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Portada de la novela No Llores por lo Perdido

No Llores por lo Perdido

Con el pequeño Ricardo debatiéndose entre la vida y la muerte, su madre enfrenta una realidad devastadora: Mateo y Valentina, su esposo e hija, conspiran para despojarla de su taller cerámico familiar. Tras descubrir que el accidente fue un plan para encubrir un secreto oscuro de hace cinco años, ella decide transformar su dolor en una fría determinación. La traición marca el inicio de una guerra donde impondrá su justicia contra quienes más amaba.
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Capítulo 2

El teléfono sonó justo cuando la enfermera terminaba de ajustar la vía intravenosa en el brazo de Sofía, la llamada de Mateo entró en el momento más inoportuno, como siempre.

"¿Cómo está Ricardo? ¿Ya despertó el doctor? Necesito saber qué pasa", la voz de Sofía era un hilo tembloroso, cargado de pánico y agotamiento.

Llevaban horas en el hospital, desde que la camioneta los había embestido por detrás en un cruce, el impacto había lanzado a su pequeño Ricardo contra el asiento delantero, y el mundo de Sofía se había hecho pedazos.

"Tranquila, mi amor, ya estoy llegando al hospital, el tráfico está imposible por la lluvia", respondió Mateo, su voz sonaba extrañamente calmada, casi distante. "Valentina está conmigo, está muy preocupada por su hermanito".

Sofía cerró los ojos, intentando encontrar consuelo en sus palabras, pero una extraña frialdad se instaló en su pecho, algo no se sentía bien.

Cuando Mateo y Valentina finalmente aparecieron, sus rostros mostraban la cantidad justa de preocupación, Valentina, con sus ojos de muñeca perfectamente maquillados, corrió a abrazarla.

"Mamá, ¿cómo está Ricardito? Papá y yo estábamos tan asustados".

Mateo se acercó y le puso una mano en el hombro, un gesto que antes le daba seguridad y ahora se sentía como una carga.

"El doctor Morales ya lo está revisando, es el mejor, no te preocupes, todo saldrá bien".

Sofía asintió, queriendo creerle, queriendo aferrarse a la imagen de la familia perfecta que se esforzaba por mantener. Se sentía culpable, ella iba conduciendo, ella era la responsable.

"Necesito un poco de agua", murmuró Sofía, su garganta estaba seca por el llanto contenido.

"Claro, mi vida, ahora mismo te la traigo, Valentina, quédate con tu madre", dijo Mateo, alejándose por el pasillo.

Sofía se quedó sola con su hija, observando cómo Valentina sacaba su celular y empezaba a teclear con una velocidad impresionante, sin rastro de la angustia que pretendía mostrar.

Pasaron unos minutos que parecieron eternos, Mateo no volvía y la sed de Sofía se convirtió en una necesidad urgente, se levantó con dificultad, apoyándose en la pared, y caminó lentamente en la dirección que su esposo había tomado.

Al doblar una esquina, escuchó voces, la de Mateo y la de Valentina, se detuvo, sin querer interrumpir, pero las palabras que llegaron a sus oídos la dejaron helada, paralizada en medio del pasillo blanco y estéril del hospital.

"¿Estás segura de que no sospecha nada?", preguntó Mateo, en voz baja.

"Para nada, papá, se tragó todo el cuento, está tan destrozada por el accidente que ni siquiera piensa con claridad, cree que todo es culpa suya".

La risa de Valentina, una risa cruel y fría, resonó en el pasillo.

"Perfecto, el doctor Morales ya está preparando el informe, dirá que la lesión de Ricardo es mucho más grave de lo que parece, que necesita un tratamiento carísimo en el extranjero, con eso, y con la supuesta crisis de mi empresa, no tendrá más remedio que firmar los papeles y cedernos el control del taller y de toda la herencia de su abuelo".

Sofía sintió que el suelo se abría bajo sus pies, el aire le faltaba y tuvo que apoyarse en la pared para no derrumbarse, cada palabra era como un golpe directo al corazón, un veneno que se extendía por sus venas.

"¿Y qué hay del terreno del taller?, ¿ya tienes comprador?".

"Casi, es el proyecto inmobiliario del que te hablé, pagarán una fortuna por esa ubicación, adiós al estúpido taller de cerámica y hola a nuestra nueva vida de lujos, mi reina, justo como te lo mereces".

"Te amo, papá, eres el mejor".

Sofía escuchó el sonido de un beso, y luego sus pasos acercándose, no podía moverse, el shock la tenía prisionera, su cuerpo temblaba sin control, un sudor frío le recorría la espalda.

Había vivido en una mentira, su esposo, el hombre al que le había entregado su vida y su confianza, y su propia hija, la niña que había criado con todo su amor, la estaban traicionando de la forma más cruel y despiadada.

El taller de su abuelo, el legado de su familia, el lugar donde había encontrado su pasión y su refugio, no era más que un obstáculo para la ambición de ellos.

Justo en ese momento, el doctor Morales salió de la habitación de Ricardo, su rostro era una máscara de falsa solemnidad.

"Señora, señor... tengo noticias sobre su hijo".

Mateo y Valentina aparecieron a su lado, sus rostros de nuevo perfectamente compuestos en una mueca de preocupación, Mateo la tomó del brazo, fingiendo darle apoyo.

"¿Qué pasa, doctor? Díganos", dijo Mateo, su voz sonaba genuinamente angustiada para cualquiera que no hubiera escuchado la conversación anterior.

Sofía lo miró, y por primera vez vio al monstruo que se escondía detrás de la máscara de esposo amoroso, vio la codicia en sus ojos, la mentira en su sonrisa.

El doctor suspiró, un suspiro ensayado para dar más dramatismo.

"La lesión es... complicada, el nervio óptico ha sido severamente dañado, me temo que... me temo que su hijo ha perdido la vista del ojo derecho".

El mundo de Sofía se detuvo, el dolor por la traición se mezcló con la agonía de la noticia, una ola de oscuridad la envolvió por completo, y antes de que pudiera pronunciar una palabra, sus piernas cedieron y se desmayó en los brazos del hombre que acababa de destruir su vida.

Mientras la oscuridad la tragaba, un último pensamiento claro atravesó su mente, no se trataba solo del taller o de la herencia, se trataba de Ricardo, de su hijo, y de la crueldad infinita de un padre dispuesto a usar la desgracia de su propio niño para sus fines egoístas.

La lucha apenas comenzaba.

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