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Portada de la novela No Soy Tu Hija

No Soy Tu Hija

El horror de morir asfixiada en una caja para que su hermano obtuviera un balón marcó el fin de la inocencia de la protagonista. Vendida por sus propios padres tras el crimen, despierta milagrosamente el día de su fallecimiento. Cuando su progenitor intenta encerrarla de nuevo, el miedo cede ante una ira letal. La pequeña obediente pereció en las sombras; ahora, impulsada por recuerdos brutales, luchará con ferocidad para evitar que la asesinen de nuevo.
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Capítulo 3

Mis padres me miraban, esperando que obedeciera como siempre, que me metiera en la caja sin una sola queja, como la niña "buena" y "comprensiva" que siempre se esforzaron en criar. La sonrisa de mi madre era dulce, casi tierna, pero sus ojos no sonreían, estaban fijos en mí, calculando, y la cara de mi padre, aunque intentaba parecer paciente, tenía una tensión en la mandíbula que yo conocía demasiado bien, la tensión que siempre precedía a los gritos o a los golpes.

"Ándale, Ximena, mi niña" , dijo mi madre, con esa voz melosa que usaba para manipularme. "Hazlo por tu hermanito, sabes cuánto quiere ese balón nuevo, y si ahorramos tu pasaje, se lo podremos comprar."

Su voz era un eco doloroso, un recordatorio de todas las veces que me habían pedido "pequeños sacrificios" por el bien de la familia, sacrificios que siempre recaían sobre mí. Recordé la vez que mi padre, furioso porque lo interrumpí mientras veía el fútbol, me golpeó con el cinturón mojado en agua con sal "para que doliera más", y mi madre, después de que él terminara, vino a "rescatarme", a sobarme la espalda y a ponerme rodajas de papa en los moretones, susurrando, "Ves, yo sí te cuido, pero tienes que aprender a no hacerlo enojar".

Recordé las navidades en las que Mateo recibía montañas de regalos mientras yo recibía un suéter usado o, a veces, nada, porque "ya estás grande y entiendes que no hay mucho dinero". Recordé todas las veces que tuve que cederle mi plato de comida a Mateo porque "él está en crecimiento y necesita más energía", y yo me iba a la cama con el estómago rugiendo.

Siempre me decían que era "la más madura", "la que entiende", la que debía ser "un ejemplo" para su hermano. Ser "buena", para ellos, significaba aguantar, callar, desaparecer. Significaba aceptar el dolor, el hambre y la indiferencia sin una sola queja.

Pero la niña que aguantaba todo eso había muerto asfixiada en una caja de cartón.

La que estaba ahora aquí, temblando no solo de miedo sino también de una nueva y extraña furia, era diferente. La memoria de la muerte me había cambiado, me había arrancado la venda de los ojos.

"No", susurré, la palabra apenas audible, pero se sintió como un grito en el silencio de la habitación.

Mis padres se miraron, confundidos.

"¿Qué dijiste?", preguntó mi padre, frunciendo el ceño.

Respiré hondo, el aire fresco de la habitación se sentía como un lujo. Los miré a los ojos.

"Dije que no" , repetí, esta vez con más fuerza. "No entiendo por qué tengo que ir yo en la caja."

Mi madre forzó una risa nerviosa. "Ay, Ximena, no empieces con tus cosas, no es momento para juegos."

"No es un juego" , insistí, mi voz temblaba, pero no retrocedí. "Si es para ahorrar dinero, y es solo un juego, ¿por qué no va Mateo? Él es más chiquito, cabe mejor en la caja y le pesaría menos a papá cargarla."

Dirigí mi mirada hacia la puerta, donde Mateo había aparecido, atraído por la conversación. Él me miró con sus grandes ojos curiosos.

La cara de mi madre se transformó, la máscara de dulzura se hizo pedazos y fue reemplazada por una mueca de ira.

"¡Ximena, qué cosas dices!" , siseó, su voz era puro veneno. "¿Cómo se te ocurre sugerir algo así? ¡Parece que le tienes envidia a tu propio hermano! ¡Qué egoísta eres, de verdad!"

Mateo, sin entender la tensión en el aire, aplaudió emocionado.

"¡Sí! ¡Yo quiero ir en la caja! ¡Será como un escondite secreto!" , gritó, corriendo hacia la caja y tratando de meterse.

"¡Mateo, quita de ahí!" , le gritó mi madre, con una voz aguda y llena de pánico. Lo jaló del brazo con una fuerza que nunca usaba conmigo, lo levantó y lo abrazó posesivamente. "Tú no, mi amor, esto no es para ti, tú eres el rey de la casa. Ahora vete a tu cuarto a hacer la tarea, ándale."

Lo empujó suavemente fuera de mi habitación y cerró la puerta, dejándome a solas con ellos y con la caja en el suelo, que ahora parecía un monstruo esperando a devorarme. La injusticia de la situación era tan clara, tan brutal, que borró cualquier rastro de miedo que pudiera quedar en mí. Ya no había duda, ya no había confusión, solo la certeza de que yo, para ellos, no valía nada.

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