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Portada de la novela Novia Fugitiva

Novia Fugitiva

Karen decide revelar el secreto que transformará su vínculo con Sebastián Nash: está embarazada de él. Pese a que el magnate la reconoció desde que se cruzaron en la mansión familiar, prefirió ocultarlo hasta este tenso reencuentro. Decidida a salvaguardar su bienestar y el de su futuro hijo, ella no retrocede ante la sorpresa de Sebastián. Con una voluntad inquebrantable, Karen le plantea un desafío definitivo: contraer matrimonio sin demora.
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Capítulo 1

Tenía el test de embarazo entre sus manos temblorosas, dejándolo caer al suelo con un sonido estruendoso en el silencio del baño. Estaba aterrada al ver cómo se marcaban las dos barritas en el dispositivo y confirmaba con la caja cuál era el resultado. No podía ser el resultado correcto. Era simplemente imposible. No podía ser cierto. Estaba embarazada.

—¿Ya vas a salir? Llevas como mil años en el baño— gritó molesta su compañera de apartamento y hermana mayor, mientras golpeaba la puerta.

Se levantó y abrió la puerta antes de que pudiera volver a tocar. Tenía una expresión pálida y enferma que hizo que su hermana mayor se preocupara; daba la impresión de que estaba a punto de vomitar en cualquier momento.

—¿Qué pasó? ¿Por qué estás tan pálida? —Alexandra la sujetó de los brazos con fuerza tratando de sostenerla en caso de que tratara de desmayarse, con una expresión muy preocupada en su rostro, luego miró por encima de su hombro y vio el test de embarazo tirado en el suelo, cientos de ideas le pasaron por la cabeza, entonces se animó a preguntarle— ¿Estás embarazada?

Asintió tímidamente, sin siquiera creerlo para sí misma.

—Creo que fue esa noche—confesó.

Hacía seis meses, habían asistido a la despedida de soltera de su hermana mayor. Estaba devastada porque su novio de más de ocho años la había dejado por una fulana que conoció en su trabajo. Era una chica más joven y se casó con ella apenas unos meses después. La borrachera que tuvo el día de la fiesta la llevó a terminar en un hotel con un extraño y una habitación de hotel completamente destrozada, algo que jamás haría en su sano juicio.

—Pero dijiste que usaron protección—anunció Alexandra.

—Creía que sí, pensaba que así era—pasó una mano por su cabello, se apoyó en el marco de la puerta sintiéndose frustrada— Pero sabes que no recuerdo nada de esa noche; al otro día estaba sola en la habitación de hotel con una nota que decía...

—Iré por el desayuno—terminó su hermana mayor la frase.

Se sentó en el suelo, sintiéndose como una completa idiota.

—¿Ahora qué debo hacer, hermana? —preguntó entre lágrimas que caían por sus ojos.

—Primero, confirmar que estás embarazada. Tenemos que ir al médico.

Una pequeña lágrima bajó por su mejilla.

—¿Y después? Nunca pensé que sería mamá.

—Tranquilízate. Primero tenemos que confirmar que estás embarazada y después, si lo estás, ¡Vamos a encontrar al papá del bebé! Eso es seguro —afirmó completamente segura Alexandra.

—Tengo una cita para mañana.

—Bien, eso es el primer paso.

—Me preocuparé por el segundo paso ahora.

—Bueno, genio, ¿Cómo crees que lo haremos? En seis meses no pudimos hacerlo— contestó con rabia Karen.

—Error, no hicimos muchas preguntas porque estabas avergonzada, pero… ahora necesitamos la ayuda de todas, llamaré a las chicas. No creo que puedan recordar mucho, pero quizás alguna tiene una foto o video de esa noche —concluyó Alexandra.

—¿Y si no aparece ahí?

—Karen Kellington, somos parte de la familia Kellington, lo único imposible que tenemos es gastarnos la fortuna de nuestro padre.

Alexandra Kellington pensó en que, si no podían encontrarlo con facilidad, tendría que recurrir a sus padres por ayuda. No podía dejar que el primer sobrino que tenía pasara por la incógnita toda su vida, sobre quién es su padre. Todo niño necesita conocer de dónde viene.

Sebastián Nash se encontraba en su oficina, en el rascacielos más alto y exclusivo de la ciudad. Como el abogado más renombrado en la ciudad de Nueva York, estaba acostumbrado a largas jornadas de trabajo, pero esa noche, el peso de sus pensamientos lo mantenía atrapado en un estado de inquietud. Era como si simplemente no pudiera concentrarse lo suficiente. Por su mente se deslizaban las imágenes de unas largas piernas jugando en unas sábanas blancas, acompañadas de una sonrisa picarona.

—¿Cuándo vas a largarte de aquí? —la voz de su mejor amigo, Jeremy, irrumpió desde la puerta.

—No seas idiota —respondió Sebastián, sin apartar la mirada de los papeles sobre su escritorio.

—¿Aún estás pensando en aquella chica? —preguntó Jeremy, con una pizca de burla en su tono. Conocía a Sebastián por muchos años para saber que era de las pocas veces que estaba interesado en una mujer por más de un mes.

Y tenía razón. No podía sacarse de la cabeza a esa joven de piel porcelana, menuda y con ojos azules tan vibrantes como el cielo en un día despejado. Ella parecía carecer de inhibiciones, lista para desafiar cualquier estándar, con su espontaneidad. Su personalidad había desmantelado cualquier ideal de mujer que Sebastián pudiera haber tenido. Parecía una mujer libre.

—El investigador no ha podido encontrarla—dijo, finalmente, en un tono sombrío.

—¿Y si simplemente no quiere ser encontrada? — sugirió Jeremy, con una sonrisa burlona.

La ceja de Sebastián se alzó en respuesta a la provocación de su amigo. Aunque la idea de que ella no quisiera ser encontrada le resultaba frustrante, una parte de él sabía que podría ser cierta. Después de todo, ¿por qué otra razón habría desaparecido sin dejar rastro? Cuando volvió aquella mañana con las bolsas de las compras del desayuno, se encontró con la habitación completamente vacía; ni siquiera había podido dejarle una sencilla nota, explicando por qué se iba.

Sebastián dejó escapar un suspiro y cerró los archivos frente a él. No podía seguir permitiendo que su mente divagara por ese camino. Tenía casos que atender, clientes que necesitaban su ayuda, y no podía permitir que su obsesión personal afectara su trabajo, pero las imágenes de aquella noche se colaban en su mente, haciendo que casi pudiera fantasear despierto.

—Tal vez deberías dejar de buscarla —sugirió Jeremy, esta vez con un tono más serio— Tal vez sea hora de seguir adelante, amigo.

Sebastián asintió, aunque en su interior sabía que no podría dejar de pensar en ella tan fácilmente. Había algo en ella que lo había cautivado de una manera que no podía explicar, algo que lo mantenía anhelando más.

—Quizás tengas razón— aceptó amargamente.

—Bueno, ¿Y cómo vas con el caso de Caroline Kellington? —preguntó Jeremy.

—Apenas lo tomé; tendré que ir a visitarla mañana a su casa.

—No vayas a arruinarlo. Es un trato de nueve cifras y la comisión te dará para pagar otro apartamento en Park Avenue.

—Cállate, idiota. Ahora lárgate de mi oficina.

Viendo la foto de la mujer en sus archivos, pensó que se parecía mucho a la chica con que pasó la noche, aunque no tenía sentido porque se había casado hace unos pocos meses con un magnate de los negocios coreano. Por eso ahora querían unir la compañía familiar con el negocio de él, y ese era el trato en el que estaba trabajando para presentarle mañana.

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