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Portada de la novela Ódiame hasta que me ames

Ódiame hasta que me ames

Diana es una joven cuya inocencia se quiebra al presenciar un crimen de la Cosa Nostra en Nueva York. Enzo Lombardi, el frío sucesor de la mafia, opta por secuestrarla en lugar de matarla para resguardarla de su entorno violento. Mientras ella planea su venganza, la convivencia forzada genera una atracción eléctrica. En un ambiente de dominio y peligro, su rencor evoluciona hacia un romance oscuro y tóxico que desafía cualquier principio ético.
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Capítulo 1

POV Enzo:

Mi padre cuelga el teléfono de manera violenta. La furia de Carlo Lombardi, el temido jefe de una de las familias más poderosas de la Cosa Nostra en Nueva York, es capaz de paralizar de miedo a cualquiera. En especial, porque él suele ser un hombre en extremo metódico e impenetrable; puedo contar con los dedos de una mano las veces en que lo he visto estallar de este modo. Siempre lo he admirado por eso, entre muchos otros motivos.

A mí me cuesta demasiado controlar mis impulsos.

Sin embargo, ahora siento como si nuestros papeles se hubieran intercambiado. Las venas de su frente y de su cuello parecen estar a punto de estallar, y sus ojos grises destellan de la ira.

Permanezco de pie, observándolo con detenimiento desde el otro lado de su escritorio. Estamos en su oficina en la parte trasera del casino que administra nuestra familia, y él acaba de recibir una llamada de su consiglieri, su mano derecha en todo tipo de asuntos. Espero sus órdenes para actuar, porque su reacción indica que algo muy grave acaba de ocurrir. Temo incluso escuchar sus próximas palabras.

—¡Esos hijos de perra se atrevieron a hacerlo! —grita y da un puñetazo con tanta fuerza sobre el escritorio que hace rechinar la madera—. ¡Se atrevieron a mudarse a nuestra ciudad y a meter las narices en nuestro negocio! ¡Sabía que lo harían!

Por supuesto, debí imaginar que se trataba de eso. Los Vitale son una familia que ha sido enemiga de la nuestra históricamente, desde mucho antes de que mi abuelo emigrara de Italia. Esos bastardos llegaron al país hace poco más de un mes y, aunque llevábamos años sin tener ningún conflicto directo, sabíamos muy bien que su presencia solo traería problemas. Esas ratas nunca vienen en son de paz.

—¿Intervinieron en el cargamento? —le pregunto a mi padre, esperando con ansias que me dé una respuesta negativa. Ahí nos estamos jugando cientos de miles de dólares en armas que se supone que debían entrar al país hace dos horas.

Mi padre asiente con la cabeza muy despacio. Al parecer, está utilizando su autocontrol para no salir a la calle y ahorcarlos a todos con sus propias manos. Por mi parte, siento que mi sangre hierve al escucharlo. ¿Cómo se atrevieron? ¿No han tenido suficiente a lo largo de los años como para comprender que con los Lombardi no se juega?

—La policía lo interceptó antes de que entrara al país —me explica—. Ese no es un evento fortuito, Enzo. Lo hicieron ellos y es una provocación. Nadie puede vincularnos con los paquetes que venían en ese barco, pero deben sentirse satisfechos con habernos hecho perder dinero y clientes.

—¿Clientes también? —pregunto con desconcierto.

—Muchos no esperarán a que logremos reponernos de este golpe, hijo, buscarán nuevos proveedores —me responde—. Debemos estar inactivos un tiempo para no tener problemas con la policía, y esos hijos de perra lo aprovecharán para salirse con la suya.

Resoplo y me llevo una mano al rostro para apretarme el puente de la nariz. Estoy harto de esos cabrones de mierda.

—Dé la orden, padre —le digo—. Permítame hacer la sangre de esas ratas correr. Les mostraré cuán escasa es la paciencia de los Lombardi y cuán corto es el camino al infierno si se meten con nuestra familia.

Mi padre niega con la cabeza.

—No debemos atraer la atención de las autoridades hacia nuestra familia, Enzo —me responde—. Si lo hacemos ni siquiera nuestros contactos más poderosos podrán ayudarnos.

Quiero desaparecer a todos los que llevan el jodido apellido Vitale de la faz de la tierra, y solo me basta una palabra de mi padre para hacerlo. Sin embargo, sé que él tiene razón: esa no es una jugada sensata. Debemos mantener un perfil bajo para evitar que la policía se meta en nuestros asuntos, ese es el trato que tenemos con nuestros aliados en el Congreso. Y no hay forma de ir y matar a todos los Vitale en su propia residencia sin llamar la atención.

No puedo guiarme por mis ansias de venganza. No aún.

No obstante, ambos sabemos que no podemos dejar pasar algo así. Si lo hacemos, estaremos dejándoles el camino abierto para otras agresiones y ofensas futuras que pueden manchar la perfecta reputación de nuestra familia de ser la más poderosa de este lado del Estado. El negocio es nuestro, eso tiene que quedarles bien claro a todos los demás que quieran participar.

Mi padre se sienta en su sillón de cuero negro con las manos entrelazadas sobre su regazo y la vista al frente. Su expresión seria e inescrutable de costumbre está de vuelta. Parece sopesar las pocas opciones que tenemos.

Finalmente, suspira profundo y me mira a los ojos.

—No podemos acercarnos a su casa y formar una masacre pública sin llamar la atención. Es un hecho —me dice, aparentemente más calmado.

—¿Cómo les damos su merecido, entonces?

—Por desgracia para ellos, sé muy bien cada paso que han dado desde que llegaron a la ciudad, a «mi» ciudad —aclara con dureza—. Esos desgraciados montaron una pequeña tienda de mariscos cerca del puerto. Es su tapadera. Después de las seis de la tarde comienzan a vaciarse los puestos de venta y no habrá casi nadie. La policía frecuenta muy poco esa área. Visítalos mañana y lleva solo a los hombres necesarios contigo. No quiero sobrevivientes ni testigos, Enzo. Demuéstrales que nadie puede jugar con nuestra familia y salir impune.

Lo dice con tanto resentimiento que sonrío de una manera torcida al escucharlo. Tengo el camino libre para hacer justo lo que tanto deseo; lo que mejor se me da.

—Solo ellos sabrán que fuimos nosotros —le digo con mucha seguridad y luego me encamino hacia la puerta para ir a buscar a algunos de nuestros hombres y alistarlos para la acción—. No lo defraudaré, padre.

—Lo sé, hijo —responde él y asiente con la cabeza—. Mañana muy temprano volaré hacia Italia, tengo cuestiones que tratar allá con tu tío y necesito saber que todo aquí se mantendrá en orden. Por eso te confío este asunto personalmente.

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