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Portada de la novela No más Mañana Dueña Caprichosa

No más Mañana Dueña Caprichosa

Después de siete años de un matrimonio marcado por la indiferencia, Ricardo descubre una traición devastadora durante el Día de Muertos. En redes sociales, ve a su esposa Laura fingiendo estar casada con Pedro, su asistente, para engañar a la familia de este. Cansado de ser invisible y de soportar mentiras, Ricardo expone la farsa públicamente. Pese a las protestas de ella y el desprecio de Pedro, él decide tramitar el divorcio para acabar con la hipocresía.
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Capítulo 2

El olor a cempasúchil y copal llenaba el aire del panteón, una mezcla dulce y sagrada que siempre me recordaba a mi abuela. Llevábamos siete años de casados, Laura y yo, y por séptimo año consecutivo, yo estaba aquí solo en el Día de Muertos.

"La taquería no se atiende sola, Ricardo," me había dicho anoche, con esa voz de jefa que usaba tanto en el negocio como en casa. "Hay que aprovechar la venta, la gente anda con hambre después de visitar a sus difuntos."

Asentí, como siempre. Yo entendía de negocios, al fin y al cabo, había levantado esa taquería con ella, hombro con hombro, desde que era un pequeño puesto en el mercado hasta convertirse en "La Jefa", el lugar más famoso del pueblo. Pero mi abuela era mi abuela.

Mientras limpiaba la lápida de granito, quitando las hojas secas y acomodando las veladoras nuevas, mi celular vibró en el bolsillo de mi pantalón. Era una notificación de Instagram.

Pedro "El Chivo" Ortiz, el "ayudante" de mi esposa, me había etiquetado en una foto.

Abrí la aplicación. La imagen me golpeó con la fuerza de un puñetazo en el estómago.

Ahí estaba Laura, mi esposa.

No estaba en la taquería supervisando la venta. Estaba en otro panteón, uno que yo no conocía, pero que por el paisaje árido, supe que era el del pueblo de Pedro. Estaba arrodillada, sonriendo, mientras ayudaba a Pedro a limpiar una tumba de cemento crudo, adornada con flores de papel baratas. La cercanía entre ellos era evidente, la mano de Pedro descansaba casualmente en su hombro.

El pie de foto era una bofetada.

"Mis papás están encantados con mi 'esposa', hasta le echaron más incienso."

La palabra "esposa" estaba entre comillas, una burla directa, un veneno servido en bandeja de plata digital para que todo el mundo lo viera.

Sentí un frío recorrer mi espalda, a pesar del sol tibio de noviembre. Siete años de excusas, de noches solitarias, de sentirme como el segundo plato. Todo cobró sentido en ese instante.

No sentí ganas de gritar, ni de romper nada. Solo un cansancio profundo, una amargura que se me instaló en la garganta.

Con el pulgar temblando apenas un poco, le di "me gusta" a la foto.

Luego, escribí un comentario. Corto. Preciso.

"Respeto y bendiciones."

Cerré el celular y lo guardé. Terminé de arreglar las flores para mi abuela, encendí el incienso y me quedé un rato en silencio, despidiéndome no solo de ella, sino de una vida entera.

Para cuando regresé al mercado a mi propio puesto de frutas y verduras, el chisme ya corría como pólvora. Mis compañeros, los mismos que me habían visto trabajar de sol a sol durante años, ahora me miraban con una mezcla de lástima y morbo.

"¡Órale, Lobo! ¿Ya viste lo que subió el Chivo?" me dijo Toño, el de las carnitas, con una sonrisa maliciosa.

"Se armó la gorda, mi Ricardo," añadió Doña Elvira, la de los quesos, mientras se santiguaba. "Esa Jefa tuya no tiene vergüenza."

Crearon un grupo de WhatsApp llamado "El Pancho del Lobo". Los mensajes y las capturas de pantalla volaban. Todos especulaban sobre el escándalo que yo armaría en la taquería. Esperaban gritos, platos rotos, un drama digno de telenovela.

Pero yo solo me dediqué a despachar mis guayabas y mis mangos, con una calma que los desconcertaba a todos.

Entonces, mi celular sonó. Era ella. Laura. "La Jefa".

"Ricardo," su voz era severa, sin rastro de culpa. "¿Se puede saber qué demonios te pasa?"

No respondí.

"Sé que Pedro aún es joven y algo torpe," continuó, su tono volviéndose más agudo, "pero no tenías por qué armar un escándalo en redes sociales. ¿Qué van a pensar los demás en la taquería? ¿Cómo va a quedar Pedro en el negocio?"

Silencio. Yo seguía escuchando.

"Además," su voz se suavizó falsamente, tratando de sonar razonable, "Pedro no tiene familia aquí, ¿qué tiene de malo que lo acompañe una vez? La gente como tú, que tiene una familia feliz, no tiene empatía. Borra ese comentario y quita el 'me gusta' de inmediato. Cuando terminen las festividades, me haré tiempo para ir contigo a ver a tu abuela."

Esa vaga promesa, la misma que había escuchado por siete años, fue la gota que derramó el vaso. Una risa seca, sin alegría, brotó de mi pecho.

"No hace falta, Laura."

"¿Cómo que no hace falta? No seas dramático, Ricardo. Haz lo que te digo."

"No," dije, y por primera vez en mucho tiempo, mi voz sonó firme, como la de un hombre que ha tomado una decisión final. "No voy a borrar nada."

Colgué antes de que pudiera responder.

Poco después, recibí otro mensaje. Era Pedro.

"Lobo, perdón, mi Jefa ya me regañó. Fue una broma de mal gusto, no pensé que te fueras a enojar tanto. Para que veas que no hay mala onda, te guardé unos taquitos de pastor."

Leí el mensaje y apagué el teléfono. La hipocresía era sofocante.

Laura no tardó en defenderlo públicamente. En el grupo de la taquería, donde yo todavía estaba, escribió un mensaje para todos.

"Les pido una disculpa por el malentendido. Pedro es como un hermano menor para mí y quise apoyarlo en un día difícil. Lamento que mi esposo, Ricardo, no entienda de lealtad y compañerismo, y haya preferido hacer un circo en vez de hablar las cosas en privado."

La lealtad. Era increíble que usara esa palabra.

Recordé todas las veces que le advertí sobre Pedro. El dinero que faltaba de la caja y que Laura justificaba diciendo que "seguro yo conté mal". Las veces que Pedro "olvidaba" pagarle a los proveedores y yo tenía que salir a dar la cara. Las mentiras, los pequeños robos, las miradas insolentes que me lanzaba cuando Laura no veía.

Cada vez que yo intentaba hablar con ella, la respuesta era la misma.

"Estás celoso porque es joven y tiene iniciativa. Deberías aprender de él en lugar de criticarlo."

El día siguiente, fui a las oficinas del registro civil. El trámite fue más sencillo de lo que pensé. Luego, llamé a un abogado.

Mientras estaba en la oficina del abogado, mi celular sonó de nuevo. Era Laura.

"Ricardo, el proveedor de carne no quiere surtir si no le pagas lo de la semana pasada. ¿Dónde demonios te metiste? Te necesito aquí."

Su voz sonaba desesperada, pero no por mí. Por su negocio.

"Estoy ocupado," respondí con calma.

"¿Ocupado haciendo qué? ¿Sigues con tu berrinche? Te recuerdo que de esta taquería comes tú también. Así que mueve el trasero y ven a solucionar esto."

"Ese ya no es mi problema, Laura."

"¿De qué hablas?"

"Hablo de que ya no trabajo para ti."

Colgué el teléfono. Apagué el celular. Sentí un silencio bendito.

Cuando terminaron las festividades del Día de Muertos, yo ya tenía los papeles del divorcio en mi mano.

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