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Portada de la novela Pacto con el Diablo.

Pacto con el Diablo.

La traición de Leandro dejó a Samantha Brown en la miseria y a su padre tras las rejas por un crimen que no cometió. Buscando venganza contra su ex y la poderosa Olivia Decker, Samantha contacta a Liam Decker, un brillante abogado vinculado a sus enemigos. Entre ellos surge una atracción cargada de misterio y segundas intenciones. En este laberinto de secretos, ella deberá descubrir si Liam es su salvación o una trampa mortal en su búsqueda de justicia.
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Capítulo 2

Capítulo 1

El Derrumbe.

El café humeaba en la taza de cerámica blanca, esparciendo un aroma que, en otro momento, habría sido reconfortante. Pero en ese instante, nada podía aliviar el nudo en la garganta de Samantha Brown.

La notificación en su celular parpadeaba insistente, como si quisiera obligarla a enfrentar la peor noticia de su vida. Respiró hondo y deslizó el dedo por la pantalla, sin saber que aquel gesto sencillo marcaría un antes y un después.

El titular en la revista digital de sociedad brillaba con crueldad:

"El empresario Leandro Sandoval y la heredera Olivia Decker anuncian su compromiso en una lujosa gala".

Samantha sintió que el aire abandonaba sus pulmones. Un zumbido sordo reemplazó todos los sonidos a su alrededor. Sus ojos se deslizaron por las palabras con incredulidad, buscando desesperadamente algún indicio de que se trataba de un malentendido.

Pero no lo era. Había fotos.

Leandro estaba de pie, con su porte impecable y su sonrisa encantadora, esa misma sonrisa que una vez había sido solo para ella. Pero ahora pertenecía a Olivia Decker, la mujer que se aferraba a su brazo con una elegancia casi ofensiva. El anillo de compromiso en su mano relucía como una burla silenciosa.

El dolor se convirtió en furia. Pero lo que más le dolía era ver una y otra vez esos pequeños fragmentos de videos donde Leandro, su novio, se puso de rodillas ante otra mujer, con un lujoso anillo de diamante en su mano y una sonrisa auténtica grabada en su rostro.

-No puede ser... -murmuró Samantha, su voz apenas un hilo.

Pero lo era. Era real.

La notificación explotó en más mensajes. Su celular vibró con llamadas de amigas, de conocidos, de personas que se morían por saber cómo se sentía ser reemplazada por una mujer como Olivia, así de la noche a la mañana.

Pero lo peor no era el compromiso.

Lo peor era la última línea del artículo:

"Leandro Sandoval, quien recientemente colaboró con las autoridades en un caso de fraude empresarial, ha sido reconocido por su compromiso con la justicia."

El celular resbaló de sus manos.

-No...

Sus piernas flaquearon, y tuvo que apoyarse en la mesa de la cocina. Un escalofrío helado recorrió su espalda y se extendía rápidamente por todo su cuerpo.

Sabía perfectamente qué caso mencionaban.

Su padre.

Su padre estaba en prisión por un crimen que no había cometido. Un fraude que jamás habría sido capaz de ejecutar. Y ahora entendía quién había estado detrás de todo. Leandro.

El mismo hombre que le había prometido amor eterno.

Las lágrimas nublaron su visión, pero no las permitió caer. No ahora. No cuando la verdad la golpeaba con tanta fuerza.

La traición tenía un sabor amargo, una mezcla de desesperación y rabia que le quemaba la garganta.

La noche cayó sobre Nueva York con una frialdad acorde a su estado de ánimo. Samantha se sentó en el suelo de su apartamento, rodeada de cajas de pizza vacías y botellas de vino a medio terminar. No tenía fuerzas para nada.

Las luces parpadeaban en la ciudad, y el eco lejano de bocinas y voces le recordaban que el mundo seguía adelante, ajeno a su tragedia.

El sonido del teléfono de casa la sacó de su ensimismamiento.

Era su mejor amiga, Valeria.

-¿Sam? ¿Por qué no me contestas las llamadas?

Samantha cerró los ojos. No quería hablar. No quería escuchar más palabras de lástima.

-Estoy bien -respondió en un hilo de voz-. No hay de qué preocuparse.

-No, no lo estás. ¡Vi la noticia! Dios, Sam, lo siento tanto. Ese maldito bastardo...

Samantha dejó escapar una risa amarga.

-No sé qué duele más, si el hecho de que me haya cambiado como si yo no significara nada o que haya destruido a mi familia en el proceso.

-Te juro que esto no quedará así -gruñó Valeria-. Hay que hacer algo, demandarlo, exponerlo.

-¿Con qué abogado, Val? Leandro tiene todo el dinero del mundo, y Olivia... bueno, su apellido lo dice todo. Nadie se enfrentaría a ellos.

Un silencio tenso se instaló en la línea.

-Tal vez haya alguien -dijo Valeria con cautela.

-¿Quién?

-Liam Decker.

El nombre cayó como un ladrillo en su estómago.

-El hermano de Olivia -susurró-. Debes estar bromeando.

-Sí... pero también el mejor abogado del país. Es implacable, y si hay alguien que pueda desenredar esta maraña de mentiras, es él.

Samantha frotó su frente con frustración.

-Dudo que quiera ayudarme -sopesó

-No lo sabes hasta intentarlo.

La idea quedó suspendida en el aire mientras Samantha finalizaba la llamada.

Se levantó tambaleante, sintiendo el peso del cansancio y la tristeza sobre sus hombros. Caminó hasta la ventana y miró la ciudad.

No podía quedarse así. No podía permitir que Leandro ganara.

Apretó los puños, sintiendo que una nueva determinación comenzaba a formarse en su interior.

Si Liam Decker era su única opción, entonces haría lo que fuera necesario para que la ayudara. Incluso si eso significaba entrar en la boca del lobo.

La ciudad se extendía ante ella como un mar de luces titilantes, indiferente a su dolor. Samantha presionó la frente contra el vidrio frío de la ventana, tratando de encontrar algo de claridad en medio del caos que se había convertido su vida.

Pero no había claridad. Solo había un torbellino de emociones en su pecho, un revoltijo de ira, desesperanza y algo que comenzaba a parecerse peligrosamente a la sed de venganza.

Su padre estaba en prisión. Leandro estaba celebrando su compromiso con otra mujer. Y ella... ella se estaba hundiendo en una espiral de autodestrucción que no podía permitirse.

No podía quedarse así.

Tomó aire profundamente, alejándose de la ventana. Con pasos tambaleantes, se dirige al baño. Encendió la luz y se miró en el espejo.

La imagen que le devolvió el reflejo era devastadora. Ojeras profundas marcaban su rostro pálido, su cabello enmarañado caía en mechones caóticos, y sus labios estaban secos y agrietados. No parecía la misma mujer que tres años atrás había creído en el amor.

Lentamente, abrió el grifo y dejó que el agua helada corriera sobre sus manos antes de llevársela al rostro. Sintió el frío despertarla, sacudirla, obligarla a salir de su letargo.

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