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Portada de la novela Una esposa para mi hermano

Una esposa para mi hermano

Daniel es un CEO viudo de 40 años que vive para sus hijos y su empresa, tras haber cerrado su corazón al amor. Su vida cambia cuando Harry, su hermano, convence a Deanna, una joven soprano de 25 años, para fingir un compromiso y evadir una norma familiar. Aunque el trato es una farsa temporal, la química entre ambos surge de forma inevitable. Pese a la diferencia de edad y los secretos que los rodean, este engaño inicial se transforma en una pasión real que los obligará a luchar contra sus miedos y enemigos.
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Capítulo 3

Edan volvió a su asiento, ni él mismo se pudo explicar lo que acababa de ocurrir, se extrañó de su propia acción. Él jamás se habría acercado a una extraña para ofrecerle algo, aunque fuese un insignificante café.

Un minuto después, llegó Angélica, la madre de Edan, volvía de la habitación de Erick, el padre de Edan. El médico le había permitido verlo, puesto que él ya había despertado y pedía hablar con sus familiares.

Angélica se abalanzó sollozante sobre su hijo, haciendo una simple petición.

— Edan, tu padre quiere verte. — Edan dio un paso hacia la habitación, pero Angélica lo detuvo. — Por favor, no vayas a decirle nada que pueda alterarlo, el doctor me dijo que está en un estado muy delicado y le queda poco tiempo.

Edan sintió un estremecimiento en su cuerpo, las palabras de su madre, le dolieron como si le hubieran dado un fuerte golpe en el estómago. Así que, Edan se apresuró, hacia la habitación de su padre.

— ¡Papá!. — Lo llamó, apenas entró y lo vio despierto.

— Hijo, ¿Cómo estás?.

— ¿Cómo me preguntas eso? Preocupado, mejor dime, ¿Cómo te sientes tú?. — Caminó hacia la camilla.

— Tranquilo, hijo. No debes preocuparte por mí, te lo he dicho muchas veces, todo lo que tiene un principio, tiene un final. — Murmuró, Erick, sereno. Mientras que Edan tragaba grueso intentando disminuir el nudo en su garganta.

Aunque Edan era un hombre frío y arrogante, tenía una debilidad: su padre.

Erick, el padre de Edan, tenía una personalidad muy diferente a la de su hijo, él era un hombre amable e indulgente, no obstante, eso no fue un obstáculo para que ambos, tuvieran una relación bastante diplomática.

A pesar del arduo trabajo que significó levantar una importante empresa de inversiones, Erick siempre estuvo presente en la crianza de sus hijos y le había enseñado a Edan todo lo que sabía sobre los negocios, convirtiéndolo en un genio en el tema.

— No hablemos de eso, papá, debemos ser positivos… En cuánto pueda, te voy a sacar de este… Lugar. — Quiso llamarlo chiquero, pero se contuvo porque sabía que eso molestaría a su padre. — Y te llevaré a la mejor clínica…

— Eso no importa, hijo.

— ¿Eh? ¿Cómo que no?.

— Escúchame, hay algo de lo que te quiero hablar… — Edan lo detalló, serio, su padre hablaba lento, en un hilo de voz, parecía dolerle, parecía sufrir.

— ¿Por qué no descansas, papá? Mejor, hablamos después.

— No, es importante. — Insistió Erick, intentando tomar la mano de su hijo. Edan puso toda su atención. — Hijo, mi deseo, antes de irme… Es que sientes cabeza, eres muy bueno en tu trabajo, pero debes entender la importancia de tener una familia…

— Los tengo a ustedes y son importantes para mí…

— De tu propia familia… — Agregó Erick, interrumpiendo a Edan. — Quisiera… Quisiera haber podido verte casado, así como tus hermanos, pero… Al parecer, no podrá ser posible… Y es lo único que lamento… No poder haber visto, a mi hijo mayor, casado… — Erick hacía pausas para respirar, parecía que se cansaba al hablar, Edan sintió un dolor en la garganta, mientras intentaba contener las lágrimas. — Pero prométeme… Prométeme… Que te buscarás una buena chica, la harás tu novia y te casarás.

— Te… — Tragó grueso. — Te lo prometo, papá.

— Gracias, hijo. Lamento mucho no pueda estar presente ese día… El día de tu boda… Ese será, mi único remordimiento, pero tu promesa, me hace sentir mejor… — Erick exhaló su aliento, cansado, cerrando los ojos lentamente.

— No, papá. — Edan pensó lo peor. — Si es tu deseo, yo lo cumpliré… — Las lágrimas se acumulaban en sus ojos. — Lo cumpliré ya mismo.

— ¿Qué dices, hijo?. — Erick volvió a abrir los ojos, volteando tenuemente hacia Edan.

— Sí, papá… Sabes que ya tengo novia, ¿No?. — Intentó animarlo Edan. — La traeré y nos casaremos aquí mismo.

— No hablas de Vivian, ¿Verdad?. — Erick frunció el entrecejo.

Edan había olvidado ese detalle, en su momento de angustia, no pensó en eso, su padre, no pasaba a su novia. No había momento en que Erick aconsejará a Edan sobre su relación con Vivian, él creía que esa mujer sacaba lo peor de su hijo.

Edan trago grueso, tratando de encontrar una respuesta, puesto que, no podía alterar a su padre.

— No, papá, claro que no. ¿No te lo había dicho? Hace algún tiempo empecé a salir con otra chica.

— ¡Ah! Que bien… Me hubiera encantado conocerla. — Murmuró con una suave sonrisa.

— Claro, la traeré ya mismo y te prometo, que cumpliré tu deseo.

Erick se quedó dormido con una expresión llena de satisfacción, eso alivió a Edan, pero ahora, ¿Qué podía hacer? ¿Por qué dijo todo eso?.

La respuesta era muy fácil, Edan no soportaba ver el remordimiento y la tristeza en la expresión de su padre, mucho menos cuando está moribundo y era peor, si ese sufrimiento, era ocasionado por su causa.

Debía buscar la manera de cumplir la promesa a su padre, ya mismo.

*

Alma vio al atractivo hombre que le había regalado el café, sentarse en un banco algo alejado y una mujer madura que podría ser su madre, se acercó a él, luego vio como el sujeto corrió hacia una habitación.

Ella se sintió mal, se sintió culpable por haber botado aquel café, al parecer, ese hombre, no era más que otro familiar esperando noticias de algún paciente e intentaba ser amable con ella. La culpa le hizo mella en el estómago, o era, ¿Hambre?.

Ya habían pasado unas horas, era de noche y Alma tenía mucha hambre, no quería levantarse de dónde estaba por si le daban alguna noticia de su mamá, pero el estómago rugía y ella, no había comido nada en todo el día.

Alma siempre aprovechaba de comer en el restaurante donde trabajaba y tampoco es que cargaba mucho dinero encima, sin embargo, tendría que sacrificar algunos centavos, aunque sea por un aperitivo, porque ya llevaba muchas horas esperando y el hambre arreciaba.

Ahora sí que se arrepentía de haber botado aquel café. Alma suspiró cansada, decidió que era hora de ir a buscar algún bocadillo, así que, bajó hacia el cafetín del hospital.

Al llegar, se sorprendió al ver a aquel hombre atractivo que le regaló el café unas horas antes. Él estaba sentado solo, en una de las mesas, con la mirada perdida. Se veía bastante afectado y ella, sintió cierta pena por él.

Alma se revisó los bolsillos, revisó en la mochila que cargaba, no traía mucho dinero y tampoco podía gastar de más, puesto que, no sabía si necesitaría para su madre o algo que le pidieran en el hospital.

Así que, finalmente, decidió consumir algo económico, por lo que caminó directo hacia la máquina expendedora de café, así, también podría devolver el favor.

Con el poco dinero que tenía, compró dos cafés y caminó directamente hacia la mesa en la que estaba ese guapo hombre.

— Hola. — Alma llamó la atención de Edan con cautela. Él levantó la mirada, pero no le respondió. — ¿Puedo sentarme?. — Insistió ella, él se encogió de hombros.

Alma se sentó frente a él y le acercó el café, sobre la mesa.

— Gracias por el café. — Murmuró algo apenada, sonrojándose, ahora que detallaba al sujeto, estaba muy impresionada con lo atractivo que él era. — Te vi cuando entré en la cafetería y pensé que, quizás, necesitabas uno.

La jovencita, no paraba de hablar y aunque Edan no estaba muy interesado en lo que decía, decidió recibir el café para ver si con eso ella se callaba y se iba, porque él necesitaba pensar, tenía muy poco tiempo y debía encontrar una solución rápida a su problema.

— Gracias. — Murmuró Edan recibiendo el café.

— Mucho gusto. — Alma estiró la mano hacia él. — Me llamó Alma.

— Edan. — Respondió él, algo renuente, porque ella no se terminaba de ir.

Alma siguió hablando, sobre el hospital y otras tonterías que a Edan no le interesaban.

Él estaba concentrado en otra cosa.

Debía cumplirle su último deseo a su padre antes de que falleciera, debía casarse frente a él, para verlo feliz y satisfecho por una última vez, pero no podía casarse con su novia, entonces ¿Con quién?.

No podía decirle a alguna de sus amigas porque sus padres las conocían. ¿Y una amiga de Vivian? Imposible, conociéndola, ella lo mataría antes de que él pudiera pedírselo.

La única solución, tendría que ser, una extraña, ¿Quizás una de esas mujeres que cobran por sus servicios? Edan podría pagarle muy bien por este tipo de trabajo, inclusive no tendría que casarse, si no simularlo y podría hacer un contrato que dure unos días, mientras su padre este vivo.

Esa era una buena idea, sin embargo, al imaginarse todo el panorama, Edan sintió que no funcionaría, conociendo a su madre, descubriría que tipo de mujer era, en un instante.

Edan se pasó la mano por la cabeza, frustrado. ¿Por qué no le llegaba una solución? ¿Cómo es que para el trabajo se le ocurría miles de respuestas para cada problema y para este no?.

Edan escuchó el lejano murmuro de una voz femenina que no paraba de hablar y levantó la vista. La jovencita, que se había presentado hacía unos minutos y le acababa de dar un café, seguía allí, ¿Por qué?.

Entonces, una magnífica idea llegó.

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