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Portada de la novela ¡No seré tu sumisa!

¡No seré tu sumisa!

Fernando Laureti, un arrogante heredero acostumbrado a los excesos y al BDSM, es enviado a París por orden de su padre para reformar su vida. Allí se cruza con Samantha Mercier, una mujer de carácter inquebrantable que desafía la autoridad del joven CEO. Obsesionado con dominarla, Fernando intenta seducirla por todos los medios, pero ella se resiste con firmeza. Samantha le deja claro que su orgullo es innegociable y que nunca será su sumisa.
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Capítulo 3

Pov Samantha.

Mis mejillas están calientes por la molestia que tengo. Frunzo el ceño mientras con la ayuda de mi secretaria busco las tres carpetas, de los tres años que he sido gerente. Fernando, él en su máxima arrogancia, me ha dejado en ridículo delante de todos, y aunque confieso que fue mi culpa por hacerme la que no lo conocía, me molesta que sea tan cruel de mandarme a buscar las carpetas impresas, cuando con solo un código, y un poco de tiempo, él puede ingresar a los archivos virtuales, (se supone que todo aquí es robotizado).

—Cloe, aquí encontré la última carpeta —digo agachándome al final del estante para tomarla.  

—¿Ya tiene lo que le pedí? —pregunta una voz ronca detrás de mí.

Me pongo de pie con el rostro rojo, por la posición que tenía, y al mismo tiempo por escuchar su hermosa voz detrás de mí.

—Sí, aquí tiene Fernando —le digo tendiéndole las carpetas.

Él no toma la carpeta de mis manos, pasa por mi lado y comienza a ver toda mi oficina con una sonrisa estúpida en sus labios, y no es que me moleste, me encanta su sonrisa, y su espalda ancha, y también el olor que está dejando en mi oficina.

«Concéntrate Samantha, eres una pecadora»

En fin, me molesta muchísimo la razón de que, ¿Quién lo invitó a él a entrar a mi oficina? Y no es que no me gusta que esté aquí, sino que es un abusador, cree que porque es mi jefe, y está más bueno que comer con los dedos, va a venir a hacer lo que quiera.

—Ya que dejó las carpetas que busqué por horas en mis manos, y que además, entra a mi oficina, sin tocar la puerta, le voy a dejar un par de cosas claras —se voltea y entrecierra los ojos para mirarme.

—Me gustaría que me llamaras jefe, sugiero que suena mejor, ¿no crees? —dice relajado.

Trago gruesos al oírlo, y aprieto mis puños por la molestia que me genera sus palabras, ¿Jefe? ¿Es necesario realmente? No puedo llamarlo señor Laureti, o Fernando Laureti, No, él quiere que le llame jefe.

—¿Jefe? ¿Es necesario que le llame así? Yo tengo una confianza con el señor Demetrio y jamás le he hablado tan formal —bufo.

Los ojos azules de Fernando se oscurecen, y puedo jurar que hay un demonio detrás de su rostro de dios griego, un demonio exquisito que me invita a pecar.

Él se acerca a mí, logrando que mi espalda pegue de mi escritorio rosa, y mis bragas se empapan. Miro a todos lados buscando a Cloe, pero ha desaparecido, y no es que esté nerviosa, o tal vez un poco, pero ¿cómo no? Tengo el rostro del hombre de mi vida a pocos centímetros de mí, su olor a colonia cara llena mis fosas nasales, y su cuerpo gigante me tapa un poco. Trago grueso, tratando de agarrar fuerza y mandarlo al demonio, pero él me detiene.

—Aunque me parezco mucho a mi padre, señorita Samantha, créeme que no soy él, así que de ahora en adelante, me dirás, jefe, —las palabras que salen por su boca son tan lentas, que me llena de espasmo.

Fernando mira mis labios, y luego mis senos, y juro que veo como frunce los labios al verme, ¿Será que le gusto? 

Sin darle tiempo a nada, lo empujo un poco, y paso por encima de él, para llegar hasta la cafetera que tengo en mi oficina.

—Jefe —digo con una mueca—. Que sea la primera y última vez que entre a mi oficina sin permiso, aunque usted es mi superior, yo soy la gerente de la empresa hasta que su padre lo indique, así qué… —Llevo la taza que me acabo de servir a mis labios y después de darle un sorbo a mi café termino de decir la palabra—: Me hace el favor y sale de mi oficina.

Fernando, en vez de molestarse por mis palabras, me mira de una forma burlesca que hace que mi cuerpo tiemble.

Aprieto mis piernas para no caerme, mientras lo veo salir por la puerta de la oficina, con una sonrisa en su rostro.

—Procura cambiar el decorado de esta oficina, ¿rosa? ¿De verdad? Imagino que no tienes quince años, ¿no? —dice antes de salir.

Cuando cierra la puerta, logro respirar con normalidad, y confieso que mi cosita logra calmarse.

«Dios mío que la madre superiora jamás sepa lo que pienso»

Miro mi oficina con una sonrisa, y me doy cuenta de que  todo es un poco infantil, pero no me juzguen, amo el color rosado, combinado con blanco, además, ¿Qué mujer no lo ama? Y pues, pensé que se vería bien mi oficina con esos dos colores, aunque según él, es de niña.

Sonrío por sus palabras, para luego sentarme en mi escritorio; ser la gerente de una empresa tan grande me quita la mayor parte del tiempo, sobre todo ahora que voy a tener a mi "jefe" suspirando en mi nuca las veinticuatro horas.

«Ojalá me suspire en otro lado»

Niego con la cabeza por mis palabras, para luego meterme de lleno en mi computadora, que por cierto también es rosa, cuando escucho la puerta abrirse.

Mi corazón se acelera al pensar que es de nuevo el amor de mi vida, pero luego me calmo al ver a Cloe caminar nerviosa en mi dirección.

Se sienta en el sofá y me mira a la espera que le cuente algo.

—¿Qué? —le digo con fastidio mientras comienzo a teclear algo en mi laptop.

Ella se pone de pie con una sonrisa, y luego se sienta en mi escritorio. Cloe es la única que tiene está confianza conmigo, del resto a fuera de mi oficina soy una mujer de carácter fuerte, formal, y muy respetada, y sobre todo "santa" fui criada por monjas, ¿cómo no serlo?

«Qué pecadora»

—¿Es más guapo en persona, no es así? ¿Oliste su perfume? Huele divino, además, su ropa pegada al cuerpo, sus zapatos de calidad, el Rolex en su mano izquierda, ahss.

¿Detalló todo eso?

—No me fijé nada de eso, Cloe, y creo que deberías ir a trabajar, ya ves lo malhumorado que es el nuevo jefe, y no quiero problemas.

—¿Malhumorado? —se baja del escritorio y se cruza de brazos—. Malhumorada tú, el jefe Fernando es lo más hermoso que han visto mis ojos, es como un actor de película, —Subo una ceja al verla soñar despierta.

—Ni me he fijado —miento.

Ella entrecierra los ojos, y luego se acerca a mi tanto, que invade mi espacio personal y me dice:

—¡¿Vas a decir que no te gusta Fernando?! Es el hombre más guapo y sexi que han visto mis ojos, además —se acerca a mi odio—:dicen por ahí que es adicto al sexo, y que tiene un club de mujeres para él.

«Santa virgen del orgasmo»

—Cloe, ¿quién dijo esas cosas? Deja de decir locuras y ve a tu oficina —le digo simulando molestia, pero ella no se inmuta.

—Yo sería feliz, siendo una de ese club, te juro que me dejaría dar como cajón que no cierra por ese adonis de la belleza —abro los ojos como platos al escuchar a mi simpática secretaria.

—¡Cloe, a tu oficina, ya! —le grito y ella sonríe para salir.

Siento el calor llenar mi cuerpo. Las palabras de Cloe dejaron en mí una excitación horrible, ¿y cómo no? Si he soñado con el cuerpo de Fernando toda mi vida, pero solo hay un problema, no quiero pertenecer al club, quiero que sea solo mío.

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