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Portada de la novela Ojos Febriles, Alma Rota

Ojos Febriles, Alma Rota

Tras un lustro de matrimonio, el vínculo entre Mateo y Sofía se desmorona. El arquitecto halla pruebas de que su mujer posó para Leo, un artista perturbado. Entre ausencias y un tango que reabre heridas del pasado, Mateo ratifica la traición. Herido en su orgullo y por el deshonor a su gran obra, El Faro, decide aliarse con su competidora Valentina. Juntos venderán el edificio a capitales extranjeros, fraguando una fría venganza contra quien juró amarlo.
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Capítulo 2

Leo, el artista callejero, se estaba convirtiendo en una molestia. Sus performances eran cada vez más extrañas. La última vez, se colgó boca abajo de un semáforo, cubierto solo con pintura roja, gritando el nombre de mi esposa.

Sofía.

La gente en los círculos de arte de Buenos Aires lo llamaba una "leyenda urbana". Yo lo llamaba un acosador.

Pero Sofía, mi esposa desde hace cinco años, no lo veía así. Ella era una influyente galerista de arte. Veía "potencial" en él.

Yo era Mateo Rojas, un arquitecto. Mi vida se basaba en la estructura, en la lógica. Mi matrimonio con Sofía se basaba en una promesa: lealtad absoluta. Ambos veníamos de familias rotas por la infidelidad. Odiábamos la traición más que nada en el mundo. Nuestro mayor orgullo era "El Faro", un edificio Art Decó que diseñé y que poseíamos juntos. Era el símbolo de nuestra vida perfecta.

Hoy era nuestro quinto aniversario. Compré un collar de diamantes que ella quería desde hacía meses. Fui a su galería en Palermo para darle una sorpresa.

La galería estaba cerrada. Extraño. Usé mi llave y entré.

El espacio principal estaba vacío, pero una cortina negra cubría la sala trasera. Escuché murmullos. Me acerqué en silencio.

Detrás de la cortina, había una exposición secreta. Solo para un puñado de críticos y coleccionistas. Y en el centro de la sala, sobre un pedestal de mármol, había una escultura.

Era una escultura hiperrealista de Sofía. Desnuda.

La única prenda que la cubría era uno de sus pañuelos de seda, el que yo le regalé en nuestro primer aniversario, colocado estratégicamente sobre su pelvis. La postura era provocativa. La expresión, una mezcla de éxtasis y sufrimiento.

Sentí una oleada de náuseas.

Un hombre bajo y con barba, uno de los críticos más famosos de la ciudad, le decía a su acompañante:

"Es crudo. Visceral. Leo Ferri tiene un don para capturar la esencia de su musa."

Leo. El artista callejero.

Me quedé paralizado, escondido detrás de la cortina. Mi sorpresa se había convertido en una pesadilla.

Entonces llegó Sofía. Entró en la sala con una sonrisa radiante. Esperé su horror, su indignación.

Pero no llegó.

"¿No es magnífica?", dijo ella, su voz llena de orgullo. "Es la honestidad brutal hecha arte."

Se acercó a la estatua. Tocó la mejilla de su réplica de yeso con una delicadeza que me revolvió el estómago.

Salí de mi escondite.

Todas las cabezas se giraron hacia mí. El silencio se hizo pesado.

"Mateo", susurró Sofía, su sonrisa desapareciendo.

No dije nada. Solo miré la estatua, luego la miré a ella. Ella no entendía. O no quería entender.

"Es solo arte, mi amor", dijo en voz baja, acercándose.

"¿Arte?", mi voz sonó hueca. "¿Desde cuándo posas desnuda para él?"

"No posé. Él trabaja a partir de fotos, de la observación. Es su interpretación."

Su defensa era tan fría, tan desconectada de lo que éramos, que sentí un abismo abrirse entre nosotros. Me di la vuelta y me fui. Cerré la puerta de la galería detrás de mí, dejando dentro el murmullo confuso de sus invitados y su llamada desesperada.

"¡Mateo, espera!"

Esa noche, en casa, el silencio era un grito. Ella intentó hablar, pero yo no podía escucharla. Fui a mi estudio, nuestro santuario personal dentro de la casa.

Y allí, en la pared, sobre mi mesa de dibujo, había un pequeño cuadro. Un par de ojos. Los ojos de Sofía. Pintados con una intensidad febril y perturbadora. La firma en la esquina era una "L" garabateada.

Leo.

Ella lo había colgado en nuestro espacio más íntimo.

Recordé la primera vez que vi su trabajo. Unos meses atrás. Un mural horrible en una pared de San Telmo. Ella se detuvo. "Hay algo en él", dijo. "Una desesperación auténtica". Yo solo vi mediocridad.

Ahora esa mediocridad estaba en mi casa, en mi estudio, en la forma desnuda de mi esposa exhibida para extraños.

Me senté en mi escritorio. Abrí el cajón y saqué la carpeta de "El Faro". Busqué el acuerdo de copropiedad que firmamos. Lo había redactado un abogado, pero yo insistí en una cláusula. Una cláusula que Sofía llamó "drástica" pero que aceptó con una sonrisa, diciendo que nunca la necesitaríamos.

La cláusula 12B.

"En caso de infidelidad probada y documentada por una de las partes, la propiedad total e indiscutible del inmueble conocido como 'El Faro' pasará a ser del cónyuge traicionado."

Recuerdo sus palabras ese día, mientras firmaba. "Tú y yo, Mateo, somos a prueba de esto. Sabemos lo que se siente. Nunca nos haríamos eso."

La ironía era un sabor amargo en mi boca.

Tomé mi teléfono. Busqué un número. Una arquitecta. Mi rival más feroz, pero la única persona en este negocio cuya inteligencia respetaba.

Valentina Morales.

Sonó dos veces.

"¿Morales?", su voz era cortante, como siempre.

"Valentina. Soy Mateo Rojas."

Hubo una pausa. "¿Rojas? ¿A qué debo el honor? ¿Te quedaste sin ideas y necesitas inspiración?"

Ignoré su sarcasmo.

"Necesito que me hagas un favor. Necesito que encuentres un comprador. Discretamente."

"¿Un comprador para qué? ¿Tu alma?"

"Para El Faro."

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