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Portada de la novela Ojos Robados, Corazón Roto

Ojos Robados, Corazón Roto

Ella sacrificó su vista donando sus córneas para que Ricardo, su gran amor, pudiera ver. Sin embargo, la familia de él urde un engaño y le hace creer que la donante fue la rica Isabel. Convertida en sirvienta y despreciada por el hombre que amaba, la joven es expulsada de la mansión sin piedad. En su desamparo, Eduardo surge como su protector, mientras un viejo álbum fotográfico se vuelve la clave para revelar la traición y recuperar la verdad robada.
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Capítulo 2

Ximena corrió por los pasillos blancos y estériles del hospital, su corazón latía con una fuerza que parecía querer salirse de su pecho. Cada paso era una mezcla de ansiedad y una esperanza abrumadora. Después de semanas de oscuridad y silencio, Ricardo, el amor de su vida, finalmente había despertado. El terremoto se los había arrebatado todo, lo había dejado a él sin recuerdos y sin vista, pero ella no había dudado ni un segundo. Le dio lo más preciado que tenía: sus córneas. Quería que sus ojos fueran los primeros que él viera al despertar.

"¡Ricardo!", exclamó al llegar a la puerta de la habitación, con la respiración entrecortada y lágrimas de felicidad nublando su propia vista.

Dentro, la familia de Ricardo estaba reunida alrededor de la cama. Su madre, una mujer siempre vestida impecablemente y con una mirada fría que nunca la había aceptado, y su hermana, cuya sonrisa siempre contenía una pizca de burla. A su lado, de pie junto a Ricardo, estaba Isabel, la hija de una de las familias más ricas de la ciudad, una mujer que Ximena siempre supo que la despreciaba.

Ximena se abalanzó hacia la cama, ignorando las miradas hostiles.

"Ricardo, qué bueno que estás bien."

Su voz se quebró por la emoción. Extendió la mano para tocar su rostro, un gesto que habían compartido miles de veces. Pero él la apartó con brusquedad, un gesto tan ajeno, tan violento, que la dejó paralizada.

"¿Quién eres tú?"

La voz de Ricardo era fría, desconocida. No había rastro del amor, de los quince años que habían compartido. La miró con los ojos que antes eran de ella, pero no la reconoció. Su mirada se posó en Isabel, que estaba a su lado, y una sonrisa suave apareció en sus labios.

"Mi prometida está aquí, aléjate."

El mundo de Ximena se hizo pedazos en ese instante. Las palabras de Ricardo fueron como un golpe físico, dejándola sin aire.

Isabel se acercó a ella, con una expresión de falsa compasión que no lograba ocultar el triunfo en sus ojos.

"Señorita", dijo con un tono condescendiente, "sé que siempre te ha gustado Ricardo, pero eres solo una sirvienta de nuestra casa. Por favor, no lo molestes en un momento tan delicado."

"¿Sirvienta?", susurró Ximena, confundida. Miró a la madre de Ricardo, buscando una explicación, una pizca de humanidad. "¿Qué está pasando? Yo soy su prometida. Ricardo, soy Ximena."

La madre de Ricardo soltó una risa seca y cruel.

"¿Prometida? Niña, no te equivoques. Mi hijo jamás se comprometería con alguien como tú. Isabel es su prometida, ella fue quien generosamente le donó sus córneas. Deberías estar agradecida de que te damos trabajo."

La hermana de Ricardo añadió, con veneno en cada palabra: "Siempre has sido una trepadora, Ximena. Pensaste que con el accidente podrías aprovecharte, ¿verdad? Pero la gente como tú siempre tiene su lugar. Y el tuyo no es aquí."

La humillación era un fuego que le quemaba la cara y el pecho. La verdad era una pesadilla. No solo le habían robado a su prometido, sino que le habían robado su sacrificio, su identidad. La habían convertido en una extraña, en una empleada.

"¡No! ¡Eso es mentira!", gritó, la desesperación haciéndola temblar. "¡Yo le doné mis ojos! ¡Ricardo, tienes que recordarme!"

Intentó acercarse de nuevo, pero la hermana de Ricardo la empujó con fuerza.

"¡Seguridad! ¡Saquen a esta mujer de aquí!", gritó la madre de Ricardo, con el rostro deformado por el desprecio. "Y tú", le dijo a Ximena, apuntándola con un dedo, "vuelve a la mansión ahora mismo. Tienes que preparar la cena. Es lo único para lo que sirves."

Dos guardias de seguridad la tomaron por los brazos. Ximena luchó, pataleó, gritó el nombre de Ricardo una y otra vez, pero él no volteó. Solo la miró con indiferencia, como si fuera una molestia, una loca. La arrastraron fuera de la habitación, sus súplicas resonando en el pasillo hasta que la puerta se cerró, dejándola sola con su corazón roto y la cruel realidad de su nueva vida.

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