Portada de la novela NOCHES ROJAS EN RUSIA

NOCHES ROJAS EN RUSIA

8.4 / 10.0
En NOCHES ROJAS EN RUSIA, Antonella Koslova es capturada por Dmitri Volkov en plena boda. Esta mafia romance books narra una guerra de venganza donde ella es el peón principal. Entre la acción y el peligro, esta mystery story revela que su captor es mucho más que un simple enemigo.
Resumen de NOCHES ROJAS EN RUSIA
Antonella Koslova estaba lista para contraer un matrimonio forzado con el fin de proteger el legado familiar. Sin embargo, un violento secuestro durante la ceremonia cambia su destino, dejándola a merced de Dmitri Volkov, el implacable líder de la mafia rusa. En medio de una guerra de venganza, Antonella se convierte en una pieza clave del conflicto. Pronto, la joven descubre que su peligroso captor es más intrigante que el hombre con quien iba a casarse.
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NOCHES ROJAS EN RUSIA Capítulo 1

ANTONELA

El silencio en el despacho de mi padre, Fabrizio, es siempre más aterrador que cualquier grito. Me siento en el sofá de cuero, mirando fijamente el mármol pulido. Fabrizio está detrás de su escritorio y su rostro es una máscara de seriedad inmutable.

-Te he llamado, Antonela, para anunciarte algo importante que concierne a la familia y a nuestros negocios -dice él, y siento un escalofrío en la espalda. Sé que cuando habla de "negocios", mi vida personal está a punto de ser sacrificada.

-Te vas a casar -suelta sin rodeos.

Parpadeo varias veces.

-¿Casarme? Padre, no hay nadie en mi vida. ¿Con quién?

Fabrizio se inclina ligeramente hacia adelante, y la luz de la lámpara refleja el brillo frío de sus ojos.

-Con Antuan Morosov. La boda será muy pronto, asi que preparate.

El aire se me escapa de los pulmones. Siento que me he golpeado contra una pared invisible. Antuan Morosov. El nombre me evoca una imagen instantánea: piel arrugada, cabello blanco, y fama de ser uno de los hombres más crueles y viejos del ambiente.

-¡Antuan Morosov! -exclamo, levantándome del sofá, incapaz de contener la protesta-. ¡Es un anciano! Tiene la edad de mi abuelo si viviera. No voy a casarme con un... con un hombre que podría ser mi bisabuelo. ¡No puedes pedirme eso!

Fabrizio golpea la mesa con la palma de la mano. No es un golpe fuerte, pero es suficiente para recordarme quién tiene el poder.

-¡Siéntate! -me ordena, y la furia en su voz me obliga a obedecer.

Vuelve a mirarme con esa frialdad que me atraviesa.

-Antuan es la conexión que necesitamos entiendolo de una vez, Es nuestro puente hacia la Corona. Es un acuerdo. Un negocio, Antonela. Tu matrimonio sella nuestra alianza más importante en diez años. No te pido que lo ames. Te pido que cumplas con tu deber. Estás aquí para servir a la familia.

-¿Servir a la familia acostándome con ese viejo? -pregunto, sintiendo las lágrimas de rabia quemarme los ojos-. ¡Soy tu hija!

-Y por ser mi hija, tienes que hacer el sacrificio más grande -concluye Fabrizio, dando por terminada la discusión-. Prepara tu ajuar. La decisión está tomada.

Me giro hacia mi madre. La miro con desesperación, esperando que, por una vez, rompa su silencio y me defienda.

Ania parpadea una vez, luego otra. Veo un destello de dolor en su mirada, como si intentara alejar las lágrimas que nunca se permite derramar. Gira el rostro ligeramente hacia el suelo, baja la cabeza y se queda inmóvil. La decepción es un puñal helado en mi pecho.

-¡Mamá! -la imploro con la mirada.

-¡No involucres a tu madre, Antonela! -truena Fabrizio-. Ella es leal a la familia. ¡Y tú también lo serás!

-¡No! ¡No me casaré! ¡Prefiero morir! -grito, olvidando cualquier precaución, mi rabia me consume.

Fabrizio se levanta de golpe de su silla. Su mano impacta contra mi mejilla con una fuerza brutal. El sonido resueña en el despacho. Caigo hacia un lado, tropezando con la alfombra gruesa, y siento el sabor metálico de la sangre en mi boca.

Me quedo en el suelo, aturdida. Levanto la mirada hacia mi madre, Ania, buscando aún una reacción, una señal de protesta. Ella sigue sentada en el sillón, su rostro es pálido, pero sus manos están apretadas sobre sus rodillas. No se mueve. No me mira. Ella me ha abandonado.

Fabrizio está de pie, jadeando.

-Harás lo que te digo. Estás castigada en tu habitación hasta la boda. No hay más discusión.

Me levanto del suelo del despacho, tambaleándome. Siento un ardor punzante en la mejilla, pero el dolor más grande es el de la decepción que me causó mi madre, Ania, que siguió inmóvil. Salgo del despacho con la dignidad que me queda y corro a mi habitación.

Una vez dentro, me derrumbo en la alfombra, dejo que las lágrimas y la rabia fluyan sin control. Mi mejilla está hinchada y el sabor de la traición es más fuerte que el de la sangre.

Me pregunto con amargura: ¿Qué esperaba?

Soy Antonela, la hija de Fabrizio, el jefe de la mafia Roja en Rusia. Es la regla no escrita, la ley fundamental de nuestra existencia: los padres venden a sus hijas por la mejor transacción. Es la forma más antigua de conseguir estatus, de fortalecer el apellido sin disparar una sola bala.

El problema es que Antuan Morosov no es solo un hombre rico. Es viejo, sí, pero tiene lo que mi padre desea desesperadamente: conexiones políticas. El hombre se mueve en las grandes esferas del gobierno y la política, algo que a la mafia Roja de Fabrizio se le ha negado históricamente.

Ese círculo es el que controla la otra gran facción de poder: la Mafia Negra. Ellos son nuestros enemigos mortales, los más peligrosos, y nos disputamos el control total de los territorios de droga, armas y prostitución en toda Rusia. Si mi padre entra en la política a través de Antuan, tendremos la ventaja.

Entiendo la jugada. Mi matrimonio es la llave para darle a mi padre el control total, el poder de aplastar finalmente a la Mafia Negra con una influencia decisiva. Soy solo un peón de seda en su guerra por el dominio. Lo entiendo, pero eso no hace que duela menos.

Me seco las lágrimas con brusquedad. La sumisión no está en mi sangre, por mucho que mi madre la haya abrazado. Haré este sacrificio, pero no será fácil. Lo juro.

Cierro la puerta con pestillo y me apoyo contra ella, resbalando lentamente hasta sentarme en el suelo de mármol frío. Siento náuseas. La idea de casarme con Antuan Morosov me asfixia. Él tiene más de sesenta años, me triplica la edad, y me mira con ojos lascivos desde que era una adolescente.

-Morir -susurro, sintiendo un escalofrío helado, pero bienvenido-. Prefiero morir antes de ser la esposa de ese viejo asqueroso. Prefiero la nada antes de ser tocada por él.

Apenas he cumplido la mayoría de edad. Tengo veinte años. Veinte. Y mi padre ya quiere venderme al postor más influyente. No me importa la política, ni la Mafia Negra, ni el estatus. Mi principal negación es que no lo quiero. No hay amor, ni respeto, ni deseo. Solo hay repulsión. Es su victoria personal, ha conseguido a la chica que siempre deseó sin mover un dedo.

Me levanto del suelo con la intención de buscar algo, cualquier cosa que pueda darme la paz eterna, la única forma real de escapar a esta prisión de seda.

Justo en ese momento, la perilla de la puerta se gira. Ania, mi madre, entra en la habitación. Su rostro es una máscara de preocupación, pero su voz es baja y controlada, como si temiera ser escuchada por los muros.

-Antonela -dice ella, acercándose despacio-. Por favor, tienes que tranquilizarte.

La miro. Siento que mi rostro se deforma por la rabia y el llanto.

-¿Tranquilizarme? -mi voz es aguda y llena de furia contenida-. ¿Cómo, mamá? ¿Cómo fuiste capaz de quedarte ahí y ver cómo me golpeaba? ¡Cómo no fuiste capaz de decir una sola palabra para defenderme?

Ania se detiene, sus ojos azules me miran con una tristeza vieja, pero su postura es rígida.

-No hay nada que decir, Antonela. Es la voluntad de tu padre.

-¡Pero si a ti te hicieron lo mismo! -grito, señalándola-. ¡A ti te entregaron a él como una posesión, como un trato! ¿Y ahora permitiste que me condene con ese anciano asqueroso que me triplica la edad?

Ania cierra los ojos por un instante y suspira.

-Eso es lo que somos. Lo que hemos nacido para ser. Monedas de cambio -su voz es dura, sin afecto, como si recitara un mantra-. Es nuestro deber, Antonela. Debes aceptarlo.

-¡Jamás! -Me levanto del suelo, enfrentándola. La diferencia de alturas no importa; la furia me hace más grande que ella-. ¡Yo no voy a aceptar la vida que tienes tú! ¡Si tú te conformaste, si nunca luchaste por escapar de esta jaula de oro y peligro, yo no voy a hacer lo mismo!

-¡Cuidado con lo que dices! -replica Ania, elevando un poco la voz por primera vez. Hay advertencia en su tono-. Yo te di una vida segura. ¡Estamos protegidas!

-¡Te anulaste! ¡No eres nadie más que la sombra de Fabrizio! Y yo no voy a ser tú. ¡No me voy a convertir en la esposa obediente que deja que la vendan al mejor postor solo por estatus político.

Ania me mira con una mezcla de lástima y desaprobación.

-No tienes opción. Es el camino de la familia. Y si desafías a tu padre, te irá peor. Mírame. Tranquilízate y piensa en lo que significa para el futuro.

-¡No quiero tu futuro! -grito-. ¡Prefiero estar muerta!

La discusión se congela con esa palabra. Ania palidece por completo, entendiendo la gravedad de mi desesperación.

-¡No digas eso! -exclama mi madre, su voz es apenas un susurro de horror. Por fin, veo una emoción cruda, no reprimida, en sus ojos: miedo por mí-. Antonela, por favor, no digas eso. No hagas una locura.

-¿Y qué otra cosa puedo hacer? -le pregunto, con las lágrimas cayendo de nuevo-. ¿Me quedo aquí y espero que ese hombre me use y me consuma hasta convertirme en la próxima Ania? En la esposa trofeo que acepta todo para estar en la jaula más bonita.

Mi madre baja la mirada, sin poder sostener la mía.

-No sabes nada de mi vida -dice ella, su tono es defensivo-. No sabes lo que sacrifiqué para darte un nombre, un apellido, una posición.

-¡No quiero tu posición! ¡Quiero mi libertad! -grito.

El silencio vuelve a caer, pesado y cargado de veinte años de resentimiento familiar. Mi madre parece finalmente darse cuenta de que esta vez no me doblegaré.

-Escúchame bien -dice Ania, dando un paso hacia mí. Su voz es baja y conspirativa, por primera vez parece mi aliada, aunque sea a regañadientes-. No te pido que lo aceptes, pero tienes que sobrevivir a esto. Tienes que casarte si quieres vivir. Si desafías a tu padre una vez más, te encierra en un convento o te destierra al Este, y allí no tendrás ni la mínima protección.

-¿Entonces me resigno a ser de él?

-Resígnate a ser lista. Resígnate a ser paciente -me corrige ella, sus ojos me miran con una intensidad que nunca le había visto-. Sé la esposa que él quiere que seas, pero encuentra tu poder en ese matrimonio. Morosov es viejo. No vivirá para siempre. Y cuando él muera, tú serás la viuda, la que tiene sus conexiones políticas. Tú serás la dueña del puente que tu padre quiere usar.

Me quedo en silencio, analizando sus palabras. Mi madre, la sumisa, me está dando una lección de estrategia y supervivencia.

-Ese es el único camino a la verdadera libertad, Antonela -susurra Ania-. El camino es largo, pero la paciencia te convertirá en una reina. Tienes que ser más lista que tu padre.

Me quedo mirándola, sintiendo cómo la idea germina en mi cabeza: no es una rendición. Es una inversión a largo plazo.

La idea de convertirme en la viuda negra con poder político germina, pero me da un asco indescriptible. Tener que entregarme a ese viejo... me lleva directamente a la náusea. Intento ir al baño, sintiendo la bilis subir por mi garganta.

Justo en ese momento, mi celular suena.

Una sonrisa involuntaria se dibuja en mi rostro, alejando por un momento la rabia y el asco. Su mensaje es siempre un soplo de aire fresco en mi jaula.

«Hola, princesa roja»

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Tabla de contenidos de NOCHES ROJAS EN RUSIA

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