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Portada de la novela No voy a perderte

No voy a perderte

Tras nueve años de un matrimonio impuesto, María Joaquina busca escapar de un ciclo de desprecio y resentimiento. César Luis, consumido por el orgullo y los celos, ha transformado su hogar en un campo de batalla de frialdad. Sin embargo, ante la inminente partida de su esposa, él intentará enmendar sus errores y rescatar el vínculo familiar. Entre oscuras intrigas y malentendidos, ambos enfrentarán el reto de sanar heridas para ver si su amor aún puede renacer.
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Capítulo 3

—Debo hablar con alguien.

Comenté, no miré atrás, llegué hasta donde había visto al padre quien se tomaba un café caminando esa área del balcón.

—Bello día.

Habló, apenas me acerqué, se formó un nudo en la garganta, él intuyó que algo no iba bien.

» ¿Le pasa algo?

Le sonreí, mi suegra tiene una ley de vida y era Dios te pone las personas necesarias en el momento que tú más lo necesitas, vaya que, si necesitaba a una persona que desconocían situación y un sacerdote parecía la persona indicada. Y para gran coincidencia, fue el mismo que me casó.

—Usted fue el sacerdote que me casó hace nueve años.

—Recuerdo todas mis bodas.

Miró al interior, hice lo mismo. Vi cómo Blanca discutía con ellos, me sentí más miserable, ¿todos lo sabían?, acabo de hacer el papel de idiota.

» Tu rostro no lo recuerdo, pero el rostro de ese señor, el cual discute en esa mesa sí.

—Él es mi esposo. —dije.

—Interesante, tu imagen ha cambiado y por la tristeza en tus ojos pareces necesitar hablar. —Su mirada era intensa, sabia y tranquilizadora.

—¿Cómo se anula un matrimonio?

Meditó por un largo tiempo, me miraba a mí, luego miraba a la mesa donde César esperaba, ya se había calmado la situación, Blanca se había retirado.

—¿Cuál es el motivo?

Lo miré, me puse roja, reconocer la desdicha de estos nueve años hace que me avergüence.

—¿Si en casi nueve años solo hemos realizado el amor contadas veces no sería un motivo?

Volví a ver esa mirada de lástima, por eso no le contaba nada a mi familia.

—¿Ese es tu caso? —bajé la mirada.

—Mi lista es larga. —respondí.

—Trata de resumirlo, para ver si te comprendo. —suspiré.

—Falta de intimidad, maltrato verbal, indiferencia, mucha infidelidad, lo último es el verdadero motivo del porqué no tengo intimidad.

—María Joaquina, debemos irnos. —llegó César.

—Estoy en la misma iglesia, hablemos antes de cualquier decisión, ¿te parece? —afirmé. Me retiré, con la frente en alto, fui a despedirme de «mis amigos», en el mismo día no solo descubro la traición de mi esposo, también la de ellos. Los escuché hablando. Como dice doña Susana, mujer digna, siempre opaca, aplicaré tu filosofía madre.

—Nos vemos el otro fin de semana, aunque debemos reunirnos entes para comprar la ropa para el viaje.

Intervino Sandra, su mirada era igual a la del sacerdote hace un momento, de todos los presentes ella era la única que estaba inocente de lo que pasaba.

» Maju, ¿paso por ti el martes?

Mis amigos me llaman así, el único que siempre me ha llamado por mi nombre completo era César.

—¿Qué opinas, Fernanda?

Estaba avergonzada, no pudo sostenerme la mirada, somos amigas desde la universidad, sé que no le cae bien Rocío, pero tampoco fue honesta conmigo. Quería hablar con las dos, con Sandra lo haré el martes, por ahora me acerqué al oído de Fernanda.

» A menos que quieras llevar a Rocío. —Le susurré, solo ella me escuchó, bajó la mirada—. Sandra, llámame el lunes y cuadramos la hora. ¿El viaje cuándo es?

—Salimos el domingo.

Dijo Alejandro, también avergonzado, quien no pudo sostener la mirada, la única persona que lo hacía a los ojos era Sandra, los miré a cada uno, sonreí, aunque mis ojos me traicionaron. Tenía tanto dolor y por primera vez, miré con rabia a César.

Hoy tenía ganas de enviar todo a la mierda, ellos sabían los cuernos que me había puesto el hombre quien juró serme fiel. Hoy comprendí que siempre fue ella, nueve años con ella, ¿por eso no me toca?, solo cuando tenía un arrebato… como quisiera que el corazón no se comprimiera. «Ya deberías de tener cayos».

—Sandra, nos vemos amiga, te parece bien encontrarnos en el centro comercial de siempre y comprar lo que nos haga falta.

Una vez más la diplomacia de la hipocresía fue partícipe de la despedida.

» Nos vemos, «amigos».

Todos bajaron la mirada, Sandra miró con indignación a su esposo, ella se dio cuenta de todo, se veía dolida con su marido. Llegábamos al auto, en mi cabeza volví a cachetear a mi esposo, lo llené de insultos.

Entramos al auto en total silencio, busqué en la pantalla táctil del radio de la camioneta la carpeta y seleccioné mi archivo donde tenía las canciones que me gusta escuchar, era amante a la música de plancha, amo las baladas románticas.

Los tres carros tenían las mismas carpetas de música que nos gusta a los dos, a César le gusta otro género, pero no creo se meta o me salga con algunos de sus típicos comentarios como: «esa música que escuchas es tan aburrida como tú».

Antes de llegar a la casa de mi hermana, salió una canción y le subí el volumen, ojalá entienda el mensaje, sobre todo la parte donde dice que es un perdedor. Llegamos, le realicé una llamada perdida a mi hermana para decirle que estábamos afuera.

Nuestros hijos salieron corriendo y al verlos sonreír, escondí el dolor de mi alma y bajé del auto, con mi rostro iluminado, al menos ellos me quedaron, son mi verdadera razón de ser.

—Mis caballeros, ¿cómo amanecieron?

Los abracé fuerte, ellos eran reales, por ellos he aguantado. Los besé, Julián de ocho años y Samuel con tres.

—Bien mami. —respondió Julián.

—¡Papi!

Gritaron los dos, César había bajado, si algo debía decir y ser honesta, para él, ellos eran su vida, los fines de semana eran sagrados para pasar con sus hijos, se desvivía por ese par de caballeros.

Yo los llevé nueve meses, experimenté los malestares, los parí y son dos gotas de agua idénticas a su padre. Ese amor entre ellos era lo que me ponía a pensar en que un divorcio sería acabar con la felicidad de mis hijos porque se adoran.

—¿Se portaron bien con la tía? —Mi hermana salió con los morrales de mis hijos. Le sonreí.

—Hola, par de tortolos. —Se acercó, tocó mis orejas y gritó—. ¡Son divinas!

Él y yo nos miramos, al hacerlo no pude evitar que los ojos se me humedecieran.

—Cuñada, por dos semanas te vamos a molestar. —cállate idiota.

—¿Y eso?

—El segundo regalo de aniversario es un viaje por dos semanas en Grecia.

Esas palabras eran una vil mentira, mi corazón explotó por dentro, no pude evitar reírme con las expresiones de mi loca hermana. Dicen que era parecida a mí, pero solo será en el físico, ella era una mujer pujante y frentera, mientras yo… en fin.

—Cuñado, el amor de ustedes es un ejemplo a seguir. Eso se lo digo a José todo el tiempo.

Ya no pude más, las lágrimas salieron sin dejar de sonreír, ojalá ella crea que son de felicidad, aunque estaba recogiendo pedazo por pedazo mi corazón con la poca dignidad que me quedaba.

» Hermanita, no tienes por qué llorar, soy la loca de la familia, pero cuidaré a mis sobrinos, además, mamá llegará para esos días y José sabes, es el acuerdo de los dos. —volví a mirarlo y él miró a Patri, idiota, no sostienes mi mirada—. No está de más la advertencia. —miró a mi esposo.

» Te lo dije el día que se casaron, cuídala, tú eres y serás su vida, no la dañes, pero sé que ese no es el caso de ustedes, tú la adoras. —Patri ¡cállate!, esas palabras le echan más sal a mi herida—. Yo siempre supe del noviazgo a escondidas, los pillé en esa cabaña, cuando pasamos las vacaciones en Canadá.

Me puse roja, vi a César sonreír, se vio tan bello, tan varonil, sus ojos cafés brillaron como hace años no lo veía.

» Amores como el de ustedes ya no quedan, ser los primeros en todo.

Ahora la risa de él fue falsa, arrugué mi frente, yo no fui la primera en su vida, aunque juramos serlo, pero él sí fue el mío, por más enredada que fue esa fiesta.

—Gracias, cuñada por todo, campeones al carro, nos vamos a ver a los abuelos a la finca.

—¡Yupiiii! —gritó Samuel.

—Nos vemos, los quiero. —Se despidió mi hermana. Subimos al auto.

—Debemos llegar a la casa.

—¿A qué? —Lo miré. Con cara de ¿perdón?

—Debo empacar nuestra ropa.

—¿No lo hiciste anoche? —La verdad hoy deseaba matarlo—. María Joaquina, ¿¡en qué pierdes tanto tiempo!? ¿En estúpidos recuerdos?

¡¿A este idiota qué le pasó?!, desde que éramos novios no me refería a él como idiota y hoy ya llevo varias.

—¡Papá!, a mamá no se le puede gritar. —comentó Julián.

—Lo siento, hijo.

—Es a mamá a quien le debes pedir disculpa, es lo que tú nos has enseñado. —cálmate, cálmate, cálmate, los niños se encuentran presente.

—Discúlpame, pero te dije lo de mis padres ayer, asumí que ibas a arreglar las cosas y era solo subirlas a la camioneta. —No respondí, si hablo lloraré, no quiero hacerlo en frente de mis hijos—. ¿No vas a responder nada?

Lo miré con ganas de matarlo, quitó la música del auto y puso su carpeta, su música era crossover, salsa, merengue, vallenatos, rock. Llegamos a la casa.

» No te demores, te esperamos aquí.

Bajé y cerré la puerta de un portazo. Adora su camioneta, «así que toma esta idiota». Tenía ganas de gritarle y mandarlo a la mierda. Las lágrimas salieron una vez ingresé a la casa. Carmen llegó, al verme me entregó la maleta lista. Tomé ese tiempo para llorar mientas ella prestaba su hombro como en otras ocasiones.

—Hoy comprobé todo, nada fue lo que yo pensaba, me has dado tantos consejos para llamar su atención y el problema radicaba en que si me amó lo hizo hasta el día que entró a la universidad, desde entonces su amor le pertenece a Rocío, siempre ha sido ella.

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