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Portada de la novela Novia prometida

Novia prometida

Melissa enfrenta un destino cruel tras perder a sus padres adoptivos: para reclamar su herencia, debe desposar a un extraño. Ante la ausencia del novio en el altar, su abuelo la coacciona a firmar un acuerdo matrimonial de tres años. Sin sospechar la identidad de su cónyuge, ella salva a un hombre acosado por la mafia y se enamora perdidamente. Mientras él la custodia de las sombras, ambos intentan descifrar el atentado familiar para alcanzar su libertad.
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Capítulo 2

Melissa no encontraba tiempo para divertirse, tampoco quería faltar al contrato firmado con su esposo, que, aunque hubiese pasado tres años seguía sin conocerle. Su mejor amiga, Rebeca Ferrara, está cansada de verla siempre agobiada y con la infelicidad retocando sus mejillas.

—¡Dime qué esta noche si me acompañaras a la inauguración de mi bar! Ya pronto se vence el contrato que hiciste con ese hombre, debes aprovechar y recuperar el tiempo que perdiste. —Melissa había decidido honrar a la familia Mancuso hasta el día en que se venciera el contrato y pudieran firmar el divorcio.

—No tienes que insistirme tanto Rebeca, ya le envié un mensajero a Michael para organizar el divorcio. Entonces acepto, estaré de primera en la inauguración de tu bar. —Rebeca Ferrara saltaba de la emoción porque tenía preparado algo especial para ella.

—Me encargaré de que no te arrepientas de la decisión que acabas de tomar. —Ambas sonrieron, y se encaminaron al aula donde tendrían la última clase de psicopatología con un profesor que debía renunciar a su cargo por problemas de salud. Fue emotiva la despedida. Después de eso, Melissa se iría a su respectiva casa para descansar un poco y asistir al evento de inauguración en la noche.

Casi que obligada por Hannah, eligió un vestido corto de color rojo, luego le envío una selfie a su amiga para qué comprobará lo atractiva que se veía; sin embargo, no se sentía cómoda porque exhibía una gran cantidad de piel, así que eligió unos pantalones de color rojo y una camisa de manga larga en satín perlado, además de unos tacones de aguja rojos.

No era necesario llevar un bolso porque dejaría sus cosas personales dentro del auto, quería estar tranquila disfrutando del logro de Rebeca.

Apenas puso un pie en el bar, una copa con champagne se detuvo frente a sus ojos.

—¡Hay que brindar, perra! —dijo Rebeca—. Celebra el triunfo conmigo.

Por ser la primera copa la aceptó. Pero luego se percató qué Rebeca intentaba embriagarla y se abstuvo de recibir más licor.

El ambiente se estaba tornando un poco desagradable, no se sentía cómoda y prefirió salir a la terraza para recibir un poco de aire fresco.

Se quedó observando en cielo, pensando en lo desafortunada que era, hasta parecía que sobre sus hombros pesaba alguna maldición, que sus padres biológicos y los adoptivos hayan muerto de manera trágica, no podía ser una simple coincidencia.

De pronto observó a la distancia que varios hombres corrían con sus armas desenfundadas. De inmediato supo que perseguían a alguien y empezó a buscarlo con su mirada.

Odiaba de forma significativa a todas las organizaciones que tuvieran alguna relación con la mafia, por fin dio con el hombre al que todos esos hombres perseguían, estaba oculto detrás de un muro y si ella no hacía nada para salvarlo tendría los minutos de su vida contados.

Sin pensarlo mucho bajo corriendo y salió del bar sin avisar o despedirse. Encendió el motor de su coche y condujo en dirección al muro donde ese hombre intentaba resguardarse.

—¡Súbete! —le gritó abriendo la puerta del auto.

—¡Lárgate! No te importa… ¡Desaparece de aquí! ¿Acaso quieres morir? —preguntó el hombre con el rostro ensangrentado y al parecer su hombro dislocado.

—Qué te subas, he dicho, ¡pendejo! —reclamó sabiendo que los enemigos andaban cerca—. ¡No me obligues a repetirlo!

Aquel hombre decidió confiar en ella y se subió al coche.

—¡Gracias! —agradeció mientras se alejaban del lugar. Pero de seguro no podrían llegar muy lejos, uno de los hombres copió la placa del auto e hizo una llamada.

—Ahora dime ¿Quién es esa gente? ¿Por qué te persiguen? —interrogó—. Habla y sabré a donde llevarte para que curen esas heridas. El hombre se sintió conmovido porque estaba pensando en su bienestar.

—Son mafiosos del grupo “Sagrado castigo” me siento frustrado, por más que intente mantenerme en el anonimato, filtraron mi ubicación y ahora no hay lugar donde pueda esconderme. Eres una intrépida loca, ahora te van a perseguir también. —Melissa lo miró con incredulidad.

De algo le servía ser la más aplicada en su carrera, había hecho contacto con varios chicos estudiantes de medicina. Pero ahora asistiría a pedirle ayuda a una chica que vivía cerca de donde estaban, sabía que estaría en casa estudiando porque era bastante aplicada.

—¡No hables, procura mantenerte vivo mientras llegó a casa de una amiga que te hará una curación, por ningún motivo me atrevo a llevarte a algún hospital, ya todos deben estar plagados de esa gente! —mencionó con seguridad.

El hombre había dedicado unos segundos para observarla, se percató que se sintió atraído no solo por su valentía sino también por su belleza—. ¡Aquí es! —dijo sacándolo de su ensoñación.

Abrió la puerta para bajarse, pero el hombre la detuvo:

—Dime, ¿qué quieres? ¿Dinero? ¿Poder? Incluso yo mismo, podría ser tu recompensa. —Melissa sintió que su rostro se llenó de vergüenza, aunque no podía observarlo bien porque el cabello y la sangre ocultaba gran parte de la cara, por la forma en que vestía se deducía que era un hombre elegante.

Sin embargo, por un momento se detuvo en el azul de los ojos de ese hombre y quiso aceptar la recompensa, no le interesaba dinero, ni poder, quería un amor bonito para su vida.

Melissa dibujó una media sonrisa y se quedó pensando en la respuesta que le daría, pero en ese instante entro una llamada de Rebeca.

—Dime, ¿Dónde estás? Trae de inmediato tu sucio trasero ante mí —le dijo que de inmediato regresaría y colgó.

—Disculpa, pero no puedo aceptar ninguna de sus propuestas. Te quise salvar, porque estoy en contra de esos grupos que usan su poder para violentar a los demás, sin importarles si son inocentes o no. Entonces mi respuesta es: no. Ya obtuve mi recompensa al salvarte —dijo abriendo la puerta del auto para que bajara. Se apresuró a llamar a la puerta de la casa de su amiga y le pidió que lo curara. Luego le explicó que no podía quedarse porque Rebeca la estaba solicitando con urgencia.

—Espera chica valiente. Por lo menos dime tu nombre. —Melissa sabía que de alguna forma en algo turbio debía estar involucrado, así que prefirió mentir.

—Soy Marta… un placer. —No esperó a que pronunciará otra palabra y corrió a su auto.

***

—¿Dónde estabas señorita? Llevó un rato buscándote. Quiero presentarte a alguien, que se interesó en ti. ¡Vamos! —La agarró de la mano y la arrastró en medio de la multitud. Estuvo buscando por un largo rato al hombre que deseaba presentarle, pero no lo pudo hallar.

—Dame un momento, también tendré que llamarlo, no puede ser que te traje con todas las intenciones de presentarte a este hombre y ahora tenga que buscarlos a uno por uno para juntarlos —reclamó furiosa Rebeca.

Melissa sonrió y mientras esperaban que apareciera el fulano principal azul que Rebeca le había elegido se sentó frente a la barra y pidió un trago.

Cerca de una hora esperando y cuatro tragos después, Melissa empezaba a sentirse mareada. —¡Ha llegado Melissa! ¡Ha llegado!

—No, Rebeca, ya no quiero conocer a nadie más. Recuerda que soy una mujer casada —dijo enseñándole la mano con un anillo. La boca le apestaba a alcohol, así que Rebeca tomo unas mentas y se las hizo tragar.

—Pronto serás una mujer divorciada. Además, tu marido, se puede decir que te abandonó, dime cuándo fue la primera vez que lo viste, el día de tu boda que te hizo instalar en su casa. ¿Hablaste con él? ¿Tuvieron sexo? ¡Nada de eso pasó! Entonces quédate tranquila. Pronto saldrás de ese atolladero, lo único bueno fue que salvaste la empresa. —Rebeca tenía razón en cada una de sus palabras. Pero solo por no llevarle la contraria intentaría conocerlo y después se negaría a mantener algún tipo de relación con él.

—Me convenciste, veamos a ese chico. —De nuevo pasaron por toda la pista y llegaron hasta un perfumado y recién bañado hombre.

—¡Hola! —susurró Rebeca detrás de aquel hombre de anchas y fornidas espaldas.

—¡Buenas noches lindas...! —Se quedó helado porque de todas las mujeres en el mundo a la que menos esperaba ver era a Melissa—, señoritas —continuó hablando porque se percató de que Melissa no lo había reconocido.

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