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Portada de la novela Nunca es tarde para amar

Nunca es tarde para amar

Milo Pérez y Manuel López son amigos de personalidades opuestas que siempre han rehuido al compromiso serio. Tras su graduación, sus vidas dan un vuelco al conocer a Ariel Gómez y Luis Hernández, dos jóvenes que despiertan en ellos sentimientos desconocidos. Mientras gestionan la brecha generacional y el temor a confesarse, deberán enfrentar una oscura amenaza: el acoso de antiguos pretendientes obsesivos que no están dispuestos a dejarlos ir.
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Capítulo 2

Desde siempre, Milo siempre se sintió atraído por los hombres. Más aún, por los altos y guapos. Y ese chico que trabajaba en la librería donde compraba sus libros poseía todas las características físicas que lo enloquecían por completo.

A diferencia de Manuel, Milo nunca se enamoró de verdad. Recordó haber tenido novios en la secundaria, pero sus relaciones duraban menos de un mes. Y cada vez que escuchaba a sus compañeros de clase quejarse de sus relaciones amorosas, estaba seguro de que las relaciones estables no eran para él.

De la secundaria pasó a la universidad. Ahí alquiló una pieza y, durante los fines de semana, iba a un bar a encontrarse con algún desconocido que le brindara una noche de afecto. El problema fue que uno de ellos lo vio con otro y, por más que Milo le dejó claro que solo fue una sola noche, el sujeto empezó a golpearlo. Por suerte, Manuel lo salvó y se lo llevó a su departamento. Después de un par de charlas, Manuel le ofreció un cuarto para protegerse de los acosadores, con la condición de que pagara la mitad del alquiler y accediera a realizar los quehaceres domésticos que le correspondían. Al final Milo aceptó. Se dio cuenta de que Manuel era una buena persona, a pesar de su mal carácter.

- Luis, eres tan alto y guapo.

- ¿No tienes novia, Luis?

- ¿Por qué te gustan los libros de amor?

- ¡Sí! ¡Es extraño que a un chico le guste el romance!

Como de costumbre, las chicas no paraban de rodear y conversar con Luis, el cual no paraba de sonreír y recomendarles los libros de romance que le gustaban. Milo sintió mucha rabia. Por culpa de esas chicas no podía acercársele. Se vería muy raro, pensó con angustia.

Empezó a hojear unos cuantos libros, mientras espiaba al muchacho de ojos miel y cabellos castaño claros. Lo que sabía de él era que se llamaba Luis y que por las mañanas trabajaba en la librería, dado que por la tarde asistía a un cursillo de ingreso a la facultad. O eso fue lo que escuchó decir de una de las admiradoras del muchacho.

- ¡Señor! ¿Se le ofrece algo? - le preguntó alguien a sus espaldas.

Milo se sobresaltó al ver que se trataba de Luis. Por perderse en sus pensamientos, no se percató de que las chicas se marcharon y Luis se acercó a atenderlo.

- Esteee... Quería saber el precio de este libro - Dijo Milo, sintiendo cómo sus mejillas enrojecían - Empecé a leerlo y me enganché con la historia.

- ¡Déjame ver! - dijo Luis, quien tomó el libro, se acercó al cajero y revisó el precio en la computadora - Son 20 dólares. Puedes llevarte nuestro catálogo gratis. Y si quieres saber sobre nuestras nuevas adquisiciones, sólo llámame. Aquí tienes mi tarjeta.

- Gracias. Aquí tienes el dinero.

Milo recibió la tarjeta, donde figuraba el nombre completo del chico que le gustaba.

- "Luis Hernández" - leyó Milo, una vez salió del local - Parece buen chico, pero seguro ya tiene novia. Es mejor que esté con una buena chica que conmigo.

Estuvo a punto de cruzar la calle, cuando sintió que alguien lo sujetaba del brazo. Se dio la vuelta y se encontró con el sujeto con quien se acostó la noche anterior.

- ¡Así que aquí estás, zorra! - le dijo, apretando cada vez más fuerte su brazo - ¡No me puedes dejar así! ¡Ya estuvimos juntos un par de noches! ¿Por qué no sales conmigo?

- ¿Pero qué dices? ¡Ni siquiera sé tu nombre!

- ¿Cómo que no? ¡Soy Federico! ¿No recuerdas que lo pronunciaste varias veces mientras lo hacíamos?

Milo se deshizo del agarre, tomó a Federico por el cuello de su camisa y le dijo con rabia:

- No porque lo hayamos hecho en un par de noches quiera decir que tengamos algo serio. ¡Así que piérdete y déjame en paz!

Los peatones empezaron a murmurar al verlos pelear. Milo se dio cuenta de que llamaban la atención y decidió huir, pero su acosador volvió a sujetarlo del brazo y, esta vez, vio que levantaba su puño para golpearlo.

Milo lamentó que Manuel no estuviese cerca. De seguro lo volvería a regañar si volvía a casa con el ojo morado. Aún así, no le quedó otra opción que cerrar los ojos y esperar el golpe.

Pero ese golpe no llegó. Milo escuchó que la gente gritaba de asombro, por lo que abrió los ojos y vio que quien detuvo el ataque fue Luis.

- No me agrada que estén armando escándalo delante de mi local - le dijo Luis a Federico, mostrándole una sonrisa amenazante - con tanto barullo has espantado a mis clientes. Así que, por favor, lárguese y no vuelva más. O tendré que llamar a la policía.

Federico soltó a Milo y se marchó, sin antes lanzar una mirada de odio a Luis. El muchacho, por su parte, se acercó a Milo y le preguntó:

- ¿Estás bien? ¿No estás herido?

- Estoy bien - respondió Milo, poniéndose completamente nervioso al verlo tan cerca. No podía evitarlo, era demasiado guapo.

- ¿Sabes? Se me ocurrió que podríamos tomar algo- continuó Luis - En unos minutos termina mi turno. ¿No tienes problema que te acompañe? Digo, por si regrese otra vez ese sujeto.

- No tengo problema - dijo Milo - Te espero.

Milo no sabía cómo reaccionar. Ese chico le hacía sentir cosas que jamás había sentido por nadie más. Se sintió como un adolescente enamorado, pero enseguida rechazó la idea. Solo estaba conmocionado porque Luis lo salvó. Y Luis haría lo mismo con cualquiera. Solo saldrían a tomar algo juntos y se largaría. Total, él podría tener a todas las chicas que quisiera.

- Ya estoy listo - dijo Luis, sacándolo de sus pensamientos. Se quitó el uniforme de su trabajo y se puso una campera verde con capucha.

- Bien. Vamos - dijo Milo, tragando saliva del nerviosismo.

Y fueron juntos a un bar que se encontraba a unas cuadras de ahí. Ninguno dijo nada. Milo no sabía si estaba soñando o si realmente estaban caminando juntos. Aún así, solo esperaba no cometer alguna estupidez ni meterse más en problemas.

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