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Portada de la novela Nunca Es Tarde Para Amarte

Nunca Es Tarde Para Amarte

Traicionada por su familia, una joven es entregada mediante un contrato al playboy más influyente de la ciudad. Aunque su primer impulso es huir para recuperar su libertad, termina cautiva bajo su dominio. Pronto descubre que la verdadera esencia del magnate es muy distinta a su oscura reputación. Él, fascinado por ella, ya no se conforma con un acuerdo formal; ahora busca ganar su afecto genuino y construir un futuro donde el amor los una para siempre.
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Capítulo 1

Al caer la noche, las luces de la calle comenzaron a encenderse, iluminando A City mágicamente.

En medio de los imponentes rascacielos estaba situado QH Hotel, y en su último piso estaban las suites presidenciales.

En una de ellas, Luna Ruan, con un elegante vestido negro, corrió al baño, sacó un documento de su bolso y lo rompió en pedazos.

Cuando estaba a punto de tirar los trozos de papel por el inodoro, de pronto, escuchó ruidos al otro lado de la puerta.

Una mujer gemía de placer mientras un hombre respiraba con dificultad. Al darse cuenta de lo que implicaban esos sonidos, sus ojos se abrieron como platos.

Tras abrir ligeramente la puerta del baño para echar un vistazo, tan solo pudo ver que las luces del dormitorio y del baño estaban encendidas.

Entonces, apagó la luz de inmediato y asomó la cabeza por la puerta.

En ese momento, un fuerte gemido llegó a sus oídos, y ella arrugó la nariz asqueada.

En las calles se decía que Silas pasaba doce horas al día acostándose con diferentes mujeres, y parecía que el rumor era cierto...

Ella pensó que de ninguna manera se acostaría con un hombre así solo por conseguir firmar un contrato, ¡ni hablar!

A juzgar por los sonidos, parecía que las cosas se estaban calentando en el dormitorio...

De pronto, un olor desagradable impregnó toda la suite, lo que hizo que a la mujer le doliera el estómago.

'¡Ahora es el momento de largarse!', pensó para sí misma.

Tras salir de puntillas del baño, se agachó detrás del gran sofá de la sala de estar y se arrastró lentamente hacia la puerta principal.

Al ver que la salida estaba a la vista, sintió una oleada de alivio. Sin que ella lo notase, una persona estaba sentada en el sofá dando golpecitos en el apoyabrazos con los dedos enguantados.

El hombre la miraba de reojo en la oscuridad, observando en silencio cada movimiento.

"¡Ay!", murmuró la mujer, ya que justo cuando estaba a punto de llegar a la puerta, chocó con la afilada esquina de uno de los muebles. El dolor abrasador hizo que sus ojos se llenaran de lágrimas.

Entonces, frotándose la frente, miró hacia arriba y se encontró inesperadamente con los ojos del misterioso hombre que la observaba desde el sofá.

"¡Ah!", exclamó totalmente sorprendida, y tras jadear, perdió el equilibrio en la alfombra. Cuando se dio cuenta de lo que sucedía, se llevó una mano a la boca con ansiedad y con los ojos muy abiertos. Para su alivio, todavía podía oír a Silas y a la mujer divirtiéndose en el dormitorio, completamente ajenos a lo que estaba sucediendo en la sala de estar.

Cuando Luna volvió a mirar al hombre enguantado, lo encontró recogiendo algo del piso alfombrado.

Frunciendo el ceño, ella agarró su bolso y lo miró con recelo.

"¿Quién eres? ¿Qué haces aquí?", le preguntó enfadada pero en voz baja.

El hombre resopló.

Al oírle, la mujer se sonrojó ligeramente, pero como no tenía nada que ver con él, su prioridad era salir de aquel lugar lo más rápido posible.

Justo cuando ella se dispuso a dar otro paso hacia la puerta, el hombre la agarró por la muñeca.

"¡Ay! ¿Qué estás haciendo?", le preguntó mientras trataba de soltarse, pero su agarre era tan firme que las lágrimas comenzaron a brotar de sus ojos una vez más.

Al ver sus ojos brillantes, el hombre la arrastró fuera de la habitación.

Había luz en el pasillo, lo que la cegó momentáneamente e hizo que mirase a su alrededor algo aturdida.

En ese momento, el hombre sacó una tarjeta llave y abrió otra suite.

Cuando Luna escuchó el sonido de la puerta abriéndose, volvió a sus sentidos, y lo que vio la hizo sentirse bastante incómoda.

Sintiendo cómo el pánico brotaba dentro de ella, luchó violentamente.

'¿Qué es lo que pretende llevándome ahí?', se preguntó.

Él la arrastró a la suite, la condujo hasta los ventanales y la interrogó:

"Dime, ¿por qué te escondías en el baño?".

Luego colocó su mano enguantada debajo de la barbilla de la mujer, obligándola a mirarlo.

Ella hizo una mueca y después se inventó una excusa: "El señor He me pidió que viniera".

Las cejas del hombre se alzaron en una expresión divertida, y replicó: "¿En serio? ¿Y cómo es que yo no me enteré?".

"¿Podrías soltarme primero, por favor?", le pidió ella mientras lo miraba con impaciencia.

Entonces, el hombre aflojó su agarre y se apoyó perezosamente contra la pared, como si estuviera esperando a que ella continuara.

Tan pronto como fue liberada, la chica se frotó la muñeca dolorida con rabia. "Solo eres su guardaespaldas, ¿qué te da derecho a tratarme así?", preguntó enfadada.

Estudiando a aquella mujer que trataba de ocultar su miedo de manera desesperada, el hombre entrecerró levemente los ojos y sonrió.

'¡Interesante!', pensó para sí mismo.

Tras introducir la mano en el bolsillo, sacó el objeto que había recogido del suelo anteriormente y comenzó a jugar con él en su mano. Luego, con una voz inquietantemente fría, contestó: "Luna Ruan, realmente te subestimé...".

En ese momento, ella se quedó helada.

'¿Cómo sabe mi nombre?', se preguntó, sintiendo que su mente se aceleraba y que el pánico se apoderaba de ella.

Justo cuando abrió la boca para decir algo, se percató del lápiz labial en la mano del hombre, y entonces se puso tan rígida como si acabara de ser alcanzada por un rayo.

'¿Por qué tiene mi lápiz de labios?', se cuestionó de nuevo.

Lo cierto era que ese pintalabios era una grabadora oculta, ¡su grabadora! 'Esto es un desastre...', pensó para sí misma, y entonces se derrumbó y rompió a llorar.

"Señor, lamento haberte molestado.

A decir verdad, ese lápiz de labios es un recuerdo de mi madre...", comentó la chica.

Al escucharla, el hombre se burló.

Luna no sabía si él la creía o no, así que forzó una sonrisa y lo miró a la cara con atención.

Lo que vio entonces la agarró por sorpresa.

Aquel hombre era, de hecho, muy guapo, no solo eso, ¡era perfecto!

Parecía cincelado a la perfección, como las antiguas esculturas griegas...

Tenía la piel clara, los ojos profundos, la nariz prominente y unos labios fruncidos muy masculinos.

Al percatarse de la fascinación y la sorpresa con la que ella lo observaba, el hombre parecía estar muy satisfecho. Entonces, giró el pintalabios que sostenía en su mano y, lentamente, dijo: "Puedes irte, pero no vuelvas a hacerlo".

Esas palabras hicieron que ella volviera a la realidad y, dudando, se preguntó si realmente la dejaría irse tan fácilmente.

Pero ella estaba muy asustada, por eso aunque no podía creerlo, se escapó tan rápido como sus piernas se lo permitieron.

Mientras cerraba la puerta tras de sí, echó una última mirada a aquel hombre enguantado y vislumbró su perfil.

Sacudiendo la cabeza, se advirtió a sí misma que no debía dejarse encandilar por su belleza y se marchó rápidamente, cerrando la puerta de golpe. Con una mirada divertida, el hombre agarró su celular e hizo una llamada.

"Quiero toda la información que tengas sobre Luna Ruan", dijo por el auricular.

La mujer, pese a que se sentía aliviada de haber salido de aquella situación, no tenía ni idea de que la estaban investigando.

Simplemente pensaba que Silas debía de tener algunos hobbies especiales, y que por eso necesitaba guardaespaldas como aquel hombre.

Sería mejor para ella no tener nada que ver con alguien así, por ello, sacudió la cabeza esperando deshacerse de los pensamientos caóticos que se agolpaban en su mente.

Más tarde esa noche, a las once en punto, Luna llegó finalmente a casa.

Cuando abrió la puerta, vio a su padre, Jake Ruan, a su madrastra, Lucy Lin, y su media hermana, Nina Ruan, sentados en el sofá de la sala de estar.

Parecía que esta última debía de haber dicho algo gracioso, porque su madrastra se estaba riendo, e incluso su padre estaba sonriendo.

Ella se detuvo un segundo en la puerta, sintiendo un regusto amargo persistiendo en su boca.

Entonces, bajó la cabeza, ya que, con todos ellos en la sala de estar, parecía que no podría evitar ser interrogada.

Mientras se sentaba frente a los tres, trató de parecer lo más ofendida posible. En ese momento, su madrastra le preguntó:

"¿Cómo te va, Luna?".

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