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Portada de la novela No te metas con la heredera misteriosa

No te metas con la heredera misteriosa

Yelena descubre que no pertenece a la familia que la crió cuando intentan venderla por beneficios económicos. Al regresar a sus raíces, se revela como la legítima sucesora de un imperio de riqueza inmensa y afecto sincero. Mientras su antigua hermana conspira contra ella, Yelena utiliza su intelecto para vengarse y consolidar su poder. En medio de su ascenso, un magnate influyente se obsesiona con ella, dispuesto a todo por desvelar su misterioso origen.
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Capítulo 3

Yelena les dio una rápida mirada a los hombres tendidos en el suelo antes de volverse hacia el que estaba herido.

Sus rasgos afilados eran sorprendentes: ojos oscuros y una expresión estoica, como si estuviera tallada en piedra.

A pesar de su palidez y su evidente dolor, irradiaba una aura de calma resistencia.

Yelena quiso alejarse y dejar esa escena caótica, pero algo en ella vaciló. Una de sus debilidades, su bondad, la terminó deteniendo.

Con un suspiro resignado, se arrodilló al lado del hombre y examinó sus heridas.

"Gracias", murmuró Austin sinceramente.

"No es nada", respondió ella con un tono distante, pero sus acciones sugerían lo contrario.

Al tomarle el pulso, frunció el ceño.

Aunque el sangrado era severo, no era la preocupación más urgente. Tenía un pulso débil y errático, un signo de que había veneno corriendo por sus venas.

Yelena abrió su bolso y sacó una pequeña botella de porcelana. La destapó y roció un fino polvo medicinal sobre sus heridas sangrantes. Casi de inmediato, el sangrado disminuyó y un reconfortante frescor reemplazó el dolor punzante.

Luego, sacó una pequeña pastilla y se la entregó.

"Toma esto, contrarrestará el veneno", declaró con firmeza. "Sin un buen tratamiento, no durarás mucho".

Austin la estudió vacilantemente, como si intentara evaluar sus intenciones.

Yelena, por su parte, siguió vendando sus heridas. Justo cuando terminó, escucharon unos pasos. Al girar la cabeza, ella vio otro grupo de personas acercándose. "Señor Barton...".

"Están conmigo", explicó Austin con alivio. Sus hombros y su postura se relajaron.

Yelena se puso de pie. "Ya que tus subordinados están aquí, me iré", declaró mientras se daba la vuelta.

"Señorita", la llamó él, con mayor amabilidad. "Por lo menos dime tu nombre para corresponder a tu amabilidad".

"No será necesario", respondió Yelena secamente.

Antes de que pudiera decir algo más, ella ya se había ido. No podía permitirse tener problemas.

Tras ser salvado, Austin se quedó mirando a la mujer que se alejaba. Una chispa de intriga iluminó su férrea expresión.

¿Cómo había podido localizar el veneno solo tomándole el pulso?

Le resultaba difícil creer en su precisión, su calma inquebrantable y su evidente experiencia.

Pero estaba seguro de que, mientras ella permaneciera en Eighfast, él volvería a encontrarla.

Yelena se alejó sin mirar atrás, pues ya estaba concentrada en el siguiente paso de su viaje.

De repente, el suave zumbido de un auto interrumpió sus pensamientos. Un elegante y largo Rolls-Royce, construido a medida, se detuvo frente a ella. Su pulido exterior resplandecía incluso bajo las tenues luces de la calle. Ella se quedó congelada. Solo había visto tanta extravagancia en revistas y en la televisión.

La puerta se abrió con suavidad y salió un hombre de mediana edad. Sus movimientos deliberados, su postura inmaculada y su expresión transmitían una tranquila elegancia. "¡Señorita Harris, por fin la encontramos! Mi nombre es Sebastian Holden y soy el mayordomo de la familia Harris. A petición de los señores Harris, estoy aquí para llevarla a casa".

"¿Yo? ¿Señorita Harris?", preguntó Yelena con incredulidad. ¿De qué estaba hablando?

Los Roberts habían dicho que sus padres biológicos eran pobres aldeanos de la remota región de Phurg.

Pero ahí estaba un hombre con una postura y vehículo que solo destilaban riqueza y privilegio.

"¡Sí, usted!", respondió Sebastian cálidamente. "Es la hija mayor de la familia Harris. Cuando se enteró de su existencia, su madre se emocionó tanto que casi se desmaya. Su padre me dio instrucciones para que yo mismo asegurara su regreso sana y salva. Por favor, venga conmigo".

Con una expresión serena y respetuosa, el hombre dio un paso adelante y abrió la puerta del auto para ella.

Yelena empezó a reflexionar. ¿La investigación de la familia Roberts había sido errónea o engañosa?

Su perplejidad dio paso a la resolución. Siempre había querido encontrar a sus padres biológicos. Si alguien había venido a llevársela, ¿por qué estaba dudando?

Tras respirar profundamente, subió al auto y cerró la puerta con un suave chasquido. El vehículo se alejó de la acera.

Villas Elite era el pináculo del prestigio en Eighfast, un enclave exclusivo de solo doce residencias lujosas, y cada una albergaba a las personas más poderosas e influyentes de la ciudad.

Mientras el auto conducía por los sinuosos caminos privados que llevaban al exclusivo distrito de villas, Sebastian explicó con entusiasmo: "Señorita Harris, usted tiene un hermano mayor, Cayson Harris, y una hermana menor adoptada, Bella Harris. Sus padres la han extrañado profundamente. Durante años, han recorrido el país y no escatimaron esfuerzos para encontrarla".

Hizo una pausa y agregó con mayor gentileza: "El señor Harris proviene de Phurg. Hace décadas, él y la señora Harris regresaron ahí para rendir homenaje a sus antepasados. Fue durante ese viaje que usted nació en un hospital local. Pero ocurrió una tragedia, las circunstancias se salieron del control de sus padres y usted desapareció poco después de su nacimiento. El señor Harris la buscó incansablemente, pero cuando perdieron el rastro, se vieron obligados a regresar a Eighfast. Aunque tenían los corazones rotos, enterraron su dolor y canalizaron su energía en construir su legado".

Luego, señaló con mucho orgullo: "¡Y qué legado formaron! A lo largo de los años, los Harris han creado un imperio y se convirtieron en la familia más rica de Eighfast. Sus logros son excelentes, pero nunca dejaron de querer llevarla a casa".

Yelena se quedó callada. Su mente daba vueltas mientras las palabras del mayordomo desenterraban piezas de un pasado que nunca había conocido.

Pronto el auto disminuyó la velocidad y se detuvo frente a una enorme villa que parecía surgir del paisaje como un espejismo.

Yelena abrió la puerta, salió del vehículo y observó la escena. Dos figuras salieron de la amplia entrada. Estaban tan emocionados que ni siquiera podían esconderlo.

El hombre se veía refinado y tenía unos rasgos afilados suavizados por una gracia discreta. A su lado, estaba una mujer elegante, que se movía con un aplomo inconfundible.

La postura de Donna Harris se disolvió en cuanto vio a Yelena. Las lágrimas brotaron de sus ojos mientras corría hacia ella y la envolvía en un abrazo feroz. "Yelena, mi querida hija", susurró con la voz temblorosa de emoción. "Por fin te encontramos. Todos estos años... Y el dolor que debiste haber soportado. ¡Es nuestra culpa! No pudimos protegerte".

Mientras seguía abrazándola, Donna observó su rostro y se impresionó por el innegable parecido. Fue entonces cuando juró que su hija nunca volvería a sufrir las dificultades que había enfrentado.

Yelena se puso rígida, pues no estaba acostumbrada a tanto afecto. El abrazo de Donna se sentía extraño, casi abrumador. Pero había algo en esa cruda calidez que lentamente empezó a erosionar sus defensas. Estaba quieta, pero ya no tensa.

"Estoy bien, de verdad", murmuró, más para tranquilizar a Donna que para expresar lo que sentía.

Esta se apartó de mala gana. Sus ojos brillaban por las lágrimas no derramadas. "Yelena, te prometo que, a partir de ahora, nada ni nadie volverá a lastimarte".

Callum Harris se encontraba cerca. Su habitual serenidad estaba siendo traicionada por las lágrimas en sus ojos. Aclarándose la garganta, afirmó con emoción: "Ya estás en casa, Yelena, y eso es todo lo que importa. Vamos, entremos".

Los tres ingresaron a la villa.

Justo en la entrada, Bella observó el reencuentro. Tenía la mirada gacha mientras la frialdad se apoderaba brevemente de sus ojos antes de ocultarla.

Rápidamente se recompuso y esbozó una sonrisa educada, aunque un ligero temblor delataba su esfuerzo. "Yelena, bienvenida a casa", dijo con una gentileza medida. "Soy Bella".

En cuanto vio a Yelena, su asombroso parecido con Donna le dijo todo lo que necesitaba saber. Sin duda era una Harris.

Yelena vio los ojos de Bella y notó que había algo ahí, un destello de resentimiento.

Recuperando la compostura, Donna las presentó con una cálida sonrisa: "Yelena, esta es Bella, nuestra hija adoptiva. A partir de ahora, es tu hermana menor. Tu hermano Cayson está en el extranjero por negocios, pero muy pronto regresará. Y tu abuela está en un viaje de retiro; recién volverá a fines de mes".

Yelena asintió sutilmente con una expresión inescrutable. Una familia de ese estatus debía tener relaciones complicadas y agendas ocultas, así que no se hacía ilusiones al respecto. En silencio, decidió pedirle a Brody que investigara la historia de la familia Harris cuando sea el momento.

"Oh, Yelena, hay algo que he querido darte", declaró Donna con una mirada brillante. Se desabrochó elegantemente una pulsera de esmeraldas de su muñeca.

"Esta pulsera siempre ha estado conmigo, pero ahora quiero que tú la tengas".

Donna no recordaba bien los detalles, pero sabía que se la había regalado alguien importante y la había apreciado desde entonces.

Yelena vaciló con sorpresa debido a la importancia del momento. Esa pulsera no solo era hermosa, sino que sin duda valía más de diez millones. Su valor era innegable.

"Esto es demasiado", murmuró con cautela. "No puedo aceptar algo tan valioso".

"Querida, todo lo que tengo algún día será tuyo. Solo es una muestra de lo que está por venir".

Antes de que Yelena pudiera volver a protestar, la pulsera ya estaba asegurada alrededor de su muñeca. La brillante esmeralda resaltaba sobre su piel casi abrumadoramente.

Al otro lado de la habitación, la sonrisa de Bella se quedó congelada. Sus dedos se crisparon y apretó los puños. Sus uñas se clavaron en sus palmas hasta que el escozor se convirtió en entumecimiento.

¡Qué injusticia tan descarada!

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