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Portada de la novela No les Quedara nada

No les Quedara nada

La existencia de un exitoso futbolista se quiebra tras descubrir la traición de su hermano Javier y su prometida Sofía. Durante cinco años, ambos fingieron un asalto y un embarazo para saquear su patrimonio. Al oír sus burlas crueles, el protagonista decide cambiar su dolor por un plan de justicia. Armado con una grabadora, se prepara para exponer la verdad en el cumpleaños de su abuela. Quienes intentaron destruirlo acabarán perdiéndolo todo.
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Capítulo 2

La llamada de Javier me encontró en el vestuario, el olor a césped y sudor todavía pegado a mi piel.

"Hermano, tienes que volver. Ya."

Su voz, normalmente cargada de un sarcasmo que apenas disimulaba, sonaba extrañamente tensa, casi rota.

"¿Qué pasa? ¿Es la abuela?"

"No, es Sofía. Han entrado a robar en la finca. La han atacado."

El mundo se detuvo, el ruido de mis compañeros celebrando la victoria se convirtió en un zumbido lejano, sentí un frío helado recorrer mi espalda, y el dolor crónico en mi rodilla, esa vieja lesión de guerra, se despertó con una punzada violenta.

"Voy para allá."

Colgué, sin esperar respuesta, y corrí. Don Alejandro, el presidente del club, me vio salir como una bala, con la cara descompuesta.

"¿Mateo? ¿Qué ocurre?"

"Es Sofía."

No necesité decir más, él asintió, una mirada de comprensión y preocupación en sus ojos paternales.

"Ve. El club se encarga de todo."

El viaje a Andalucía fue una tortura de horas interminables, mi mente proyectando los peores escenarios. Cuando llegué, la finca, que debía ser el escenario de nuestra boda en dos días, estaba invadida por la policía. Encontré a Sofía en el salón, envuelta en una manta, temblando. Mi hermano Javier estaba a su lado, con una mano protectora en su hombro.

Corrí hacia ella y la abracé, sintiendo su cuerpo frágil contra el mío.

"Mi amor, estoy aquí."

Ella sollozó en mi pecho.

"Mateo… fue horrible. Eran dos, me golpearon… querían las joyas, el dinero…"

La miré, su rostro pálido, un hematoma empezando a florecer en su mejilla. La culpa me devoró. Yo debería haber estado aquí, no a cientos de kilómetros persiguiendo un balón.

"Es mi culpa. Lo siento tanto."

Javier me miró, sus ojos llenos de un reproche silencioso que me hizo sentir aún peor.

"La encontré yo, estaba en el suelo, inconsciente."

Me arrodillé frente a Sofía, tomando sus manos frías.

"Nos casaremos, Sofía. Pasado mañana, como estaba planeado. No dejaré que estos monstruos nos quiten eso. Te juro que pasaré el resto de mi vida protegiéndote. Nunca más te sentirás así."

Ella levantó la vista, sus ojos llenos de lágrimas, y asintió débilmente.

"Te amo, Mateo."

"Y yo a ti."

En ese momento, mi amor por ella era lo único real, una promesa incondicional forjada en el miedo y la culpa.

Dos meses después de la boda más sombría y apresurada que uno pudiera imaginar, Sofía me dio la noticia. Estábamos en nuestra casa de Madrid, una tarde lluviosa que hacía que mi rodilla palpitara con un dolor sordo.

"Mateo, estoy embarazada."

La miré, la caja de un reloj de lujo que acababa de regalarle todavía abierta sobre la mesa. Sentí que el suelo se abría bajo mis pies. Era imposible. Una lesión de juventud, confirmada por los mejores médicos del país, me había dejado estéril. Además, entre la pretemporada, los viajes y la Champions, apenas habíamos compartido la cama.

Pero vi la ilusión en sus ojos, su mano acariciando su vientre plano. Recordé su cuerpo temblando en mis brazos en la finca, el terror en su voz. Había sufrido suficiente. Este niño, fuera de quien fuera, era su ancla, su esperanza. Y yo le había jurado protegerla.

Forcé una sonrisa.

"Es la mejor noticia del mundo, mi amor."

Me levanté y la abracé, enterrando mi rostro en su pelo para que no viera la tormenta que se desataba en mi interior. Sería mi hijo. Lo amaría como si lo fuera. Era mi deber. Mi penitencia.

La mentira se instaló en nuestra casa, cómoda y silenciosa, hasta que un día, todo se hizo añicos.

Volvía de un entrenamiento antes de lo previsto, una pequeña molestia en la rodilla me dio la excusa perfecta para escapar. La casa estaba en silencio. Subí las escaleras sin hacer ruido, pensando en sorprender a Sofía.

Pero me detuve en el pasillo, al oír voces provenientes de nuestro dormitorio. La voz de Sofía, y la de Javier.

"¿De verdad se lo ha tragado? ¿Lo del embarazo?"

Era la voz de mi hermano, cargada de burla.

"Completamente. Es tan noble, tan predecible. Cree que es su deber proteger al 'pobre angelito traumatizado' ."

La risa de Sofía fue como un cristal rompiéndose en mi cabeza.

"El robo fue una genialidad, Javi. La boda estaba asegurada. Y ahora, con el bebé en camino, su fortuna es prácticamente nuestra."

"Cinco años, Sofi. Cinco años llevamos riéndonos de él a su cara."

"Y los que nos quedan. Cuando nazca nuestro hijo, Mateo no será más que nuestro cajero automático personal. Se desvivirá por el niño, su culpa no le dejará ver la verdad."

Me apoyé contra la pared, el aire se negaba a entrar en mis pulmones. El dolor en mi rodilla se volvió agudo, insoportable, un eco del dolor que me desgarraba por dentro. Mi hermano. Mi prometida. Cinco años. Nuestro hijo.

No era mi hijo. Era el hijo de mi hermano.

La traición era tan vasta, tan profunda, que no sentí rabia, solo un vacío helado. La ilusión se había roto, y en su lugar solo quedaba una verdad fea y retorcida.

Me di la vuelta, bajé las escaleras con el mismo sigilo con que había subido, y salí de la casa que ya no era mi hogar. Caminé sin rumbo, hasta que mis piernas me llevaron a la única persona en la que podía confiar.

Llamé al timbre de Don Alejandro. Cuando me abrió, debió ver la muerte en mi cara.

"Mateo, hijo, ¿qué ha pasado?"

Entré y me derrumbé en su sofá. Le conté todo. La conversación, el embarazo, los cinco años de mentiras. Él escuchó en silencio, su rostro endureciéndose con cada palabra.

Cuando terminé, me puso una mano en el hombro.

"¿Qué quieres hacer?"

Levanté la vista, mis ojos secos, mi decisión tan fría y afilada como el hielo.

"Quiero un divorcio. Discreto, rápido. Y quiero aceptar esa oferta del club de Japón. Quiero desaparecer."

Don Alejandro asintió lentamente.

"Lo arreglaré. Pero, Mateo, la justicia tiene muchas formas."

"Lo sé" , respondí. "Y la mía acaba de empezar."

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