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Portada de la novela No Pude Olvidarte.

No Pude Olvidarte.

La reputación de la familia Ferrer se desmorona tras un grave fallo del patriarca, pero en medio del caos, el amor de Maximiliano por Renata Evans permanece intacto. Aunque su compromiso matrimonial prometía un futuro radiante, una separación abrupta e inevitable los obliga a distanciarse. Con la promesa de ser fieles a pesar del tiempo, ambos enfrentan el reto de mantener vivo su vínculo. ¿Podrá su juramento resistir los años de ausencia o terminarán cediendo al olvido?
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Capítulo 2

Ocho años más tarde.

Maximiliano Ferrer, se encontraba en la sala de su casa con un vaso de wisky en sus manos, y sumido en sus pensamientos.

Ocho años. . .

Ocho largos años. . .

Ocho malditos años. . .

Habían pasado no cinco, ni seis como ella había prometido, sino ocho años desde que ella se marchara, ocho largos y difíciles años. Los ocho años más largos y duros de toda su existencia, Max sentía que había envejecido mucho en todo aquel tiempo, solo tenía veintiocho y se sentía próximo a cumplir un siglo. Su cuerpo no estaba ni la mitad de agotado que estaba su alma.

Había pagado una condena muy larga, larga y dolorosa, lo peor de pagar una condena asi, es no saber qué crimen has cometido.

No saber qué rayos es lo que hiciste para merecer tanto desprecio.

En todo aquel tiempo había cambiado mucho, ahora era un adulto que junto a su padre dirigía los negocios de la familia. Carlota, su madre, había estado muy enferma durante mucho tiempo, afortunadamente había logrado superar la enfermedad para seguir a su lado, no sabía que ocurriría si su adorada madre llegase a faltarle. Ahora tenía un pequeño hermano, uno que no era hijo de su madre, había salido a la luz la infidelidad de Alexander, su padre, aquella noticia casi desintegra a la familia, su madre se había visto envuelta en llanto y lágrimas, duro mucho tiempo sin dirigirse a su esposo, pero no pudo evitar brindarle el refugio de sus brazos amorosos a aquel pequeño niño. Lo peor de todo, era que el pequeño tenía seis años de edad, lo cuál evidenciaba que la traición había sucedido hacía mucho y de no ser porque la madre del niño había fallecido y la hermana de la mujer se había dado a la tarea de buscar a Alexander Ferrer, para que se hiciera cargo de su hijo, ya que ella no contaba con los recursos para mantener al niño, de aquello hacían ya seis años, ahora su hermano era un pequeño adolescente, de carácter duro, un poco retraído, que resultaba ser la copia fidedigna de su padre, a diferencia de sus lindos ojos verdes, que según supo, eran la herencia de su madre.

Alexander le había jurado a su esposa que en aquella traición no se habían involucrado sentimientos, había ocurrido durante un viaje de negocios a otra ciudad, ellos atravesaban conflictos matrimoniales y Alexander busco refugio en otros brazos, pero juraba desconocer la existencia del niño.

En cuánto la mujer lo localizó y le dijo del niño, él no había podido creerlo, no, hasta que lo vio, el pequeño recordaba esas viejas fotos en la que se mostraba un Alexander infante y sonriente, la diferencia era de que su hijo no sonreía, tenía los.ojos llenos de una tristeza tan enorme por la ausencia de su madre, no pudo evitar conectar inmediatamente con él, y asegurarle que él se encargaría de protegerlo.

Cuándo había llegado a la casa y Carlota puso sus ojos en el niño, no necesitó explicación, se desmayó. Aunque odiaba saberse traicionada, le dio la oportunidad de explicarse, ella se había conmovido por ese niño que había perdido a su madre, pero por el hombre con el que estaba casada solo sintió rencor. Con los años, Carlota se había convertido en una segunda madre para el pequeño Henrry, y Alexander tuvo que luchar por recuperar la confianza y el afecto de su esposa.

Las cosas para Maximiliano habían ido bien, al menos al principio, todo había marchado como ambos lo habían planificado, cuando Renata estuvo instalada se dedicó a estudiar, todas las noches ella lo había llamado, al menos durante los dos primeros años, en las vacaciones ella había venido y juntos habían disfrutado de algunos días de amor y pasión. Pero todo aquello había cambiado después del segundo años. Renata, había dejado de llamar, los correos y las cartas habían cesado, no respondía a las llamadas que él le hacía, su familia simplemente le había dicho que ella no quería saber nada de él.

—No vuelvas por aquí, Maximiliano— le había dicho el padre de ella— mi hija no desea saber más nada de ti.

Después de aquello se había ido a su casa sintiéndose destrozado.

¿Qué había sucedido?, ¿ Había hecho algo mal? , ¿ Qué?, ¿Qué había sucedido?

Renata, se había alejado totalmente de él, de hecho había ido a buscarla a la residencia universitaria de Italia dónde se quedaba, pero sus amigas le dijeron que ella se había marchado. En la universidad tampoco logró ningún avance, la rectora le había dicho:

—Lo siento, la joven Renata Evans, nos informó que no diéramos ningún tipo de información a nadie ajeno a su familia.

—¡Pero soy su prometido!— casi había gritado de frustración.

—Lo siento, señor, especialmente a usted, no podemos darle información, fueron sus palabras exactas, lo siento, no puedo ayudarle.

Todo había sido inútil, era como si la tierra se la hubiese tragado, y allí estaba él, sumido en un amor que le corroía el alma, porque aunque ella hubiese desaparecido de su vida, Maximiliano, mantenía su promesa.

Aún la esperaba.

La puerta principal de la casa se abrió, Max, bebió de su vaso y giró la vista para recibir a quién llegaba, que resultó ser su hermano Stephen.

—¿Perdido en tus pensamientos?— le preguntó.

—Si— respondió sincero— a ver Stephen, ¿Cuándo dejarás la mala vida?, ¡mira nada más como vienes!

—Sólo son unos cuántos golpes— pero sabía que no era cierto, esta vez resultó más golpeado de lo normal y su rostro tenía muchas heridas, una ceja partida, un labio roto, era un desastre. Stephen, era el rebelde de la familia, un carácter despreocupado, le encantaban las carreras ilegales, las fiestas, los clubes nocturnos, y las peleas igualmente ilegales. Realmente todo lo que significará peligro, tenía un especial atractivo para él.

—Matarás a Alexander de un infarto— se quejó.

—Nuestro padre me conoce, Max— aseguró— nada me cambiará.

—Ser rebelde está bien por un rato, pero ya va siendo hora de que tomes la vida con seriedad.

—Nadie vive mejor que yo, querido hermano, ¡Mi vida es maravillosa!

—¡Maravillosa!, así será la furia de Alexander Ferrer, en cuanto te vea— aseguró su hermano.

—Basta de dramas hermanito mayor— sonrió de medio lado, sentándose frente a él en el sofá— me beberé un trago contigo— sirvió su propia copa para luego acomodarse de nuevo frente a él— y bien, ¿Qué Renata Evans, ocupa tus pensamientos?

—Es que no lo entiendo, Stephen— bufó enojado— no entiendo nada.

—No hay nada que entender hermano, las mujeres están locas, todas lo están. No intentes comprenderlas. Búscate otra, Max, hay muchas mujeres en el mundo, muchas dispuestas a complacerte, muchas anhelando acompañar sus nombres de tu pellido, no tiene sentido que sigas sufriendo por una que no quiere estar contigo, ella te ha abandonado, no te merece.

—¡Maldita sea, Stephen!. . . No quiero a muchas, no quiero a otra, la quiero a ella.

—Pero ella ya no está Max, han pasado ocho años, ocho malditos años desde que pusiste ese anillo en su dedo y seis desde que desapareciera, ¿ qué esperas?— lo miró frunciendo el ceño— ya basta, hermano, es suficiente.

—Esa mujer me va a volver loco— casi gimió.

—Yo lo certifico, hermano.

—Es que no puedo dejar de pensarla, no puedo, tengo las huellas de su amor sobre mi piel.

—A grandes males, grades soluciones.

—¿ Y quién se supone que tiene grandes males?— preguntó su otro hermano apareciendo con el ceño fruncido.

—¡Qué mala educación Ethan!— se quejó Stephen— ¿desde cuándo husmeas las conversaciones?

—No husmeaba, evidentemente ustedes no susurraban— se sentó junto a Max.

—El de los grandes males soy yo— dijo este elevando una mano y bebiendo de su trago.

—No tienes grandes males, hermano, sólo uno.

—¡Renata Evans!— aseguró Stephen bebiendo.

—¿Quién más podría ser?—ironizó Ethan— te dije que aún queda un cupo en el "club de solteros Ferrer"—el trió rió.— Debemos comenzar a casarnos pronto, o Alexandre y Madre, tendrá un infarto.

—Nada de eso, amo mi soltería— aseguró Stephen.

—Y yo la mía— intervino Ethan.

—Por lo visto soy el único que desea una esposa. Creo que soy diferente porque nací primero— sonrió burlón — yo si quiero una familia. — La puerta se abrió, dando paso a la consentida de la casa.

—¡Ellen!— Ethan le sonrió.

—Hey, con qué aquí están parte de mis hombres reunidos— entró y fue depositando un beso en cada uno de sus hermanos mayores— eso se ve muy mal Stephen— le sonrió y tomó asiento a su lado.

—Son heridas de guerra, y esas se llevan con orgullo.

—Claro— rio Ellen divertida— por cómo te ves, yo diría que fueron todos contra ti, guapo.

—Pequeña diablilla— Stephen le sonrió— imagínate cómo quedó el otro.

—Ustedes los hombres siempre, siempre dicen lo mismo— volvió a reír— lástima que no puedo verlo, es posible que no tenga ni un rasguño— todos rieron felices— papá te va a matar.

—Afortunadamente no le tengo miedo a la muerte.

—¡Qué bien por ti!— le sonrió— ¿Dónde está, Henrry?— para ella no pasó desapercibido que Stephen fruncía el ceño y las manos las volvía puños.

¡No entendía por qué lo odiaba tanto!, el niño no tenía la culpa de las cosas que habían hecho los adultos, entendía a Stephen, no era fácil saber que su padre había tenido un hijo con otra mujer, pero ya había pasado mucho tiempo, el niño había tenido que sufrir mucho, era justo que pudiese descansar en medio de los suyos, porque eso eran, una familia. Stephen, adoraba a su madre y al verla sufrir tanto, aquello había generado furia hacia su padre, al que siempre desobedeció solo por darse el gusto de verlo furioso, y hacia su medio hermano, aquel que había llegado a causar caos en su unida familia.

—Está en el instituto — dijo Ethan — aún no vuelve. — encogiéndose de hombros.

—Bien. . . oye Max, no creerás lo que tengo que decirte.

—¿De qué se trata, pequeña?

—Hoy como siempre he estado hablando en la universidad con Sophie — El corazón de Max dio un salto. Sophie, la prima menor de Renata.

—¿Y bien?— preguntó intentando ocultar su nerviosismo.

—Me ha dado una noticia que de seguro te gustará— otro saltó más poderoso, esperaba su corazón se calmara, no quería sufrir un infarto.

—Ellen, odio cuando te pones misteriosa.

—Mañana vuelve Renata— aquellas palabras salieron de la boca de su hermana, y está vez su corazón no dio un salto, sino que por unos instantes dejó de latir.

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