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Portada de la novela Oscuro, Hermanos Dracul 1

Oscuro, Hermanos Dracul 1

El tiempo no ha borrado el dolor que el arrogante Alec causó al romperle el corazón a Emily. Justo cuando ella intenta rehacer su vida y se prepara para llegar al altar con otro hombre, el vampiro reaparece con una oscura exigencia: no tolerará el enlace porque la reclama como suya. Pero Emily no cederá ante su posesividad. Lejos de sentir amor por su regreso, está decidida a enfrentar con furia la insolencia de quien pretende interrumpir su destino.
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Capítulo 3

Tras esperarlo de forma tan ansiosa que parecía como si estuviese por darle un ataque cardiaco, este llegó a su casa. Jack abrió la puerta e intercambió algunas palabras con Alec y por el lenguaje corporal de ambos, Emi supo que no había sido algo agradable.

En el auto, Alec iba en silencio y sus manos, agarraban con fiereza el volante mientras líneas de tensión surcaban su rostro, por lo que en definitiva fue un viaje incómodo. Aquella, había sido una advertencia de que las cosas no acabarían bien.

¡Y como lamentó el haber ignorado a esa vocecilla interna!

En fin, aquella noche en que se sentía toda una princesa y que incluso, había decidido que lo femenino sí le sentaba bien, Alec no le dijo nada. No es que esperara horas y horas de un inagotable discurso sobre su exquisita belleza, pero anhelaba al menos algún tipo de comentario agradable sobre su vestido o su maquillaje, pero solo recibió un silencio tan frío, que parecía capaz de helarle la sangre.

Realmente quería pedirle que detuviera el auto para subirse a un taxi y regresar a casa, pero era joven e ingenua. Su corazón pesaba más que la razón y ahora sabía que no debió ser así. 

Al llegar al restaurante bajó sin esperar por ella, lo que incluso sorprendió al joven que aguardaba para estacionar el auto. Y en su mirada vio la clase de pena y compasión que sentimos al mirar a una mujer agredida por su esposo.

O a un cachorrito herido.

Emi le dio alcance cuando ya estaba sentado en la mesa y aguardó en silencio, porque de verdad que no entendía que había sucedido para que cambiara tan drásticamente. Y la estocada final llegó cuando mientras cenaban, le preguntó si no había forma de que dejara de ser tan masculina, porque si de verdad quería que la incluyera en su vida y en su mundo, debía parecer una mujer y no un adolescente. Porque de acuerdo con lo que él pensaba, los deportes de extremo no le iban.

—Quisiera una mujer, Emi. Sigues siendo un pobre chico jugando a ser mujer. En mí círculo social, abundan las damas con clase, y no te veo así.

Esa noche, le arrojó el vino encima y salió a la calle. Un auto la golpeó y aunque no pasó de una conmoción leve, Emi vio en sus ojos la pena, el dolor y el arrepentimiento. Lo curioso de todo aquel momento, fue que descubrió algo demasiado increíble, Alec la había visto antes, cuando era una niña.

Sus sueños sobre alguien rescatándola no eran producto de su imaginación, eran recuerdos reales. Había pensado que se conocieron en la oficina de su padre, pero lo cierto era que le había visto varias veces a lo largo de su infancia. Cuando tenía cinco años y cayó de su bicicleta, fue Alec el hombre que estuvo a su lado, quien la recogió del suelo y la consoló.

A los nueve cuando cayó al suelo mientras practicaba fútbol en el jardín, la llevó al hospital y luego, de nuevo a los doce años cuando unos matones del barrio iban tras ella, apareció y les hizo huir para luego decirle que siempre la protegería. Pero no había sido sino hasta que el auto la arrolló que los recuerdos volvieron a ella. Y resultaba raro que no hubiese envejecido nada de nada.

En aquel momento, rodeada de testigos, cuando aún estaba enojada y a eso, había que añadirle dolor y vergüenza, Alec quiso que hablaran, pues de alguna forma comprendió que él ya sabía que ella lo recordaba todo, pero no lo dejó, no lo quería cerca.

Aquella no había sido la forma en que imaginó que la noche acabaría y mientras las lágrimas caían por sus mejillas, Alec se veía furioso.

El técnico de emergencias miraba sus lágrimas y asumiendo que todas se debían al dolor de cabeza que tenía, le aseguró que pronto llegarían al hospital y que ahí le darían algo para que se sintiera mejor, pero ningún tipo de medicamento aliviaría esa quemazón asfixiante que rasgaba sin compasión su corazón. 

Una vez en el centro médico Alec tomó el control, en parte lo notaba asustado, para él era imperioso saberla bien, pero por otra parte, asumía un papel de macho alfa, dando órdenes a diestra y siniestra, como si fuese el amo y señor de todo el lugar.

—¿Te duele mucho?

Le preguntó después de que el médico le diera dos puntadas en la nuca, ¡cómo si realmente le importara!, y honestamente podría haberle respondido con una buena grosería, pero no estaba enojada sino dolida. Y él lo notó, la derrota en la mirada de Emi dejó en claro que tan profundo la había herido. Y sus siguientes palabras marcaron la línea que acabó con cualquier tipo de interacción entre ambos.

—¡Hasta aquí llegué!

—Emi, debes calmarte.

—No tenías derecho a herirme como lo has hecho, pero no debo preocuparme de que suceda de nuevo pues nunca más, me pondrás en una situación tan humillante como la de hoy.

—No es lo que parece. No quiero dejarte, me preocupa que cometas alguna locura.

—¿Realmente piensas que debido a ti, podría cometer suicidio? ¡Pero que ego tan grande el que tienes, Alec! Además, creo que has dejado en claro que nada de lo que tenga que ver conmigo, es realmente de tú incumbencia.

—Pequeña…

—Ya lo entendí, ¿de acuerdo? He sido majadera, insistente y me has dado una lección.

—No es lo que sucede.

—Solo dejémoslo hasta aquí. Te prometo dejar de acosarte y solo te pido que no le digas a mí padre sobre el ridículo que he hecho esta noche.

—¿Ridículo?

—Este vestido, las horas arreglándome… tontamente asumí que me pedirías matrimonio y tú, me has dejado en claro que soy el chico con el que ningún hombre se casaría. No hablemos más de esto por favor.

El silencio entre ambos fue incómodo, pero no escucharlo replicar corroboró lo que sentía en ese momento. Lo mejor era cortar de una vez con él.

Mientras salía de la habitación en la que la atendieron, dio gracias a Dios de que su padre siempre la había acostumbrado a salir llevando sus tarjetas de crédito.

No necesitaba a Alec para volver a casa.

Sin darle tiempo para procesar sus decisiones se acercó a pagar por la atención médica y salió a la calle. Alec venía tras ella, pero no volteó, lo escuchó profiriendo maldiciones pero ni siquiera le prestó atención.

Cuando llegó a casa, sus padres estaban dormidos—gracias al cielo—, así que se metió a su habitación y en la oscuridad de su refugio se puso a llorar sin imaginar que fuera de su ventana estaba Alec, furioso ante su dolor.

Él había escogido hacerle aquello y debía mantenerse firme en su decisión. 

Agotada de llorar decidió meterse a la tina, siendo cuidadosa de no mojar los puntos. Habían pasado más de dos horas desde que llegó a la casa y no presentaba mareos ni nada. Mientras disfrutaba de aquella tranquilidad llegó a la conclusión de que todo aquello había sido su culpa. No es que excusara la forma tan cruel que tuvo Alec para dejar en claro de una vez por todas, que no la encontraba atractiva, pero entendía que había sufrido acoso de su parte durante años.

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