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Portada de la novela No Pagaré Por Tus Errores

No Pagaré Por Tus Errores

El ensayo nupcial de la protagonista se convierte en un caos tras revelarse que la hermana de Diego espera un hijo de él. Ante la presión de su prometido para que ella asuma falsamente esa maternidad y proteja el honor familiar, ella se niega rotundamente. La respuesta de Diego es violenta, culminando en la destrucción de su taller de cerámica. En su huida de este entorno tóxico, reaparece Mateo, un antiguo vínculo que prometió desposarla si llegaba soltera a los treinta.
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Capítulo 2

El aire del salón olía a lilas y a promesas, casi se podía tocar la felicidad. Estaba a solo un día de casarme con Diego, mi novio de toda la vida, el hombre con el que había crecido y soñado un futuro. Él, un restaurador de arte exitoso, y yo, una ceramista que encontraba su paz en el barro, éramos la pareja perfecta a los ojos de todos. El ensayo de la boda transcurría sin contratiempos, las familias sonreían, el sacerdote daba sus últimas indicaciones. Todo era como debía ser.

Hasta que dejó de serlo.

Sofía, la hermana adoptiva de Diego, se levantó de su asiento en la primera fila. Estaba pálida, sus manos temblaban mientras se sostenía el vientre. Todos los ojos se posaron en ella, y el murmullo de las conversaciones se apagó de golpe, dejando un silencio denso y pesado.

"No puedo seguir con esta mentira."

Su voz, aunque baja, resonó en todo el salón como un trueno.

"Estoy embarazada."

La madre de Diego se llevó una mano al pecho, a punto de desmayarse. Mi propia madre me miró con una confusión que reflejaba la mía. Diego se quedó helado a mi lado, su sonrisa congelada en una mueca extraña.

Sofía levantó la barbilla, sus ojos llenos de lágrimas se clavaron en los de Diego, ignorándome por completo.

"Y el padre es Diego."

El mundo se detuvo. El olor a lilas se volvió nauseabundo, y las promesas se hicieron añicos en el suelo. Sentí cómo la sangre abandonaba mi rostro, mis manos se enfriaron y el vestido de ensayo, tan cuidadosamente elegido, de repente me pareció un disfraz ridículo.

Diego finalmente reaccionó. Me tomó del brazo, su agarre era demasiado fuerte, casi doloroso, y me arrastró a una pequeña sacristía, lejos de las miradas acusadoras y los susurros que ya empezaban a serpentear por el salón.

"Ximena, escúchame, por favor."

Su voz era un susurro urgente, desesperado.

"Fue un error, un estúpido accidente de una noche. No significó nada, te lo juro. Estaba borracho, ella estaba mal… no sé qué pasó."

Yo lo miraba sin poder articular palabra. El hombre que amaba, mi prometido, el hermano de la mujer que acababa de anunciar que llevaba a su hijo en el vientre.

"Tienes que ayudarme," continuó, su egoísmo tan palpable que me asfixiaba. "Tenemos que proteger a Sofía, la reputación de la familia. Si esto se sabe, será un escándalo terrible. Mis padres no lo soportarían."

No preguntaba por mí, por mi dolor, por mi humillación. Solo le importaba la imagen, el qué dirán.

"¿Qué quieres que haga, Diego? ¿Qué aplauda y les desee felicidades?" mi voz salió rota, cargada de un sarcasmo que no sabía que poseía.

Entonces, pronunció las palabras que terminarían de matar cualquier sentimiento que aún pudiera albergar por él.

"No. Quiero que sigamos con la boda."

Lo miré, incrédula.

"Quiero que finjas que el bebé es tuyo. Diremos que te embarazaste antes de la boda. Nadie tiene por qué saber la verdad. Criaremos al niño como nuestro, y Sofía podrá seguir con su vida sin la mancha de ser madre soltera. Es la única solución."

La bofetada que le di resonó en la pequeña habitación. No fue un acto pensado, sino una reacción visceral, la única respuesta posible a una petición tan monstruosa. Mi mano ardía, pero no tanto como la herida en mi alma.

"¿Estás loco? ¿Crees que voy a cargar con tu traición y tu vergüenza? ¿Crees que mi dignidad no vale nada?"

Él se tocó la mejilla, más sorprendido que dolido. La arrogancia en sus ojos no desapareció, simplemente se transformó en irritación.

"Ximena, no seas dramática. Es la mejor opción para todos."

"Para todos menos para mí," repliqué, sintiendo cómo el shock inicial daba paso a una rabia fría y cortante.

"Piénsalo, por favor. Por todo lo que hemos vivido."

Me di la vuelta y salí de la sacristía, dejándolo con su plan egoísta. Caminé por el pasillo central del salón, sintiendo las miradas de todos como si fueran piedras. Nadie decía nada, pero el juicio estaba en el aire. Mi sueño se había convertido en mi peor pesadilla pública.

Mientras caminaba sin rumbo por la calle, con las lágrimas finalmente corriendo por mi cara, un pensamiento fugaz cruzó mi mente. Mañana era mi cumpleaños número treinta. El día que se suponía que debía casarme, el día que marcaba el final de una era y el comienzo de otra. Una ironía cruel. Y con ese pensamiento, vino un recuerdo, una promesa infantil hecha bajo un árbol de jacaranda. Un pacto con Mateo, mi mejor amigo de la infancia.

"Si a los treinta no te has casado, yo me casaré contigo," me había dicho con la seriedad de un niño de diez años.

Una risa amarga escapó de mis labios. Qué tonta había sido. Qué ciega.

Mi teléfono vibró en mi bolso. Era Diego.

"Ximena, ya hablé con mis padres. Están de acuerdo. Es lo mejor. Sofía está muy afectada, necesita nuestro apoyo. Por favor, regresa y hablemos como la gente civilizada."

Leí el mensaje y sentí una oleada de náuseas. "Nuestro apoyo". Él ya nos veía como una unidad, un equipo para encubrir su desastre.

"Además," llegó otro mensaje. "He pensado que, como compensación, puedo comprarte el estudio de cerámica que siempre has querido. El más grande de la ciudad. Lo que pidas."

Esa fue la gota que derramó el vaso. Creía que podía comprar mi silencio, mi dignidad, mi vida. La humillación se convirtió en una fuerza, en una decisión inquebrantable. Me detuve en medio de la acera, sequé mis lágrimas con el dorso de la mano y abrí el chat.

"Quédate con tu dinero, con tu familia y con tu mentira," escribí con dedos temblorosos pero firmes.

Me quité el anillo de compromiso, el diamante que una vez me pareció tan brillante ahora se sentía como un pedazo de vidrio sin valor. Lo miré por última vez, arrojé el teléfono al suelo con toda mi fuerza, viendo cómo la pantalla se estrellaba en mil pedazos, y empecé a caminar sin mirar atrás. No tenía un destino, pero sabía una cosa: me estaba alejando de él para siempre.

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