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Portada de la novela No Soy Tu Tonta Enamorada

No Soy Tu Tonta Enamorada

La heredera de Bodegas Vargas sufre una traición devastadora el día de su boda civil. Javier, tras aprovecharse del poder de su familia, la abandona para asistir a su amante encinta, Isabella. El hombre planea que ella críe al niño y siga bajo su engaño, creyéndola sumisa. Sin embargo, la humillación despierta en ella una sed de justicia. Sin dudarlo, contacta a su amigo Mateo con un plan radical: contraer matrimonio con él para ejecutar su venganza.
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Capítulo 2

Hoy era el día de mi boda civil con Javier.

Llevábamos cinco años juntos. Cinco años en los que utilicé en secreto la influencia de mi familia, los Vargas, para catapultar su carrera de arquitecto. Le conseguí proyectos que otros solo podían soñar, lo introduje en círculos a los que nunca habría tenido acceso.

Creía que nuestro amor era real.

Estaba esperándolo en el ayuntamiento, con el vestido blanco y sencillo que habíamos elegido juntos. Los minutos pasaban, convirtiéndose en una hora de humillante espera. Los funcionarios me miraban con una mezcla de lástima y curiosidad.

Mi teléfono vibró. No era una llamada de Javier. Era una notificación de Instagram.

Una foto.

Isabella, su protegida en la facultad de arquitectura, había publicado una imagen. Estaba ella, con una sonrisa triunfante, en la cama que yo compartía con Javier. Detrás de ella, inconfundible, estaba el cuadro que le regalé a Javier por nuestro primer aniversario.

Junto a la foto, un texto: "Esperando a mi amor para celebrar nuestras buenas noticias".

El aire se escapó de mis pulmones.

Mi teléfono sonó de nuevo. Esta vez era él. Su voz, en lugar de culpable, sonaba irritada, como si yo fuera la molestia.

"Sofía, lo siento, ha surgido algo. Isabella se ha desmayado en la universidad, tengo que ir a cuidarla. No podemos firmar hoy".

Mentira. Todo era una mentira.

"¿Estás con ella ahora mismo, Javier?", pregunté, con una calma que me sorprendió a mí misma.

Hubo un silencio. Pude oír la voz de Isabella de fondo, un susurro quejumbroso.

"Sí, pero no es lo que piensas. Está muy débil. Tenemos que posponerlo. Te llamo luego".

Colgó.

Miré la pantalla de mi teléfono, la foto de Isabella en mi cama, y luego mi propio reflejo en la oscura pantalla. La heredera de las Bodegas Vargas, plantada en el ayuntamiento el día de su boda.

La humillación era un fuego frío que me recorría por dentro.

En ese momento, tomé una decisión.

Busqué en mis contactos el nombre de Mateo. Sabía que estaba en el aeropuerto, a punto de volar a una feria de vinos en Burdeos.

Él contestó al primer tono, su voz era cálida y familiar.

"Sofía, ¿qué pasa? ¿No deberías estar casándote ahora mismo?".

"Mateo", dije, mi voz firme, "cancela ese vuelo".

Hubo una pausa. "¿Qué ha pasado?".

"Javier no va a venir".

Pude oír el ruido del aeropuerto a través del teléfono, pero su atención estaba completamente en mí.

"Ese cabrón", masculló. "Voy para allá".

"No", lo interrumpí. "Quédate en el aeropuerto. Voy yo. Cásate conmigo, Mateo. Hoy mismo".

El silencio al otro lado de la línea fue largo y pesado. Pude imaginar su rostro, la sorpresa, la ira por ser el segundo plato, la lucha interna. Mateo, mi amigo de la infancia, mi rival en el negocio, el hombre que siempre me había mirado con algo más que amistad en los ojos.

Finalmente, su voz sonó, ronca por la emoción contenida.

"Estaré esperando en la puerta de embarque. Pero, Sofía, si hacemos esto, no hay vuelta atrás".

"Lo sé", respondí, y por primera vez en horas, sentí que podía volver a respirar. "Ya estoy en camino".

Colgué, me quité el velo, lo tiré a una papelera y salí del ayuntamiento sin mirar atrás.

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