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Portada de la novela No mires atrás

No mires atrás

Sumergida en las tinieblas de un vertedero municipal, una chica recobra el sentido ante las palabras de un indigente. El hombre, que la halló atrapada en un saco, le comunica una noticia devastadora: sus amigas han fallecido. En medio de un sufrimiento físico atroz y sin recuerdos de su pasado, ella intenta responder a las amenazas del extraño. No sabe quién es; solo el nombre de Alicia surge como un eco incierto entre las sombras de su amnesia total.
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Capítulo 1

El café de la mañana siempre ha sido un ritual especial para mí. Y ni siquiera se trata del sabor. Es el aroma lo que me transporta a aquella época en la que realmente era feliz. Solo que entonces no lo veía así y pensaba que mi vida no tenía sentido. ¡Qué tonta fui!

Daría lo que fuera por volver a esos días en los que mi hermana y yo tomábamos café juntas, y el nuevo día traía consigo esperanza y una alegría despreocupada. Esperanza de que algún día escaparíamos. Que viviríamos en libertad. Que romperíamos esta jaula dorada y empezaríamos de cero.

Escuché pasos detrás de mí y me puse tensa al instante. Lazarev. Últimamente arrastra mucho los pies. Después del segundo derrame cerebral, se le paralizó ligeramente el lado izquierdo. No es que se le tuerza la cara, pero cuando camina, se nota perfectamente cómo se inclina hacia un lado. Anda con un bastón.

Normalmente me levanto temprano para tomar mi café sola, pero hoy él también se despertó bastante temprano.

- Buenos días, Dasha - dijo con una sonrisa forzada, y en su frente apareció una arruga de mártir. - Me alegra verte. ¿Estás de buen humor?

- Como siempre -murmuré sin mirarlo. Agarré la taza y me fui a la ventana.

Afuera estaba el jardín. Ese jardín venía cargado de recuerdos.

Involuntariamente, sonreí. Algunas escenas bonitas de repente empezaron a asomar desde la memoria.

El recuerdo más vivo era de aquel invierno, cuando jugábamos en la nieve con mi hermana y su prometido. Nos lanzábamos bolas de nieve, nos empujábamos, nos metíamos nieve por el cuello... ¡Fue tan divertido! Creo que nunca me había reído tanto en mi vida.

Después me enfermé, y Lana me cuidó.

Y claro, Lazarev la maltrató por eso. Siempre fue cruel con ella. Y yo... yo lo odié por eso desde siempre.

- ¡Dasha! - escuché como desde muy lejos. - Te estoy hablando, ¿no me oyes? ¿Estás bien?

Me giré bruscamente y lo miré.

- ¡Perfectamente! -esta vez le sostuve la mirada con descaro.

Lo obligué a bajarla.

Suspiró pesadamente y ya no se atrevió a molestarme más.

De repente, una especie de espantapájaros pelirrojo se deslizó en la cocina y me saludó alegremente, haciéndome dar un salto del susto.

No, no era fea. Al contrario, era bastante guapa...

Pero... Lazarev no reaccionó. En absoluto.

Y eso solo podía significar una cosa: él no la veía.

"Otra vez empieza... Otra vez voy a ver cosas... Otra vez la maldita locura... ¡No puedo más! ¿Por qué ellos? ¿Por qué no veo a quienes realmente quiero ver?" - todo se me atropelló en la cabeza.

La mano me tembló, y casi dejo caer la taza.

- ¿Dasha? ¿Estás bien? -Lazarev se levantó y empezó a acercarse lentamente.

Yo seguía de pie, sintiendo cómo el suelo se me escapaba bajo los pies.

- Ya se me pasará. Solo necesito... recostarme un poco. -murmuré, evitando mirar hacia la pelirroja.

- Puedo ayudarte - dijo la chica.

La miré de reojo, pero no respondí.

La vida me había enseñado a no hablar con las alucinaciones hasta estar segura de que son personajes reales en esta maldita Matrix.

Lazarev seguía sin reaccionar a su presencia.

"¡Mierda! ¿Por qué justo ahora? ¡No quiero volver a tomar esas pastillas!"

La rabia se me subía por dentro. Y de la impotencia, casi se me escapan las lágrimas.

- Veronika, sirve un poco de agua del dispensador - dijo de repente Lazarev, dirigiéndose a aquella criatura inexplicable.

- ¿Veronika? - pregunté, desconcertada.

- Sí, no se quedará mucho tiempo, lo prometo - dijo con tono culpable. - Ya sabes... soy hombre, y a veces necesito...

- No sigas. Me da igual. -lo interrumpí bruscamente y me aparté de un empujón.

Mi mente regresó a su lugar, y con ella, mi cordura.

Miré a la pelirroja y le sonreí con sorna:

- Bienvenida al infierno. Ojalá tengas suficiente cerebro como para largarte de aquí cuanto antes, antes de perderte del todo.

- Dasha, ¿por qué le hablas así? -murmuró Lazarev, desconcertado. - Veronichka, Dasha solo está bromeando, tiene un mal día...

- Estaba teniendo un buen día... hasta que vinieron a arruinarlo. -espeté con rabia, tirando la taza en el fregadero.

No calculé la fuerza. Qué lástima. Me gustaba esa taza.

Aunque... ya era la quinta que rompía "por accidente".

- Félix, su hija es muy simpática. No me molesta en absoluto - dijo Veronika, regalándome una sonrisa resplandeciente.

Sonreí con ironía. Cree que soy su hija. Aunque... técnicamente lo soy. Al menos en los documentos.

Claro, si ignoramos lo que realmente me hizo alguna vez...

Un padre no le hace eso a su hija.

Pero fue hace mucho tiempo. Trato de no pensar en ello.

Al carajo todo. Ese viejo cabrón ya tiene un pie en la tumba.

Le queda poco.

Y entonces... yo seré libre.

Y esa Veronikita, como todas sus muñequitas descartables, seguro piensa que se va a casar con él. Vaya una a saber qué les promete. Pero debe pagarles bien, porque se le pegan como moscas. Siempre jovencitas. ¡Asqueroso pervertido!

Y luego, simplemente... desaparecen de esta casa. Para siempre.

- ¿Qué haces ahí tanto tiempo? -escuché esa voz conocida, y el corazón se me ablandó de golpe. Las lágrimas comenzaron a brotar.

- ¡Lana! ¡¡Lana!! ¡Cuánto tiempo te he esperado! ¿Por qué tardaste tanto en venir?

Cerré la puerta con llave y puse música. Que nadie pudiera escucharnos.

- Tal vez porque te la pasas llorando cada vez que te visito - dijo pensativa, con su tono habitual, siempre burlón.

No alcancé a responder. Ya estaba junto a la ventana, mirando algo en el jardín.

- ¿Ese idiota todavía no quitó las rejas de las ventanas? -se rió.

- ¿Por qué lo haría? Está convencido de que me voy a lanzar al vacío.

Puso cámaras por todas partes...

- ¿Tienes cámaras acá? -empezó a mirar alrededor. - ¿Te espía hasta cuando te cambias?

- Creo que hasta en el baño... -bajé la mirada, tragando el nudo en la garganta.

Mis puños se cerraron solos.

- ¿Y lo dices así, tan tranquila? - Lana me miró sorprendida. - No eres tú...

- ¿Y qué quieres que haga? ¿Pelearme con él? Sabes perfectamente cómo está obsesionado conmigo...

- ¡Ah, cierto! ¡Tú eres su ángel! -soltó una carcajada. - Yo, en tu lugar, lo tendría comiendo de la palma de mi mano. ¡Lo manipularía como a un cachorrito!

- ¡Que se pudra! ¡No lo soporto ni un segundo más! - susurré entre dientes.

- ¿No te da lástima? Se está muriendo...

- Gracias a eso, finalmente creo que el karma existe.

- ¿Y qué vas a hacer con todo su dinero? Eres su única heredera... Te lo dejó todo en el testamento... - insistió Lana.

- ¡Me importa una mierda su dinero! No quiero nada, tú lo sabes. Solo quiero vivir... vivir en paz. Sin rejas, sin guardias siguiéndome a todas partes.

- Sigues siendo la misma tonta de siempre -suspiró Lana. - Con ese dinero podrías cumplir todos tus sueños. A ver... ¿Qué era lo que querías antes? ¿Te acuerdas?

- ¿Hablas de esa estupidez del hogar para niños especiales? - la miré con escepticismo. - Bah, olvídalo. Ya crecí. Eso ya no me interesa.

- Dasha, en estos dos años cambiaste tanto... Ya tienes 22.

Estás a punto de terminar la universidad. Puedes comenzar tu propio proyecto. ¿Por qué no aprovecharlo?

- Lazarev quiere que dirija su empresa - me reí por dentro. - Qué lindo sueño rosa. Me ruega que al menos intente entender en qué demonios trabaja.

- Qué suerte la tuya... y tú ni cuenta te das - negó con la cabeza Lana. - Yo daría lo que fuera por estar en tu lugar.

La miré, y mis ojos se llenaron de lágrimas.

- Y yo daría todo por estar en el tuyo. Para no sufrir más. ¿Se puede saber cómo es ahí? ¿Puedes averiguarlo?

- ¿Qué se puede saber, loca? ¡Y deja de llorar, pareces un monstruo cuando lloras! Si vieras tu cara...

- Anda, vete al diablo, tonta - solté una risita. - Siempre arruinas los momentos emotivos.

Me senté junto a ella y me puse a observar su rostro perfecto.

En estos dos años no había cambiado ni un poco.

- Lana, en serio... me gustaría que estuvieras en mi lugar. Yo moriría por ti.

- ¡No mueras por mí, chiflada! ¡Vive y sé feliz! ¿Te acuerdas lo que te escribí?

- Lo recuerdo -asentí.

Su carta de despedida la leí un millón de veces.

Cada palabra, la lloré.

Cada letra, la viví.

Imaginando cómo la escribió con su mano mientras yo dormía tranquila, sin saber lo que se venía.

- ¿Ya me perdonaste? - preguntó Lana. Esta vez, su voz no tenía ni rastro de sarcasmo.

- Te perdoné...

A la mañana siguiente estaba dibujando en el parque.

Era un retrato de Lana.

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