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Portada de la novela Pasión y Poder - El embarazo secreto del CEO

Pasión y Poder - El embarazo secreto del CEO

Tras escapar de una conspiración, ella regresa para trabajar bajo las órdenes del implacable CEO con quien compartió una noche prohibida. Ahora es madre de un pequeño genio oculto, cuya existencia choca con la del solitario heredero del magnate. Mientras el gélido matrimonio del empresario se desmorona, el asombroso parecido entre los niños despierta sospechas letales. Entre intrigas corporativas y una pasión latente, la verdad amenaza con destruir un imperio.
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Capítulo 2

El silencio que descendió sobre la sala de juntas del piso cincuenta no era el de la calma, sino el de la anticipación aterrorizada. Cuando las dobles puertas de cristal esmerilado se abrieron de par en par, la temperatura de la enorme estancia pareció desplomarse varios grados en un instante. Alexander Sterling cruzó el umbral. No caminaba; avanzaba con la precisión depredadora de un lobo que ingresa a un territorio que sabe exclusivamente suyo. Llevaba un traje a medida de color azul medianoche que se ajustaba a la perfección a su ancha espalda y a su postura rígidamente recta. Su rostro, tallado con ángulos duros y una mandíbula tensa, era una máscara de absoluta impenetrabilidad. No hubo saludos cordiales, ni sonrisas de cortesía, ni un solo gesto que delatara una pizca de humanidad. Sus ojos, de un gris tormenta tan claro que parecían casi plateados, escanearon la mesa de caoba maciza, evaluando y diseccionando a cada uno de los altos ejecutivos presentes en una fracción de segundo.

A los lados de la interminable mesa, hombres y mujeres que ganaban millones de dólares al año y controlaban el destino financiero de cientos de empleados, encogieron imperceptiblemente los hombros, tratando de hacerse más pequeños bajo el peso de su escrutinio. Elena, de pie en la esquina más alejada y ensombrecida de la sala, junto a la estación de servicio de café y las carpetas de respaldo, contuvo la respiración. Sus manos estaban rígidamente entrelazadas frente a su falda tubo, los nudillos blancos por la fuerza de su propio agarre. Había escuchado las leyendas corporativas, por supuesto. En los cubículos de los pisos inferiores se susurraba que Alexander Sterling no tenía venas, sino cables de fibra óptica por donde corría hielo líquido. Verlo en acción, sin embargo, era una experiencia completamente distinta. Emanaba un aura de autoridad tan densa y asfixiante que la gravedad misma parecía curvarse a su alrededor. Las dinámicas de poder en esa sala no eran compartidas; le pertenecían únicamente a él.

Alexander tomó asiento en la cabecera de la mesa, desabrochando el botón de su saco con un movimiento fluido y calculadamente lento. Ni siquiera se molestó en mirar la agenda digital que Elena había dejado perfectamente alineada, al milímetro, junto a su taza de café negro.

-Comencemos -dijo. Su voz era profunda, un barítono suave y aterciopelado que no necesitaba elevarse ni un decibelio para dominar por completo la acústica de la enorme sala. Sin embargo, ese tono calmo era precisamente lo que helaba la sangre; sonaba como el crujido del hielo negro bajo los neumáticos de un auto a punto de desbarrancarse.

El director de operaciones, el señor Marcus, se puso de pie con una precipitación que delató todos sus nervios. Se ajustó el nudo de la corbata, que de repente parecía asfixiarlo, y proyectó el informe de la división de tecnología en la pantalla principal. Era el mismo documento que Elena había corregido frenéticamente apenas una hora antes.

-Señor Sterling, miembros de la junta -comenzó Marcus, aclarándose la garganta con un sonido áspero-. El balance del trimestre para la división tecnológica muestra una recuperación operativa sustancial. Hemos mitigado las pérdidas proyectadas gracias a una reestructuración de los activos intangibles, lo que nos coloca un doce por ciento por encima del margen de riesgo aceptable.

Marcus continuó hablando durante diez interminables minutos. Mostró gráficos, citó cifras de mercado y utilizó una retórica rimbombante para adornar lo que, en esencia, era un informe salvado de la catástrofe en el último minuto. A través de todo el discurso, Alexander Sterling no movió un solo músculo. No asintió, no parpadeó, no tomó una sola nota. Simplemente miró fijamente la pantalla proyectada, sus pupilas analizando la información con una velocidad que resultaba inhumana. Elena lo observaba desde su rincón, fascinada a su pesar. La brillantez del CEO no era un mito. Podía percibir, casi físicamente, cómo la mente de ese hombre desarmaba y reconstruía las fórmulas financieras presentadas, buscando la falla estructural, la grieta en el muro corporativo.

Cuando Marcus finalmente concluyó, exhalando un suspiro inaudible de alivio y preparándose para sentarse de nuevo en su silla, la voz de Alexander cortó el aire de la sala como un bisturí quirúrgico.

-Vuelva a la diapositiva siete, Marcus.

El director de operaciones palideció de inmediato, perdiendo cualquier rastro de color en su rostro, pero obedeció, retrocediendo la presentación con manos torpes.

-La valoración de la patente del nuevo software de encriptación -murmuró Alexander, recostándose lentamente en su silla de cuero, uniendo las yemas de sus largos y elegantes dedos-. Usted afirma que su valor residual compensa la pérdida del trimestre anterior.

-Así es, señor. Los números lo respaldan... -Marcus intentó sonreír, pero el resultado fue una mueca patética y temblorosa.

-Los números -interrumpió Alexander suavemente- son correctos. La estructura matemática de este informe es impecable. -Elena sintió un extraño e irracional rubor de orgullo en sus mejillas, a pesar del terror latente de la situación-. De hecho, es demasiado impecable.

La sala entera quedó sumida en un silencio de tumba. Nadie se atrevía siquiera a respirar más fuerte de lo estrictamente necesario.

-Señor... no comprendo -titubeó Marcus. El sudor comenzaba a perlar su frente, brillando bajo las luces LED del techo.

-Lo que no comprende, Marcus, es que conozco a su equipo de analistas. Conozco sus limitaciones operativas y su lamentable tendencia a redondear cifras para encubrir ineficiencias de código -Alexander se inclinó ligeramente hacia adelante, apoyando los codos sobre la caoba, y la presión en la sala se volvió aplastante-. Este desglose analítico de los activos intangibles requiere un nivel de cruce de datos fiscales que nadie en su departamento ha demostrado poseer en los últimos tres años. La matemática es perfecta, sí, pero la lógica de mercado subyacente que usted propone para explotar esa patente sin afectar nuestras acciones subsidiarias es, francamente, un suicidio corporativo.

Marcus abrió la boca como un pez fuera del agua, buscando palabras de defensa que no existían. No sabía cómo defender el informe porque él no lo había hecho; no entendía el intrincado mecanismo de las correcciones que su asistente había aplicado a nivel microeconómico, y mucho menos sabía cómo proyectarlas a nivel macro frente al depredador alfa de la empresa.

-Usted -continuó Alexander, bajando el tono de voz hasta convertirlo en un susurro letal y amenazante- me está presentando un motor de Fórmula 1 instalado en un chasis oxidado, esperando que no me dé cuenta de que el vehículo se va a desarmar en la primera curva. Le hice una pregunta sencilla sobre la proyección a cinco años basada en este ajuste fiscal. Responda.

El director balbuceó conceptos sueltos, mezclando jerga financiera vacía que no venía al caso. Alexander lo dejó hundirse durante un minuto completo, implacable, permitiendo que la espesa humillación se impregnara en las paredes de cristal de la sala. El mensaje no verbal para el resto de la junta era claro: la mediocridad y la incompetencia no tenían refugio en el Consorcio Sterling.

-Suficiente -dictaminó el CEO, levantando apenas dos dedos de su mano derecha. El silencio volvió a caer como el filo de una guillotina-. Su incapacidad para defender su propio informe me sugiere dos cosas. O bien no lo redactó usted y está intentando robar el crédito del trabajo de alguien más brillante y desesperado en su piso, o bien su incompetencia ha alcanzado finalmente un nivel inaceptable para esta compañía. Tenga su oficina desocupada antes del mediodía. Su liquidación será procesada por Recursos Humanos.

Marcus se desplomó en su silla, el rostro de un color ceniciento enfermizo. Nadie a su alrededor lo miró con lástima; todos estaban demasiado aliviados de no ser la víctima del día, manteniendo la vista fija en sus propios papeles. Alexander se puso de pie de inmediato, abotonándose el saco con un movimiento fluido. La reunión, aparentemente, había terminado en el instante en que él destruyó la carrera de su director de operaciones.

Mientras el magnate se giraba para abandonar la sala, dejando un rastro de destrucción y pánico a su paso, sus fríos ojos grises barrieron la estancia por última vez. Por una milésima de segundo, su mirada oscura, calculadora e indescifrable se posó directamente en la esquina ensombrecida, chocando de lleno con los enormes y asustados ojos marrones de Elena. Ella sintió un choque eléctrico, frío, primario y paralizante, atravesar su espina dorsal hasta la nuca. Él no dijo absolutamente nada, no alteró su expresión de absoluto desdén, y simplemente continuó su camino hacia la salida, las puertas cerrándose tras él con un sonido seco y definitivo.

Elena se quedó de pie junto a las carpetas, temblando imperceptiblemente. El rey de hielo había dictado su implacable sentencia, y ella, desde su invisible trinchera, acababa de presenciar el aterrador y magnético poder absoluto.

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