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Portada de la novela No Soy Tuya

No Soy Tuya

Cansada del desprecio de Gael tras años de entrega, Xóchitl elige unir su vida a Diego, un mariachi. La reacción de Gael es cruel: regala sus obras a su hermana y la encarcela bajo mentiras. Cerca de morir en el sótano, un antiguo poder emerge en Xóchitl, otorgándole la fuerza para liberarse. Aunque Gael pretende recuperarla invocando su linaje divino, la conexión con Diego es invencible, sentenciando a su antiguo opresor al más absoluto de los olvidos.
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Capítulo 3

Un día después, la humillación llegó directamente a mi pantalla.

Sofía había publicado una historia en Instagram. En ella, posaba con una sonrisa radiante en el lujoso comedor de Gael. Sobre la mesa, perfectamente arreglada, estaba mi vajilla de colibríes. La luz rebotaba en los esmaltes que yo había mezclado a mano durante semanas.

El texto decía: "¡Amando mi nueva vajilla! Un regalo exclusivo de mi talentoso hermanito @GaelChef. ¡El arte oaxaqueño es lo máximo para mi feed! #Moda #Lujo #Diseño".

Mi arte. Mi alma. Reducido a un accesorio para su "feed".

Esa noche, por primera vez en mi vida, me emborraché. Me senté en la cantina del pueblo con Diego y sus amigos mariachis, y bebí mezcal hasta que las luces de colores se volvieron una sola mancha borrosa y la música una vibración en mi pecho.

Diego no me juzgó. Solo se sentó a mi lado, cantando baladas tristes con su voz profunda y aterciopelada, y se aseguró de que mi vaso nunca estuviera vacío.

Mi teléfono sonó en medio de una canción. Era Gael.

"¿Qué es ese ruido?", gritó para hacerse oír por encima de la música. "¿Estás en una cantina? ¡Xochitl, por Dios! ¿Estás borracha?"

Su voz estaba cargada de un disgusto que me heló por dentro. Él, que organizaba fiestas llenas de alcohol y excesos todas las semanas, se atrevía a juzgarme.

"Sí," respondí, la palabra arrastrándose en mi boca. "Estoy celebrando."

"¿Celebrando qué? ¿Tu irresponsabilidad?", espetó. "Te necesito aquí, y tú estás perdiendo el tiempo. Mañana tienes que volver."

"Gael," lo interrumpí, un coraje frío comenzando a disolver la niebla del alcohol. "¿Por qué le diste mis platos a Sofía?"

Hubo un silencio. Pude oír su respiración, molesta.

"Eran solo unos platos, Xochitl. No es para tanto," dijo finalmente, su tono minimizando mi dolor. "Sofía los necesitaba para una colaboración importante. Le dan visibilidad a tu trabajo, deberías agradecérmelo."

"Te los regalé a ti," susurré.

"Y yo decidí que este era su mejor uso. Eres una artesana, esto te ayuda a promocionarte. Deja de ser tan dramática," concluyó, como si me estuviera haciendo un favor.

Sentí un dolor agudo en el pecho, pero ya no era sorpresa. Era confirmación. Para él, yo no era una artista. Era una artesana. Una proveedora de objetos bonitos.

"Está bien, Gael," dije, y mi propia calma me asustó.

"Bien. Te veo mañana. No llegues tarde," y colgó.

Miré el teléfono en mi mano. Por primera vez en diez años, no sentí el impulso de volver a llamar, de rogarle cinco minutos más de su atención, de explicarle mi dolor con la esperanza de que, esta vez, sí entendiera.

Diego se acercó, su rostro mostrando una genuina preocupación.

"¿Estás bien, Xochitl?"

Negué con la cabeza y sentí cómo una lágrima, caliente y pesada, rodaba por mi mejilla. "No. Pero voy a estarlo."

Más tarde, ya en mi cuarto, el teléfono volvió a sonar. Era Marco.

"¡Acabo de ver la publicación de esa bruja!", dijo, su voz vibrando de indignación. "¡Tienes que decirle la verdad, Xochitl! ¡Tienes que recordarle que sin ti, su restaurante seguiría siendo un sueño en una servilleta! ¡Dile cómo vendiste tus joyas para comprarle su primer juego de cuchillos profesionales!"

Escuché su letanía de mis sacrificios, una lista de actos de amor que ahora sonaban como estupideces. Cada palabra era un recordatorio de lo mucho que había dado y lo poco que había recibido.

Cuando terminó, respiré hondo.

"Marco," dije, mi voz firme. "¿Y de qué serviría?"

"¡Para que se dé cuenta de lo que está perdiendo! ¡Para que te valore!"

Una risa amarga escapó de mis labios.

"¿Para que me valore? No, amigo. Eso solo sería darle otra arma para lastimarme. Lo usaría para decirme que estoy tratando de cobrarle mis favores, que soy una resentida. Sería humillarme a mí misma, buscar mi propia humillación."

Hubo un silencio al otro lado de la línea.

"He pasado diez años esperando que él viera mi valor," continué, más para mí misma que para él. "Ya me cansé de esperar. Tengo la capacidad de amarlo con todo mi ser, y ahora sé que también tengo la capacidad de arrancármelo del corazón. Y eso es lo que voy a hacer."

Colgué el teléfono y me miré en el espejo. Mis ojos estaban rojos, mi cara hinchada. Pero debajo del dolor, vi algo nuevo. Una chispa de acero. La mujer que le había rogado amor a Gael durante una década estaba muriendo. Y yo no iba a llorar en su funeral.

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