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Portada de la novela Papá de Espíritu Me Protege

Papá de Espíritu Me Protege

Mientras el honorable charro Juan se consume en su lecho de muerte, su esposa Doña Elena muestra una frialdad absoluta al desangrarlo para curar al capataz Ricardo. El joven Pedrito es testigo del desprecio de su madre y de las mofas de Ricardo ante su sufrimiento. En sus últimos suspiros, Juan nombra a su hijo 'El Justo'. Convertido en un alma en pena tras la traición, el padre vigila desde el más allá cómo su pequeño encara un destino hostil.
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Capítulo 3

Dentro de la habitación, en la cama de la que nunca se levantaría, Juan sintió una punzada aguda en el pecho, un dolor que no era físico, era un eco del sufrimiento de su hijo, una conexión invisible y poderosa que trascendía las paredes de la hacienda. Un espasmo sacudió su cuerpo debilitado, y un gemido se escapó de sus labios secos. Sabía, con una certeza que le helaba el alma, que Pedrito estaba sufriendo por él, y la impotencia era una tortura peor que la propia muerte.

Poco después, la puerta se abrió y Pedrito entró, arrastrando los pies, su rostro estaba sucio de tierra y lágrimas secas, sus ojos, antes brillantes, ahora estaban vacíos, derrotados. Se acercó a la cama y se acurrucó junto a su padre, su pequeño cuerpo temblaba.

"Perdóname, papá," susurró con la voz rota, "no pude, no pude encontrar ayuda."

Se sentía un fracasado, un inútil. Intentó cuidar a su padre, tomó un paño húmedo y con torpeza trató de limpiar el sudor frío de su frente, sus manitas temblaban tanto que apenas podía sostenerlo.

"No es tu culpa, mi niño," dijo Juan, reuniendo las pocas fuerzas que le quedaban para acariciar el cabello de su hijo, "hiciste todo lo que pudiste, eres el niño más valiente que conozco."

Juan lo miró, y en la profundidad de los ojos inocentes de su hijo, vio el reflejo de su propio final. Sabía que no le quedaba mucho tiempo, que el frío que sentía en las extremidades pronto llegaría a su corazón. No podía permitir que Pedrito lo viera morir, no podía dejarle esa imagen de horror grabada en su memoria para siempre. Tenía que alejarlo, protegerlo una última vez.

"Pedrito," dijo con una voz que sonaba sorprendentemente firme, "necesito que me hagas un último favor, un favor muy importante."

El niño levantó la vista, sus ojos llenos de una expectación dolorosa.

"Lo que sea, papá, lo que sea."

"Tengo un antojo terrible," inventó Juan, tratando de forzar una sonrisa, "un antojo de un dulce de leche, de esos que venden en la plaza del pueblo, los que son suaves y cremosos, ¿te acuerdas?"

Pedrito asintió, confundido.

"Sí, papá, pero..."

"Necesito que vayas ahora mismo y me compres uno," lo interrumpió Juan, "necesito que sea el más grande y el más fresco que encuentres, por favor, mi niño, solo tú puedes hacer esto por mí."

Era una mentira, una mentira piadosa nacida del amor más profundo, un último acto de protección. Pedrito dudó, no quería dejarlo solo, pero la urgencia en la voz de su padre era innegable.

"Está bien, papá," dijo, poniéndose de pie, "iré corriendo."

"Espera," lo detuvo Juan, su mano agarrando débilmente la de su hijo, "antes de que te vayas, quiero decirte algo, a partir de hoy, no solo serás Pedrito, serás 'El Justo' , porque sé que crecerás para ser un hombre bueno y justo, que siempre hará lo correcto, sin importar lo difícil que sea, prométemelo."

Los ojos del niño se llenaron de lágrimas de nuevo, pero asintió con solemnidad.

"Te lo prometo, papá, seré El Justo."

"Bien," dijo Juan, sintiendo que una paz extraña comenzaba a invadirlo, "ahora ve, mi campeón, corre y no te detengas."

Pedrito le dio un último abrazo, un abrazo desesperado que contenía todo el amor y el miedo del mundo, y luego salió corriendo de la habitación, su pequeña figura desapareciendo por el pasillo. Juan lo siguió con la mirada hasta que ya no pudo verlo.

Cuando el sonido de los pasitos de su hijo se desvaneció, Juan cerró los ojos. Una última lágrima rodó por su sien.

"Perdóname, Pedrito," susurró al vacío, "perdóname por dejarte solo en este mundo cruel, te amo, mi Justo."

Y con ese último pensamiento, con el amor por su hijo como su última sensación, el corazón de Juan, el valiente charro, dejó de latir. Su cuerpo quedó inerte en la cama, pero algo más, algo ligero e inmaterial, se elevó de él.

Su espíritu, libre de las ataduras del cuerpo, flotó en la habitación. Vio su propia figura sin vida en la cama, vio a Doña Elena que seguía mirando por la ventana, ajena a la tragedia que acababa de ocurrir a sus espaldas. No sintió odio, solo una profunda y abrumadora tristeza. Luego, su única preocupación, su único instinto, lo guio. Atravesó las paredes, flotando sobre el patio oscuro, y siguió la pequeña figura de su hijo que corría hacia el pueblo, una sombra protectora y silenciosa que ya no podría abrazarlo, pero que juró nunca abandonarlo.

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