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Portada de la novela No Necesito Familias que Me dañan

No Necesito Familias que Me dañan

Iván Castillo es un enólogo de origen humilde que soporta el desprecio de su esposa Lina y su hija Luciana. Ambas lo marginan para favorecer al rico Máximo Salazar. Tras perder a su madre, Iván enfrenta la frialdad de su familia, que se niega a ir al sepelio. Al regresar, descubre que Máximo consumió el último recuerdo de su progenitora con permiso de ellas. Harto de tanta crueldad, Iván decide exigir el divorcio y abandonar a quienes solo le causaron dolor.
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Capítulo 3

El recuerdo de esa noche era una herida que nunca había sanado. A la mañana siguiente, Lina lo había mirado con un desprecio absoluto.

Le arrojó una chequera. "Toma lo que quieras. Solo cállate y olvida lo que pasó".

Iván no tomó el dinero. El insulto fue suficiente. Se sintió usado, degradado.

Pero el destino tenía otros planes. Cuando se confirmó el embarazo, Doña Isabel no dudó.

"Te casarás con Iván", le dijo a su nieta. "Ese niño nacerá dentro del matrimonio. El honor de los Ramírez no se manchará".

Así, se selló su destino. Un matrimonio sin amor, una vida de resignación.

Luciana nació, y desde el principio, fue el reflejo de su madre. Sus ojos fríos lo miraban con la misma indiferencia. Su sonrisa solo aparecía cuando "tío Máximo" venía de visita.

Iván se dio cuenta de que no era solo un extraño, era un obstáculo. Un recordatorio constante de un error que Lina nunca le perdonaría. Era el usurpador del lugar que le correspondía a Máximo.

Aun así, la amaba. Amaba a su hija. Intentaba protegerla, cuidar de ella. Se aseguraba de que los enchufes estuvieran cubiertos, de que las esquinas de las mesas estuvieran protegidas. Pequeños gestos de un amor que nadie veía.

Al llegar a la casa, la encontró en silencio. Mientras subía las escaleras, escuchó las voces de dos empleadas domésticas susurrando en la cocina.

"Pobre señor Iván. La niña lo hizo a propósito".

"¿Qué dices?".

"La vi esta mañana. Tiró el casco y las rodilleras detrás de unos arbustos. Quería lastimarse para que la señora culpara al señor. Así, tal vez se divorcien y el señor Máximo pueda ser su nuevo papá".

Iván se quedó paralizado. La verdad lo golpeó con la fuerza de un puñetazo.

Entonces, todos los incidentes pasados cobraron sentido. El decantador de vino antiguo, un regalo de bodas de Doña Isabel, que Luciana "accidentalmente" rompió, culpándolo a él. Las salidas familiares que Lina y Máximo organizaban en secreto, excluyéndolo siempre. Su único traje bueno, manchado con vino justo antes de una cena importante de la bodega.

No eran accidentes. Eran parte de un plan.

Lina y Luciana no volvieron esa noche. Ni la siguiente. Se quedaron con Máximo. Iván vivía su vida a través de la pantalla de su teléfono.

Vio las publicaciones de Máximo en Instagram: una foto de los tres, sonriendo en un viñedo al atardecer, con el sol dorando sus cabellos. Un video de ellos cantando una canción folclórica en un asado, riendo como una familia de verdad. Una foto de Máximo leyéndole un cuento a Luciana antes de dormir.

La gota que colmó el vaso fue un comentario debajo de una de las fotos: "Parecen la familia perfecta".

A Lina le había gustado ese comentario.

Llegó su aniversario de bodas. Iván la llamó.

"Lina, le prometimos a tu abuela que siempre celebraríamos juntos".

"Estoy ocupada", respondió ella, irritada.

"Por favor. Es importante para ella".

Aceptó a regañadientes. Pero al día siguiente, Luciana lo sorprendió. Por primera vez en mucho tiempo, le pidió pasar el día con él.

"Papá, ¿me llevas al parque de diversiones?".

Su corazón dio un vuelco de esperanza. Tal vez, solo tal vez, las cosas podían cambiar.

La llevó al parque. Estaba feliz, radiante. Compraron algodón de azúcar, se subieron a la rueda de la fortuna. Por unas horas, Iván se sintió como un padre de verdad.

Luego, Luciana le pidió que le comprara un helado. Cuando regresó, ella ya no estaba.

El pánico se apoderó de él. La buscó por todas partes, gritando su nombre, desesperado. Corrió por el parque durante casi una hora, con el corazón en la garganta.

Finalmente, llamó a la casa. Una empleada le contestó.

"Señor, la niña Luciana llegó hace rato. Un chófer la trajo".

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