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Portada de la novela Obligada a casarme con el CEO infiel

Obligada a casarme con el CEO infiel

Con solo diecinueve años, Elha es obligada por su padre a unirse en matrimonio con el influyente Massimo Rinaldi. A pesar de su amor por Adrián, la brecha social vuelve imposible su romance. Massimo, un CEO marcado por un antiguo abandono, también rechaza este pacto familiar. En medio de esta unión forzada, la astuta Irina empleará mentiras para quebrar la incipiente conexión entre ambos, desafiando la lealtad y el destino de la joven pareja.
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Capítulo 3

Capítulo 3

Sueños rotos

Ricardo y Adrián se miraron fijamente a modo de desafío, pero Adrián sabía que tenía todas las de perder, nunca podría contar con él permiso de la familia de su novia, así que la boda que tenía planeada en su cabeza, posiblemente no se llevaría a cabo.

-Mira, muchachito. Si comprendieras por lo menos un poco el desánimo y la angustia que genera el no tener un centavo en el bolsillo, no estuvieras recitando ese discursito mediocre de que el dinero no compra la felicidad. Porque está muy claro que si la compra y no por lo material, sino por la calidad de vida, comidas, gastos, un techo sobre tu cabeza, un vehículo para transportarte a tu trabajo. El cuidado y bienestar de la familia. Todo, absolutamente todo te lo da el dinero, así que no le vengas con cuentos a quien claramente sabe de historias. Estar económicamente estable, te ayuda a estar estable en muchas cosas más. Espero no ofenderte con lo que estoy diciendo. No es mi intención hacerte sentir menos, pero debes tener la madurez necesario como para aceptar que mi hija está totalmente fuera de tu alcance.

Las palabras de Don Ricardo le cayeron a Adrián como un balde de agua fría encima, sus manos sudorosas temblaban, sus ojos se volvieron vidriosos y su voz se quebró por completo. Mientras que Elha sólo lloraba en silencio, sin atreverse a decir una sola palabra.

-Comprendo sus palabras, Don Ricardo y admiro su dedicación para los cuidados de su hija, sé que como padre quiere lo mejor para ella, pero seguiré pensando que podremos ser felices juntos, sin poseer riquezas. Ella ahora mismo puede tener dinero, lujos, carros, viajes, lo que desee. Pero no será feliz porque a pesar de que quieran emparejarla con otro hombre es a mi a quien ama. Sé que no poseo su mismo nivel social, pero haría hasta lo imposible por hacerla feliz. Y me imagino que usted debe saber que mientras más le prohíba verme, a ella más le va a gustar acercarse a mi.

-No seas ridículo -respondió Don Ricardo, enojado-. ¿Qué es para ti la felicidad? ¿Por qué la gente como tú insiste en romantizar la pobreza? Seamos honestos. Ni en esta, ni en dos vidas prestadas tú podrás darle a mi hija la mitad de lo que tiene en su casa. No me malinterpretes, no menosprecio tu esfuerzo, todavía quiero que triunfes y tengas un futuro brillante y una carrera espléndida, me gustaría verte comer cada día, solo que no en mi mesa.

-Papá, no sigas por favor -Elha suplica entre sollozos-. Ya tenía mi decisión tomada, solo tienes que respetarla, voy a irme a vivir con Adrián. Únicamente quería que lo supieras, de igual forma, no esperaba contar con tu apoyo en esto.

-Ya basta Elha, termina de aceptar cuál es tu lugar en esta casa -responde Don Ricardo y se levanta de la mesa-. Quiero que dejes de decir estupideces y termines de una vez con esa absurda relación, me urge que no sigas comportándote como la golfa que te parió y comiences a actuar como una mujer decente, ya que muy pronto anunciaremos tu compromiso con Massimo Rinaldi ante la sociedad.

Elha se quedó perpleja sin siquiera pronunciar una sola palabra, mientras que Adrián se quedó estático, con los ojos bien abiertos y su cara de asombro.

Se sintió humillado y poca cosa, era primera vez que tenía un sentimiento de inferioridad hacia otra persona, y lo odiaba. Miró fijamente el rostro de su amada, pero ella fue incapaz de devolverle la mirada.

 Él solamente se despidió de manera educada y se marchó de ese enorme comedor con un nudo en el pecho, lleno de tristeza e impotencia y sobre todo miedo de perderla a pesar de que sabía a lo que se arriesgaba al involucrarse con ella.

-Con su permiso, Don Ricardo Brucelli, pero sigo pensando que es ella quien tiene que elegir con quien desea compartir su vida

Adrián sacó de su bolsillo un pequeño estuche color blanco, lo abrió dejando ver un anillo de compromiso, con una piedra tan diminuta que le sacó una carcajada a Martina. La colocó frente a Elha y se marchó a pasos apresurados.

-¿Qué es eso? -preguntó Martina con una sonrisa de burla en su rostro-. Parece una piedra que consiguió tirada a la mitad de la calle. ¡Qué poca cosa!

-¿Quién es el? -preguntó Elha, sin despegar sus ojos de ese anillo. ¿En qué momento me comprometiste en matrimonio con un desconocido? ¡Por Dios! Es como su me estuvieras cambiando por tres pollos en el mercado. ¿No te das cuenta? -gritó enfurecida-.

-Baja la voz, y no se te ocurra volver a gritarme. Es lo que tienes que hacer y punto -respondió Don Ricardo.

-Yo... No acepto casarme con alguien que no conozco -Elha suelta las palabras como si estuviera arrastrando el alma en cada una de ellas-.

-Primero, tú no tienes voz ni voto para tomar decisiones en esta casa -advierte Don Ricardo-, segundo, ese compromiso ya estaba pautado desde antes de que te pudieses imaginar. Cuando estabas en el vientre de tu madre biológica yo ya tenía toda una vida planeada para ti, y desde que supe que eras una niña decidí que te casarías con Massimo Rinaldi y de esa manera obtendríamos la mejor cooperación del siglo en la industria de nuestra rama empresarial. Así que déjate de estupideces y no te atrevas a oponerte ante mis decisiones porque no conoces de lo que soy capaz. ¿Te quedó claro?

Amenazó Ricardo con un tono de voz bajo, pero certero. Cosa que puso a temblar aún más a la chica. Quien pide disculpas y se levanta de la mesa rumbo a su habitación.

Se hicieron las cuatro treinta de la tarde, en la mansión Rinaldi era muy respetada la hora del té. Cuya tradición inglesa provenía de las costumbres de los antepasados de Adele; la madre de Massimo.

El joven se presenta puntual, a petición de sus padres, sabía que esto no se trataba de algo bueno.

Había alcanzado a escuchar en los pasillos de la empresa, que su padre le estaba buscando una esposa, cosa que hasta sus veintiocho años había rechazado y lo seguiría haciendo el tiempo que considere necesario.

Massimo se sentía cómodo con la vida loca a la que estaba acostumbrado a llevar, donde solía cambiar de mujeres más rápido de lo que se cambiaba de ropa interior.

Solo había repetido en la cama a una misma mujer y esa era Irina; su mejor amiga de infancia.

Con ella la relación era agradable, el libertinaje de ambos le permitía juntarse al mismo tiempo que buscar más diversión afuera, sin problemas, sin reclamos.

Dichas acciones le daban ese toque picante y explosivo a su extraña relación abierta y era la ausencia de un compromiso lo que lo hacía divertido para ambos.

Irina nunca le había hecho una escena de celos, era lo suficientemente inteligente como para deshacerse de cualquier intrusa que llegara a la vida de su hombre y planee quedarse en ella.

Massimo llega a la terraza, saluda a sus padres y se sienta junto a ellos.

-Me alegra que nos hayas sacado algo de tiempo, es necesario hablar del crecimiento de la empresa, hijo y de tus responsabilidades.

Comenta Paolo y Massimo vira sus ojos con molestia, sabía por dónde venía todo esto.

-Por favor no me salgas de nuevo con el cuento de las cláusulas de la maldita herencia -respondió con aburrimiento-. No quiero casarme con nadie.

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