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Portada de la novela Pasiones Prohibidas

Pasiones Prohibidas

El destino cruza los caminos de una joven que acaba de cumplir dieciocho años y un hombre maduro atrapado en un matrimonio previo. Aunque la diferencia de edad y los compromisos legales dictan que su unión es imposible, surge entre ellos un deseo irreprimible que desafía toda lógica. Decididos a no renunciar a lo que sienten, la pareja deberá encarar duras críticas sociales y dilemas éticos para proteger un vínculo marcado por lo prohibido.
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Capítulo 3

En pleno vuelo de regreso a casa, con los auriculares puestos, Gema cerraba los ojos y pensaba:

-Hogar, dulce hogar... Argentina, mi Buenos Aires.

Varios recuerdos acudieron a su mente: cuando era apenas una niña y llevaba su diario a todas partes, escribiendo lo mal que se sentía por las exigencias de su padre.

Hoy, ya mujer, su diario la seguía acompañando. Allí volcaba todo: lo que sentía, lo que pensaba y lo que deseaba para su vida.

Su padre, sin embargo, seguía siendo el mismo de siempre... o peor. Exigente, controlador, obsesionado con decidir por ella: sus estudios, su carácter, su destino.

Durante años, Gema lo había idealizado, lo había tenido en un pedestal. Pero cuando dejó de ser una niña, entendió que tenía sus propios sueños... sueños que su padre jamás contempló para ella.

Regresaba de su luna de miel -o luna de tortura, como ella la definía-. Aquellos días con Alan fueron un verdadero calvario.

Aun así, hizo un esfuerzo enorme por cumplir las tradiciones familiares y complacer a su padre, intentando llevarse bien con su esposo durante el viaje a Venecia.

Alan trataba de acercarse a ella con intenciones de intimar, pero solo obtenía rechazo. La convivencia se volvió un campo de batalla.

Venecia era un paraíso para cualquiera, pero aquel paraíso desaparecía apenas cruzaban la puerta del departamento. En cuestión de minutos, se convertía en un infierno.

Ella, huyendo. Él, intentando forzarla. Sus amenazas y manipulaciones constantes hacían de Gema una prisionera de un amor impuesto.

-¿Piensas seguir con esa actitud cada vez que me acerco a ti, Gema? ¡Por Dios, soy tu esposo! ¿O acaso pretendes que busque a otra mujer? Porque eso pasará si no cumples con tus obligaciones -gritó Alan, mientras discutían en la habitación.

-No seas ridículo, Alan. Si fuera por mí, hasta te presentaría a otra mujer con tal de que me dejes en paz.

-Te recuerdo que soy tu esposo. Tengo derechos sobre ti.

-¿Cuándo vas a entender de una vez por todas que este matrimonio es solo un arreglo entre mi familia y la tuya? Ni siquiera sé qué hago aquí contigo. Según papá, en la familia es costumbre elegir un esposo para la hija menor, y no debo oponerme. Solo obedezco, como lo hice toda mi vida.

-La que no entiende eres tú -replicó Alan con voz dura-. No tienes que cuestionar nada. Ni a tu padre, ni a mí. Estás aquí para obedecer.

Dicho esto, intentó tocarla nuevamente, pero los gritos de Gema lo hicieron retroceder.

-¡Entiende que no quiero estar contigo! Así que ni se te ocurra acercarte -dijo, abriendo la puerta para invitarlo a marcharse.

-Si no fuera porque Eduardo está en el medio, te obligaría a cumplir tus obligaciones de esposa.

-Ya le dejé en claro a mi padre que, si algo me pasa, será por tu culpa.

-Ya lo sé, Gema. Sé que no puedo tocar a la niña consentida del jefe. De lo contrario, ya lo hubiera hecho.

Alan salió del cuarto y ella cerró la puerta con llave, buscando un poco de calma y seguridad. Tomó su diario y comenzó a escribir, descargando su lenta agonía por estar al lado de alguien que no la amaba y solo la hacía sufrir.

Escribir era su única manera de respirar.

"Mi alma muere lentamente y no encuentro salida en este laberinto. Me sumerjo en mi mente una y otra vez tratando de hallar una puerta, pero no la encuentro. Estoy sola. Aun así, sigo creyendo en el amor verdadero. Sé que lo voy a encontrar. Lo siento en mi pecho, aunque viva en esta tormenta. El sol sale para todos, y no voy a detenerme hasta hallar ese amor que me llene de pasión. Ninguna mujer debería acostumbrarse a vivir con un hombre que solo la hace llorar."

La pesadilla pareció terminar cuando llegó a Buenos Aires. Se instaló unos días en la casa de sus padres, aprovechando que Eduardo estaba de viaje por negocios; de lo contrario, no le habría permitido quedarse allí.

Alan también había viajado, y por fin Gema pudo respirar.

Para su padre, el deber de una esposa era estar incondicionalmente al lado de su marido, incluso sin amor.

Pero su madre, Isabel, aceptó que se quedara. Aunque conocía las rígidas costumbres que Eduardo imponía, también comprendía el sufrimiento de su hija.

Mientras la abrazaba, Gema aprovechó para hacerle algunas preguntas.

-¿Mamá, has visto a Víctor estos días? -preguntó, intentando disimular las ganas que tenía de verlo.

-Claro. Cada vez que se reúne con tu padre pasa a saludarme. Es un buen hombre, lo aprecio mucho.

-Sí, mamá, realmente lo es. ¿Sabes de qué hablaban cuando se reunían?

-De temas laborales, como siempre. Ya sabes que cuando se encierran en la oficina pueden pasarse horas. ¿Por qué lo preguntas, hija?

-Por nada, simple curiosidad. ¿Sabes si hoy vendrá?

-Tengo entendido que viajó unos días con su esposa. Eduardo mismo le dijo que se tomara un descanso.

-Está bien, mamá. Voy a descansar un rato. No te olvides de tomar tus medicamentos, le avisaré a Rubén que te los traiga.

-Gema... -la detuvo Isabel-. Es extraño, pero me siento peor desde que tomo esas pastillas.

-¿Peor? ¿Qué sientes?

-No sé, estaba mejor antes.

-Tranquila, mamá. El médico dijo que era normal, pero consultaremos con otro, ¿sí?

Luego de avisarle a Rubén que trajera los medicamentos, Gema se encerró en su cuarto para escribir. Necesitaba descargar todo lo que había vivido en aquella "luna de tortura".

Su diario y Rubén eran sus dos refugios. Él era como un segundo padre, su confidente y amigo incondicional.

"Estar con Alan, fingiendo ser una pareja feliz, fue una de las cosas más difíciles que tuve que hacer. Todo, solo por complacer a papá. Venecia era maravillosa, pero con Alan sentía miedo, inseguridad, ansiedad. Mis manos temblaban, no podía dormir. Vivía alerta, evitando que se acercara. Varias veces me tomó del brazo con fuerza mientras intentaba besarme. Sentía asco. No porque no fuera atractivo, sino por lo que es como persona: posesivo, odioso, vacío. No lo amo. Cuando se enojaba, me aterraba. Cada vez que se iba, corría a cerrar con llave la puerta. Fue horrible. Ahora, aquí en casa, siento que desperté de una pesadilla... aunque sé que aún no terminó, porque tengo que volver con él.

Lo único hermoso que me ocurrió en Venecia fue el recuerdo de un hombre que no veo hace mucho tiempo... Víctor. No sé cómo apareció en mi mente, pero lo hizo, y desde entonces no puedo dejar de pensar en él."

Esa noche, antes de dormir, Rubén se acercó a su habitación. Quería saber cómo la había tratado Alan durante el viaje.

Alan solía saludarlo con desprecio. Víctor, en cambio, era siempre amable y encantador; su sonrisa cautivaba a cualquiera. Entre Rubén y Gema bromeaban a menudo con que Víctor sería mucho mejor esposo que Alan.

-Dime, Gema -preguntó Rubén con tono protector-, ¿te hizo algo? ¿Te obligó a algo que no querías?

-Tranquilo -respondió ella, interrumpiéndolo-. Se portó bien, si es que hablar poco cuenta como "bien". Pero dime tú... ¿tienes noticias de Víctor? No imaginas las ganas que tengo de verlo. Hasta soñé con él, casi todas las noches.

Rubén arqueó una ceja.

-¿Y a qué viene eso ahora? Hace años que no lo ves. Dime qué tienes en mente, ¡confiesa! Porque me asustan tus ideas repentinas. ¿Me perdí de algo?

-Ay, Rubén, qué cosas dices... Ojalá hubiera pasado algo con él -rió Gema-. Es solo que, estando allá, su recuerdo me sorprendió. No dejo de pensar en él.

-Niña, Víctor es un hombre casado. Y tú eres muy joven. Harás enfadar a tu padre si se entera. Está bien bromear, pero... más de eso, no. ¿Verdad? -dijo Rubén, medio en broma, medio en serio.

-Tú lo dijiste: si se entera. Y ni tú ni yo se lo diremos, ¿verdad, mi querido Rubén? Además, mi padre no puede quejarse: ya logró lo que quería. Estoy casada con Alan -respondió con ironía.

Víctor solía frecuentar la casa de Gema por los negocios con su padre. Allí comenzaron los cruces de miradas, los silencios incómodos, las sonrisas furtivas.

Durante años de matrimonio con Elena, jamás se había sentido atraído por otra mujer. Pero con Gema algo cambió. No podía evitarlo, y eso lo perturbaba.

Ella apenas había cumplido la mayoría de edad, pero su belleza era imposible de ignorar: piel morena, cabello largo y rizado, ojos que lo desarmaban.

Cada vez que pasaba cerca de él, su perfume lo enloquecía.

Aunque intentaba resistirse, no podía dejar de mirarla.

Y con el tiempo, disimular lo que sentía se volvió imposible.

Sus nervios lo traicionaban cada vez que alguien, siquiera, pronunciaba su nombre.

---

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