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Portada de la novela No Tengo Más Para Perder

No Tengo Más Para Perder

Esmeralda ha soportado cinco años de un matrimonio gélido y humillante junto al magnate Ricardo Vargas, todo por salvar la vida de su padre. Sin embargo, su mundo se desmorona cuando la amante de su esposo provoca un accidente que le arrebata a su hijo y, poco después, pierde a su progenitor. Destrozada y libre de ataduras, debe enfrentar el desprecio de un Ricardo cegado por el odio, quien solo tras perderla descubrirá la verdad tras las mentiras.
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Capítulo 3

Ricardo me obligó a arrodillarme y recoger los pedazos del amuleto de jade de mi padre, uno por uno.

Sofía estaba de pie a mi lado, transmitiendo todo en vivo desde su teléfono, con una sonrisa de suficiencia en su rostro.

"Miren todos", decía a sus seguidores, "la famosa bailarina Esmeralda Ruiz, ahora reducida a esto, limpiando el desorden como una sirvienta".

Cada fragmento de jade que recogía del frío suelo de mármol se sentía como un pedazo de mi alma que se rompía.

Recordaba el día en que mi padre me lo dio, "para que te proteja siempre, mi niña", me había dicho.

Ahora, estaba en pedazos, como mi vida.

Los comentarios en la transmisión en vivo eran crueles, me llamaban "arpía", "interesada", "asesina".

La narrativa de Sofía era perfecta, ella era la víctima, y yo era la villana.

Ricardo observaba desde un sofá, con una copa de tequila en la mano, su rostro impasible.

"¿Ves, Esmeralda?", dijo con voz arrastrada, "este es tu lugar, aquí, a mis pies, pagando por los pecados de tu padre".

Su crueldad era un abismo sin fondo, y yo estaba cayendo en él.

Cuando terminé de recoger hasta el último trozo, me levanté, mis rodillas dolían, pero mi espíritu estaba más herido, le entregué los fragmentos a Ricardo en la palma de mi mano.

Él los tomó y, sin mirarlos, los arrojó a la basura.

"Ya no sirve", dijo con desdén.

Justo en ese momento, Sofía se acercó a mí, su rostro a centímetros del mío, su aliento olía a champaña cara.

"¿Sabes qué es lo más divertido de todo esto, Esme?", susurró para que solo yo la escuchara, "que yo fui quien cortó tu arnés, yo fui quien mató a tu bastardo".

Un escalofrío recorrió mi espalda, la sangre se me heló en las venas.

Quise gritar, quise matarla, pero estaba paralizada por el horror y el odio.

Ricardo, ajeno a la confesión, se levantó.

"Sofía se quedará en la habitación de invitados principal", anunció, "y tú, Esmeralda, te encargarás de que tenga todo lo que necesite".

La habitación de invitados principal era mi habitación, la que había compartido con Ricardo.

Me estaba despojando de todo, de mi dignidad, de mis recuerdos, de mi espacio.

Esa noche, mientras Sofía dormía en mi cama, yo me acurruqué en un pequeño cuarto de servicio en el sótano, el olor a humedad y encierro me asfixiaba.

Pero en la oscuridad, en medio de la desesperación, una chispa de determinación se encendió en mí.

No iba a dejar que ganaran.

Saqué un pequeño teléfono desechable que había comprado en secreto y marqué el número de un abogado, un viejo amigo de mi padre.

"Señor Molina", dije en voz baja, "necesito su ayuda, quiero reabrir el caso de mi padre".

Hubo un silencio al otro lado de la línea, y luego, la voz firme del abogado.

"Haré todo lo que esté en mi poder, Esmeralda".

Al día siguiente, mientras servía el desayuno a Ricardo y Sofía, el mayordomo, Mateo, se me acercó discretamente.

"Señora", susurró, "el señor Molina la espera en la entrada de servicio".

Le di las gracias con una mirada y, con una excusa, salí de la casa.

El abogado me esperaba en un coche discreto, me entregó una carpeta.

"Aquí está todo lo que he podido encontrar hasta ahora", dijo, "hay inconsistencias en el informe policial de la muerte de la madre de Ricardo, y testigos que nunca fueron interrogados".

Sentí una oleada de esperanza, por primera vez en mucho tiempo.

Regresé a la casa justo cuando Ricardo recibía una llamada.

"¿Qué?", gritó, "¿cómo que reabrieron el caso? ¡Paga lo que sea necesario para cerrarlo!".

Me miró con los ojos entrecerrados, la sospecha ardiendo en su mirada.

"Fuiste tú", dijo, acercándose a mí, "¿verdad?".

No respondí.

"Vas a lamentar esto, Esmeralda", siseó, "vas a desear no haber nacido".

Esa tarde, me obligó a ir al estudio de baile donde solía practicar, el lugar que una vez fue mi santuario.

Sofía estaba allí, con un equipo de cámaras.

"Ricardo quiere que me pidas perdón", dijo con una sonrisa maliciosa, "en cámara, por supuesto".

Me negué.

Ricardo me tomó del brazo, su agarre era doloroso.

"Hazlo", ordenó, "o te juro que haré que tu vida sea un infierno aún peor".

Miré a la cámara, a los ojos de Sofía, a la cara de Ricardo, y supe que tenía que jugar su juego, por ahora.

Pero mientras me preparaba para humillarme una vez más, mi teléfono vibró.

Era un mensaje del abogado Molina.

"Tengo algo, Esmeralda, algo grande, encuéntrame en la dirección adjunta, ahora".

Era mi oportunidad.

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