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Portada de la novela Nuestra Inocente Secretaria

Nuestra Inocente Secretaria

Tras quedar en la calle y sin familia, la ingenua Eva Barris acepta trabajar para Magnus e Irina Keller. Lo que parecía una salvación oculta una realidad siniestra: debe gestar al heredero del matrimonio. Atrapada en un contrato asfixiante, Eva descubre que los Keller no solo reclaman al bebé, sino su propia identidad. Entre la obsesión y el control absoluto, su inocencia se quiebra mientras el amor se torna en una peligrosa posesión.
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Capítulo 3

—¿Te gusta sufrir eh?

El hombre que acaba de entrar arrastra por el suelo a una mujer rubia, desnuda, mientras otra mujer rubia, elegante, echa un tipo de liquido pegajoso en el estómago de la mujer agonizante.

—No, se los suplico…

—Me encanta cómo súplicas, cariño, dime más. —La rubia de pie toca el cuerpo de la otra, hundiendo sus uñas en alguna parte—. ¡Dime más!

—¡Déjenme salir de aquí! —suplica en lloriqueos la víctima.

¡La van a matar!, es lo que cruza por la mente de Evangeline, sin tener idea de lo que realmente es, pues es demasiado inocente en el sexo como para notarlo.

No puede ver demasiado lo que hacen porque la pareja después de besarse se arrodillan para torturar a la mujer quien grita agonizando.

—¿Cuál es tu último deseo, cariño?

—Necesito que esto acabe de una vez, por favor…

Y lo próximo que la chica ve es cómo la mujer rubia de vestido elegante alza el cuchillo y lo entierra en alguna parte haciendo que la

sangre chispee en su rostro y en el del hombre.

Ambos giran su rostro hasta los estantes cuando Evangeline casi grita, y sacudiendo su cuerpo por  el pudor que le causa sale corriendo de allí.

Corre por su vida, ¡han matado a esa pobre mujer!

No sabe qué puerta abre pero pronto se encuentra en una cocina abandonada que a su vez parece tener un pasadizo hasta la sala

principal, así que corre entre personas elegantes, mujeres casi desnudas y meseras.

—¡Jacky!

—¡Dios, Eva!

Ella toma el brazo del chico y lo arrastra hasta la salida, llena de adrenalina, pánico y miedo.

—¿En dónde carajos te habías metido? Te estuve buscando como loco, Eva.

—Lo siento, lo siento —repite una y otra vez, temblorosa, recordando repetidas veces en su mente el momento en que la sangre chispeaba en la cara de la elegante mujer.

—¿Pero qué rayos? ¿Qué es lo que tienes?

Ella quiere abrir la boca, decirle lo que vio, pero rápido teme por su amigo al saber que es invitado frecuente de ese lugar.

—Yo... nada.

—¿Estás segura?

Ella asiente pidiéndole con la mirada que se vayan.

Los segundos pasan más que lentos cuando su amigo conduce para dejarla en la pequeña residencia en donde vive. Y antes de llegar, al

verla un poco menos alterada, decide que es momento de hacerle saber algo.

—Esta tarde en cuanto me llamaste, hablé con mi jefe para que te hiciera una entrevista de trabajo.

—¿Qué? Jacky, yo no tengo un currículo para trabajar para ellos, es imposible.

—No te preocupes, cariño. Él dijo que podría conseguirte algo, sabe tu situación.

—No quiero que me contraten por compasión, Jack…

—No lo hace, él es así, ayuda a todos. —Le sonríe un poco, animándola—. Mañana tienes que verte con él. Bueno, con él y su esposa. Es que todo lo hacen juntos.

—¿Qué…?

—Sí, como sea Eva. Te paso buscando a las ocho de la mañana, ¿vale? Ve bien vestida y positiva.

Ella asiente solo porque necesita que él deje de hablar. Le alegra saber de una oportunidad de trabajo pero no saca de su mente la escena

que hace pocos minutos ocurrió.

¿Quiénes eran esos sujetos?, ¿por qué torturaban a esa mujer? Es decir, ¡la mataron! Porque ella no pudo escuchar un grito de la victima después de que le enterraran ese cuchillo.

¿Debía decirle a la policía?

Tal vez no era buena idea, quizás ya se habían desecho del cuerpo y cualquier evidencia.

¡Casi ante los ojos de todo el Mundo!

Dios, qué cosa tan maliciosa. Su pecho duele ante la maldad del mundo en manos de personas así.

—Nos vemos mañana, cariño. Que descanses.

Ella agita su mano despidiéndose con una media sonrisa y el pánico regresa a ella cuando se da cuenta que una de sus pulseras, una de las

tantas que hizo con su madre, no está en su muñeca. Busca la pulsera en sus bolsillos, pero piensa en el momento en que su cuerpo se estremeció por el terror de lo que vio, y en la

probabilidad de que la haya dejado en aquél almacén de la muerte.

Con un gran peso sobre sus hombros, solo ruega al cielo jamás volverse a encontrar con la pareja asesina.

—¿Qué tienes?

—Pues cómo que qué tengo, ¿estás bromeando?

La rubia camina de un lado para otro, angustiada y bastante alterada.

—No te preocupes más, mi amor. —El hombre se acerca a su esposa para intentar calmarla—. Pronto la tendremos frente a frente.

—No puedo quedarme tranquila, ¿y si ella fue con la policía?

—Amor. —Pasa sus manos por las caderas de la mujer restregándola contra su abdomen bajo y suspira en su oído—. Telma está viva, no hay crimen si no hay muerte, y no hay muerte si Telma está viva.

—Sabes lo que me preocupa. —Se suelta de él y camina hasta la encimera para agarrar su teléfono—. Telma, bebé, ¿estás bien? ¿Quieres pasar la noche en nuestra casa?

Su esposo toma su muñeca cortando la llamada inmediatamente, y con imponencia le susurra:

—No más por hoy. Solo seremos tú y yo.

Su esposa respira profundo y antes de dejarse envolver por él, piensa en todas las veces que han intentado tener un hijo y simplemente no

han podido. Y lo piensa, precisamente porque siente que pronto será más paranoica si no encuentra algo más qué hacer.

—Amor —dice en un gemido provocado por las caricias que le proporciona su hombre—. Quiero una familia.

—Somos una familia, amor.

—Hablo de un hijo; dos, tres, cuatro… tantos que solo podramos tener sexo entre duchas.

Su esposo ríe ante la idea y restriega la nariz en el oído de ella.

—Pasará cuando tenga que pasar, cariño...

—No, sabes que no puedo —al decir eso su voz se agudiza por el sentimiento—. Quiero que lo tengas con alguien más para mí.

El hombre se introduce en ella al recostarla de la pared y ella jadea profundamente sintiéndose caliente y llena por su magnitud.

—¿Con Telma?

—No, amor, deseo que sea con una chica buena.

—¿Una chica buena?

—Sí, bebé —gime con fuerza por las lentas embestidas.

—Así será, cariño.

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