Portada de la novela Nunca digas nunca

Nunca digas nunca

8.6 / 10.0
Después de cuatro años de matrimonio, Hannah enfrenta una cruda traición: su esposo le pide el divorcio tras confesar que solo la utilizó para satisfacer a su familia. Lejos de hundirse, ella resurge con una madurez inquebrantable y una independencia absoluta. Cuando su arrogante exmarido intenta despreciarla de nuevo, un influyente y millonario CEO interviene para reclamar su amor, demostrando el verdadero valor de una mujer que el destino decidió recompensar.

Nunca digas nunca Capítulo 1

"Divorciémonos".

Un escueto par de delicadas hojas de papel marcaban la conclusión de un matrimonio de cuatro años.

Los delgados dedos de Hannah Moore rozaron el nombre entintado de su marido que figuraba en el documento. Al levantar los ojos para encontrarse con los de Declan Edwards, su mirada llorosa era inequívoca.

"¿No hay ninguna posibilidad para nosotros?", preguntó.

La voz le temblaba ligeramente, afectada por la emoción y el esfuerzo de las tareas domésticas. Las gotas de sudor se le pegaban a la frente y a las gruesas monturas de sus gafas negras, dándole un aspecto torpe y anodino.

Habiéndose anticipado a su regreso aquella noche, con la ilusión de hablar sobre su futuro, ella se había levantado temprano, había escogido cuidadosamente algunos alimentos frescos, había cocinado y había ordenado la casa. Pero sus esfuerzos le parecieron inútiles al enterarse de la desgarradora noticia.

"Nuestro matrimonio era esencialmente un acuerdo comercial", espetó Declan, sacudiendo la ceniza de su cigarrillo, "Además, Eliana volverá pronto".

Así que eso era todo.

Eliana Patel, la mujer que ocupaba el corazón de Declan, era la persona a la que nunca podría dejar marchar.

Con la lengua pegada al paladar, Hannah experimentó un escozor familiar. Inclinó la cabeza, con la mente algo ofuscada. Cada vez que Eliana aparecía, Declan abandonaba todo, incluso sus propios principios.

Ciertamente, el matrimonio entre ellos había sido por obligación. Y a lo largo de los años que pasaron juntos, él nunca olvidaba su devoción por Eliana.

Después de un silencio infinito, Declan miró a la mujer que tenía delante.

Hannah era indiscutiblemente hermosa, de piel tersa, nariz finamente perfilada y labios como pétalos de rosa. Incluso detrás de unas gruesas gafas, sus ojos chispeaban de cuando en cuando bajo la luz.

Sin embargo, era una mujer sencilla, casi aburrida.

Su conducta siempre era moderada, y la fachada de esposa obediente, que había mantenido durante tanto tiempo, era tan poco interesante como un vaso de agua.

Encajaba a la perfección en el papel de la señora Edwards, pero nunca podría ser la mujer que él realmente deseaba.

Declan apagó el cigarrillo y comenzó a decir:

"Tú una vez...".

Hizo una pausa y sus ojos se detuvieron en la expresión de Hannah. Ella mantenía la cabeza agachada, pareciendo ser agraviada.

Tras considerar mejor las palabras, él dijo con frialdad:

"Dados tus antecedentes, es posible que te resulte complicado encontrar trabajo en el futuro. Así que, además de los acuerdos de propiedad, recibirás tres chalés adicionales. También podrás quedarte con el Ferrari de serie limitada, y yo aportaré personalmente cincuenta millones de dólares".

En una ocasión, cuando Eliana se había trasladado al extranjero, Declan la había seguido por amor. El patriarca de los Edwards se indignó tanto que estuvo a punto de desheredarlo. Solo un acto dramático por parte de su madre, una amenaza de suicidio, había conseguido que Declan volviera al redil familiar.

Y para recuperar el favor de su familia, había aceptado casarse con Hannah, de quien se rumoreaba que acababa de salir de la cárcel.

Aunque no sentía nada por ella, estaba dispuesto a ofrecerle una generosa indemnización, reconociendo sus años de servicio y su excelente relación con la familia Edwards.

Aquello era como tener caballos por placer, pero a sabiendas de que había un coste.

Declan señaló el acuerdo con su largo dedo índice, dejando al descubierto aquel importante anillo que había permanecido en ese dedo durante cuatro años. A Hannah le ardieron los ojos.

"Tienes tres días para pensártelo. Pero no me hagas esperar, mi paciencia tiene un límite".

"No hace falta".

Hannah tomó un bolígrafo negro que había a su lado y firmó en la zona designada.

"Estoy con la mente despejada. Me mudaré hoy mismo y no te estorbaré más", añadió.

"Muy bien", respondió Declan, imperturbable.

Debía reconocer que, incluso ahora, Hannah se mantenía aplomada y sensata, sin causarle problemas en ningún momento. En realidad, como señora Edwards, era sin duda la esposa más adecuada entre la élite de la sociedad.

Desgraciadamente, el amor no era algo que pudiera dictarse.

Y cuando Declan estaba a punto de seguir hablando, la puerta se abrió de golpe. Sadie Edwards, su hermana menor, irrumpió y dijo:

"Declan, he oído que hoy te separas de la delincuente. ¿Te importa si me quedo con ese Ferrari de lujo?".

Su mirada se cruzó con la de Hannah, que se había girado para verla, y puso los ojos en blanco.

Contrariado, Declan dijo:

"¿Cuántas veces tengo que repetírtelo? Si estoy hablando de negocios, tienes que tocar la puerta antes de entrar. Tu comportamiento no es digno de una señorita de la alta sociedad".

Apoyada en la mesa, Sadie sonrió socarronamente.

"De acuerdo, lo entiendo. Ahora, dame las llaves del auto, ¿quieres? Tengo planes con mi amiga para dar una vuelta".

Siempre indulgente con su testaruda hermana, Declan asintió en dirección a Hannah.

"Dale las llaves".

Hannah bajó los ojos, y respondió con voz pausada:

"Creía que habías dicho que ese auto era mío".

Sus palabras seguían siendo tan suaves como siempre, pero Declan sintió un escalofrío.

Enfurecida, Sadie se abalanzó sobre Hannah y la empujó con fuerza.

"¿De qué demonios estás hablando? Todo lo que hay aquí pertenece a mi hermano. ¿Qué se supone que tienen que ver estas cosas contigo? ¡Entrégame las llaves!".

Durante todos sus años en la familia Edwards, Hannah siempre había mostrado un buen corazón hacia Sadie.

Sin embargo, la joven no era más que un imán para los problemas, y siempre acudía a su madre cuando las cosas se torcían.

En una ocasión, había provocado a la hija menor de la familia Mitchell y se había visto cautiva en lo alto de una torre por Bryson Mitchell, el tercer hijo y el patriarca de la familia. De no haber sido por la intervención de Hannah, Sadie podría haber quedado lisiada de por vida al caer desde aquella altura.

Sin embargo, como recompensa a su amabilidad, Sadie la tachaba de delincuente.

"No".

Hannah estaba decidida, clavando los ojos en Declan.

"Quiero el auto. Lo prometiste, Declan. Siempre has sido tan generoso. Al fin y al cabo, solo es un auto", añadió.

En ese momento, Declan comprendió que la mujer que tenía delante era una Hannah completamente distinta de la que había estado maltratando todo este tiempo.

Tomándose una breve pausa, se volvió hacia su hermana y dijo:

"Tenemos muchos autos en casa. Ve a mi garaje y elige uno para ti".

Sadie, sin embargo, era una joven mimada y obstinada. Salvo aquella vez que se había enfrentado a Bryson, nadie se atrevía a desafiarla, y menos una mujer con un historial delictivo como Hannah.

Señalándola con un dedo acusador, Sadie exclamó:

"Respóndeme, ¿me vas a dar el auto o no?".

"No... No lo haré".

¡Paf!

Una bofetada mordaz aterrizó en la mejilla derecha de Hannah.

"Tienes agallas, comportándote de forma tan audaz por aquí. ¿Quién te crees que eres? Ni siquiera eres digna de servirme".

Los ojos de Declan centellearon por un instante antes de reasumir su expresión neutra.

"Sadie, cuida lo que dices".

Acunándose la mejilla afectada, Hannah miró de reojo a Sadie y dijo:

"Está clarísimo que nadie te ha enseñado modales".

La joven levantó la barbilla en señal de desafío.

"¿Y qué...? ¡Ah!".

Haciendo caso omiso de las flores que aún tenía dentro, Hannah tomó un jarrón cercano y vertió el agua que contenía sobre la cabeza de Sadie.

"Considéralo una lección de parte de alguien que se preocupa lo suficiente por ti como para instruirte".

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