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Portada de la novela No mientas más

No mientas más

La confianza puede ser un arma de doble filo. En esta historia, la protagonista relata cómo su vínculo con Ana María, una joven aparentemente inofensiva y ajena a las ambiciones sociales, derivó en una traición devastadora. Pese a los constantes errores de su supuesta amiga, ella decidió otorgarle múltiples segundas oportunidades impulsada por la bondad. No obstante, esa fe ciega resultó ser un error trágico, pues la verdadera naturaleza de Ana María nunca cambió.
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Capítulo 2

Año 2006**

El profesor de historia nos dice que hagamos grupos de a dos para hacer una actividad sobre el tema que nos acaba de explicar.

Me levanto para llevar mi pupitre hasta dónde está mi mejor amiga, algunos de mis compañeros hacen lo mismo.

—¡Esperen! —nos dice el profe Edison.

Nos detenemos.

—Cambié de opinión. Yo les diré con quien se van a hacer.

—¡Ahss! ¿pero por qué? —alegamos todos.

—¡Los conozco! Se hacen los mismos de siempre. Y recuerden reunirse cuando ya les haya dicho a todos quien será su pareja, quizás quede un grupo de a tres, ya miramos eso.

Vuelvo a colocar mi pupitre en su lugar, solo espero que me toque con alguno de los juiciosos porque si no, terminaré haciendo todo sola y no es que me crea la sabelotodo porque no soy “un ratón de biblioteca”, pero tampoco soy de las que se conforman con notas mediocres.

—Lorena Meritano —me llama el profe.

—¡Aquí! —respondo.

—Te voy a dejar con Manuel Restrepo.

—Ok —digo volteando a ver a mi compañero.

Manuel me sonríe, yo también lo hago, me hace señas para decirme que él va a venir hasta donde estoy, así que no tengo que mover mi puesto. ¡Bueno! Me agrada que me haya tocado con él. Él es de los que se la pasan persiguiendo chicas de otros salones, pero se trabaja bien con él.

Esperamos a que el profe una a los demás cuando dice…

—Y como no vino Pedraza, no hay grupo de a tres, así que la última pareja es…Ana María Cortés y Juan Pablo Ortega.

Juan Pablo se coloca de pie bruscamente —Yo ni loco me hago con esa loca.

Todos en el salón quedamos sorprendidos por lo que ha dicho él.

—Pues yo tampoco me quiero hacer con usted. ¡Baboso! —expresa Ana María.

—¡Jah! Eso lo dudo, o ¿porqué anda inventando tantas cosas sobre mí? ¡ilusa! Que sueñe conmigo no quiere decir que eso se le haga realidad.

Ella se pone de pie para ir donde está Juan, pero el profesor la detiene.

—¿Qué es lo que les pasa a ustedes dos? Es solo un taller.

—Yo me hago solo profe —insiste Juan.

—No aceptaré trabajos individuales. Ustedes están en grado décimo, no son niños. Acaso díganme: Cuando ustedes tengan que trabajar y les ponen de compañero a alguien que no les agrada, ¿prefieren perder el trabajo? O si hablamos de la Universidad: ustedes están en un grupo, pero uno de sus compañeros se retira o no hace nada y no pueden sacarlo ¿ustedes prefieren sacar mala nota por él?

—Yo sí. Yo prefiero tener incluso un cero a tener que juntarme con ella. Cualquier otra chica menos ella.

—Yo también prefiero un cero —responde Ana.

—Entonces tendrán cero como nota, si quieren recuperarla tendrán que traer un detalle para el otro y entregarlo delante mío para aceptar el trabajo que igualmente deberán entregarme juntos.

—Puff ¿un detalle? —inquiere Juan.

—Así es. Y debería tomarlo como consejo Señor Ortega, debería saber que levantar una nota de cero no es fácil. Ahora siéntese los dos que no quiero que me sigan distrayendo a los demás que sí quieren sacar buena nota y que ahora tienen menos tiempo para entregarme su actividad.

Desde la distancia en la que yo estaba, no podía ver la cara de Ana María y menos cuando estaba de espaldas, pero como ella gira para ir hacia su asiento, puedo ver que le salen lágrimas.

—¡Chicos! Tienen exactamente cuarenta y cinco minutos para que me entreguen sus trabajos.

Veo a Manuel que viene arrastrando su silla.

—Está científicamente comprobado que al levantar los pupitres no se escucha ruidos feos ni se daña el piso ni incomoda a los compañeros —indica el profe.

Manuel sonríe porque entiende que eso fue para él, levanta su pupitre y llega donde estoy.

—¿Cómo has estado Lore?

—Bien, aunque me da pesar Ana María.

—¿Ana María? —me mira extrañado.

Yo afirmo con mi cabeza.

—La verdad ni recordaba que ella existía, casi no se involucra con nadie o eso creo —me dice.

—Sonó horrible eso de que no recordabas que existía, pero sí, a mí me pasa igual.

—No creo que seamos los únicos y Lore, Créeme, ella no necesita el pesar de nadie.

—¿Sabes qué pasó entre ellos?

—No. No tengo ni la menor idea. Pero conozco a Ortega, él no se comporta de esa manera y no es rencoroso, así que seguramente es por algo desagradable.

—¿Y si es un malentendido?

—Lore, no te involucres en eso. Ellos verán como arreglan sus asuntos, recuerda lo que dijo el profe: ya no son niños.

—Tienes razón. Mejor hagamos esto —le señalo los puntos del taller.

—Eso está mejor.

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