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Portada de la novela No Llores Más, Mi Amor

No Llores Más, Mi Amor

Linda cumplió su anhelo de casarse con el hombre que amó en secreto por diez años, pero la dicha fue efímera. En plena noche de bodas, él descubre que ella suplantó a su hermana gemela, desatando un profundo desprecio. Ahora, Linda vive atrapada en un matrimonio colmado de rencor y humillaciones. Aunque busca desesperadamente el divorcio para escapar de su sufrimiento, su esposo se opone con firmeza, negándole la libertad pese al odio que siente.
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Capítulo 3

Luego de escuchar la pregunta, Linda lo miró rápidamente, entonces, logró armarse de valor, y dijo: "Si usted ayuda a mi familia a superar la crisis en la que se encuentra, la influencia del Bo Group en Los City también aumentará, indudablemente. Y, en el momento en que Leona regrese, yo podré cambiar de lugar con ella, después de todo, ella aún es su esposa legítima".

Al escuchar las palabras de la chica, Cecil entrecerró los ojos, pensando, mientras sostenía el cigarrillo entre sus labios. En su rostro no había ni una arruga, por más mínima que fuese, que pudiese delatar lo que pasaba por su mente.

La gemela mayor lo miró directamente a los ojos solo por un momento, pues, la intensidad de la mirada del hombre, la impactó, por lo que, rápidamente, volvió a bajar la cabeza.

El magnate se terminó su cigarrillo, con total tranquilidad y, finalmente, dijo con su voz ronca: "¿Acaso te doy la impresión de ser un hombre que puede dejarse manipular e esa manera?".

Al instante, la chica negó con la cabeza, diciendo: "Haré cualquier cosa por ti, siempre y cuando no expongas este secreto".

"¿De verdad?", preguntó él.

En se momento, Linda levantó la cabeza, con lentitud, y lo miró a los ojos para responder: "Sí, de verdad".

"¿Y qué es lo que podrías hacer?", inquirió él, burlándose. Por su tono de voz, se podía decir que le daba completamente igual, no obstante, su mirada expresaba curiosidad.

"Puedo cocinar y limpiar para usted", dijo ella.

"Podrás notar que ya hay muchos sirvientes aquí, claro, si no eres ciega", espetó Cecil, sin expresión alguna en su rostro.

Al escucharlo, la mujer se quedó sin palabras.

Ella realmente no sabía qué más podía decir.

Tras un largo y pesado silencio, el magnate, finalmente, expresó dos simples palabras: "Ven aquí".

La recién casada estaba un poco aturdida por esas palabras pero, aun así, se levantó de la cama y, lentamente, caminó hacia su esposo. El hombre al cual se acercaba era aquel al que ella había amado durante muchos años, por ello, mientras más se acercaba a él, su nerviosismo aumentaba, cada paso parecía interminable.

Entonces, al fin, se detuvo frente a él, e indagó: "Señor Bo, ¿qué sucede?".

"No estaba al tanto de que la familia Ye tuviera dos hijas", indicó él, para luego, reclinarse en el sillón e inclinar su barbilla hacia la chica.

"Cuando solo tenía siete años, me perdí, entonces, una pareja me llevó a su casa, y fueron ellos quienes me criaron. Fue recientemente cuando, al fin, pude reunirme con mi verdadera familia, así que no mucha gente sabe de eso", explicó Linda, haciendo todo lo posible por no mover sus dedos, y no delatar así su nerviosismo.

Al escucharla, Cecil levantó una ceja, interrogando: "¿Y por qué ellos no anunciaron tu verdadera identidad cuando regresaste?".

La chica no supo qué decir.

¿Cómo podría ella responder aquella pregunta? Leona había sido la única hija de la familia Ye y, por lo tanto, la niña de sus ojos, durante unos largos quince años, es por eso, que no pudo soportar el hecho de tener una hermana gemela. ¿Linda sería capaz de decirle la verdad al hombre?

Sin embargo, después de todo, se mantuvo en silencio absoluto.

Al notar la expresión en rostro de la chica, el magnate bromeó diciendo: "Tal parece que la hija mayor de la familia Ye tuvo dificultades al regresar a casa".

Ella tampoco respondió eso.

El hombre se perdió en sus pensamientos, al tiempo que encendía otro cigarrillo. Tras dar una profunda calada, sopló un aro de humo directamente al rostro de la chica frente a él. De inmediato, Linda tosió, sin poder evitarlo. No obstante, al notar lo silenciosa que estaba la habitación, moderó un poco el sonido.

Repentinamente, el comportamiento de la mujer despertó el interés del recién casado.

Rápidamente, se levantó del sillón y, con la mano con la que sostenía el cigarrillo, levantó la barbilla de la otra. "¿Linda?", sopesó él.

Sin entender lo que él quería decir, ella respondió con un suave: "¿Uhm?".

"Ya que estás dispuesta a ser mi esposa, ¿eso quiere decir que también harás lo que sea que mi esposa necesitaría hacer?", interrogó él, mientras sus ojos parecían atravesar la piel de la chica.

Linda ya era una mujer de veinticuatro años, así que, ella sabía perfectamente lo que él quería decir.

Sus ojos se posaron en la mano que le sostenía la barbilla, luego, la retiró con calma, y le quitó el cigarrillo, entonces, se dio la vuelta y lo apagó en el cenicero.

Al girarse de nuevo hacia el hombre, se inclinó y, poco a poco, se acercó a su rostro, como si quisiera besarlo.

Sin embargo, cuando sus labios estuvieron a tan solo un centímetro de distancia de los de Cecil, se detuvo, repentinamente.

Seguía faltándole reunir un poco más de valor, especialmente, después de notar la mirada lujuriosa del magnate. Se quedó sin aliento por completo al ver eso.

La chica quería retroceder pero, antes de que pudiera hacer algún movimiento, el hombre la sostuvo por la cintura, apretando su cuerpo contra el de ella, para preguntarle: "¿Qué pasa? ¿Por qué no continúas?".

"Yo... No puedo hacerlo", respondió ella.

"¡Buff!".

Bufándose, Cecil apretó a la chica con tanta fuerza, que daba la impresión de querer romperle los huesos. En ese momento, Linda se mordió el labio con fuerza, pero no emitió sonido alguno.

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