

-Señorita... -Gabriel hizo una pausa, consultando mentalmente un archivo que no tenía delante. O quizás, saboreando la ironía-. Señorita Miller.

Su voz era hielo seco. No había rastro de la pasión de la noche anterior. Solo desprecio corporativo.

-Se-señor Thorne -tartamudeó ella, odiándose por la debilidad en su voz.

Él la rodeó lentamente, como un tiburón inspeccionando una nueva adquisición. Se detuvo detrás de ella. Sofía sintió el calor de su cuerpo irradiando contra su espalda y los vellos de su nuca se erizaron.

-Su currículum es... adecuado -dijo él, su boca cerca de su oído, demasiado cerca-. Pero en esta oficina exijo obediencia absoluta. Disponibilidad total. Día... y noche.

Sofía tragó saliva, el sonido audible en el silencio tenso.

-¿Entiende lo que eso implica? -preguntó él, bajando el tono.

Ella se giró para enfrentarlo, reuniendo el poco coraje que le quedaba.

-Vengo a trabajar, señor Thorne. Soy una profesional.

Gabriel la miró a los ojos. Una comisura de su boca se curvó hacia arriba, una sonrisa que no llegó a sus ojos y que prometía un infierno.

-Eso espero, Sofía -dijo, usando su nombre de pila como una caricia sucia-. Porque odio las decepciones. Y tengo muy buena memoria.

Se volvió hacia su escritorio, dándole la espalda como si ella no valiera nada.

-Está contratada. Su escritorio está afuera. No me moleste a menos que el edificio esté en llamas.

Sofía salió de la oficina con las piernas temblando, cerrando la puerta tras de sí. Se apoyó contra la madera, tratando de calmar su corazón desbocado.

Estaba a salvo. Tenía el trabajo. Él no había dicho nada explícito.

Entonces, su celular vibró en el bolsillo de su falda.

Lo sacó con manos temblorosas. Un mensaje de un número desconocido brillaba en la pantalla.

"Llevas mi marca debajo de esa blusa. Espero que te duela cada vez que te muevas. A mí todavía me duele la espalda donde clavaste las uñas".

Sofía levantó la vista hacia la puerta cerrada de la oficina. Al otro lado, sabía que Gabriel Thorne estaba sonriendo.

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