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Portada de la novela No Juzgues La Portada. Ahora contada por ellos

No Juzgues La Portada. Ahora contada por ellos

Después de descubrir el mundo de Amelia, esta obra nos invita a explorar la perspectiva de los hombres que marcaron su destino. A través de sus propios ojos, se desvelan las emociones ocultas y los secretos que guardaban en silencio. Conoce los tormentos internos de Rámses, las verdaderas ambiciones de Fernando y los sentimientos más profundos de Gabriel. Un relato esencial que completa la trama revelando lo que latía en el corazón de ellos.
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Capítulo 1

Terminé de arreglar las cosas en mi nueva habitación. Después de tantas mudanzas ya estoy más que acostumbrado a hacerlo, pero sobre todo a viajar con los justo y necesario. Ya incluso identifico lo que necesito dentro de mi habitación: una cama, una cómoda, una mesa, un escritorio, un closet, no menos de tres tomas de electricidad, al menos una ventana, mi propio baño. Así que cuando mi papá comienza a buscar casa para nuestro nuevo hogar, ya sabe que buscar, porque Gabriel también tiene sus propias especificaciones.

La puerta de mi habitación se abre y mi hermano entra, lanzándose sobre mi cama.

—Mañana llegarán las pesas e instalarán las barras. ¿Vemos una película?

No es que no me guste hablar, es que aunque dijese que no, él igual no se iría y eso a pesar de que a veces pareciera que podemos comunicarnos con la mente. Toma su laptop y da play a la película que el escogió sin consultarme.

Tumbados en mi cama vemos la película como siempre acostumbramos a pasar las primeras noches en nueva ciudad, aunque debo hacerme la idea de que así deberán ser nuestras noches, de ahora en adelante. Mi papá fue más que claro en esta oportunidad, tendremos que terminar el Instituto acá y una nueva mancha en nuestros expedientes académicos y tendremos que decirle adiós a la universidad. Con mucha suerte nos hemos podido librar de los problemas anteriores, aunque más que suerte ha sido influencia diplomática y Mike.

Mike nos ha sacado de tantos apuros legales, que si nos cobrase, tuviésemos que vender nuestros órganos solo para amortizar la deuda. Por las suculentas ganancias es que a Gabriel le comenzó a llamar la atención estudiar para abogado, aunque después genuinamente se enamoró de la carrera.

—¿Dormimos de cucharita?—preguntó con sorna Gabriel cuando le comenzó a dar sueño. Era su forma siempre de avisarme que se quedaría a dormir conmigo.

—No quiero tu polla en mis nalgas—aclaré— otra vez...

—Ya te dije que estaba tomado, borracho no cuenta—se excusó entre risas mientras apagaba la luz.

Le di un codazo que lo hizo reír con fuerza.

***

—¿Puedes dejar de ser tan gruñón?—su pregunta era más una exigencia. Me encogí de hombros porque no pretendía hacerlo.

—Es un uniforme ridículo. Te ves como un imbécil.

—En realidad yo me veo muy bien—terció Gabriel—tu, con todos tus tatuajes si te verás como un imbécil con esta corbata.

No se lo refuté, era cierto. Por esa misma razón no me la coloqué, así como tampoco llevaría la estúpida chaqueta azul marina. Por norma general de mi padre, debía esperar un tiempo prudencial antes de mostrarle a todos mis tatuajes. Él no tenía ningún problema con que me tatuase, pero podía ser una "mala influencia" para los otros. Gabriel, en cambio llevaba toda la indumentaria del instituto, el adoraba seguir las reglas a pie de letra, por lo menos las más simples y menos atractivas de ser rotas.

Llegamos al Instituto y de inmediato muchas miradas nos siguieron a nuestro paso, era lo mismo siempre sin importar la ciudad, el país o el continente. Y Gabriel era el mismo, repartiendo sonrisas a diestra y siniestra, luciendo amigable, cuando en realidad esta evaluando a cada chica que mira.

— Déjame hablar a mí, la ultima presentación que hiciste no salió muy bien—Gabriel avanzó hasta el salón donde nos tocaba la primera clase.

—Oh, aquí están—dijo la profesora en cuanto nos vio acercarnos y dio una pequeña presentación a la clase cuando entramos.

—E Rámses- Es Rámses— tuve que corregir a la profesora cuando pronunció mal mi nombre. Odiaba que lo hicieran.

Gabriel comenzó a presentarnos, hablando intencionalmente en Portugués.

Presumido

Él notó mi bufido y su venganza personal fue decir que ambos éramos de Portugal. Eso también lo odiaba. En realidad hoy odiaba todo. Temprano, la directora nos avisó que nos asignarían tutores que nos ayudarían a nivelarnos en las clases. No nos hacía falta, el nivel de estudio que traíamos de nuestro antiguo instituto era superior. Y Gabriel, en vez de negarse como hice yo, aceptó gustoso. "Será una oportunidad para integrarnos" me dijo,

—¿Hablan otros idiomas?—escuché a la profesora preguntar

— Cette suce – esto es una mierda—refunfuñé más alto de lo que esperaba y crucé los brazos sobre mi pecho. Solo quería que esta tortura acabase.

Pasé la vista por el resto del salón, todas las féminas miraban embobadas a Gabriel quien no dejaba de exhibir los años de ortodoncia que le dejaron una sonrisa de revista. La misma que tenía yo, aunque sin ortodoncia para su envidia. Solo un par de ojos me miraban a mí, una chica sentada al fondo del salón, con su cabello castaño rebelde, me escrutaba con detenimiento. Cuando notó que la miraba centró su atención en la chica sentada a su lado, (quien asumiré es su amiga) completamente ruborizada que trataba de evitar a toda costa mirar a Gabriel.

Antes de que la profesora continuara con su interrogatorio y cansado de estar parado como un idiota frente a todo el salón, pasé al lado de mi hermano y me encaminé hasta los últimos asientos disponibles, sentándome al lado de la castaña, quien sería de acuerdo a lo que la profesora acababa de anunciar nuestra tutora.

—Creo que deberíamos buscar a las tutoras—le sugerí a Gabriel tratando de sonar despreocupado

—Tu mismo lo dijiste, no nos hace falta—terció con ganas de irse a la casa de una vez, aunque aún faltaba unas clases más.

—No quiero problemas con papá. A estas alturas ya debe saber de las tutorías y será lo primero que preguntará cuando llame.

Gabriel soltó una pequeña maldición y resignado me siguió a la dirección. Allí la directora se mostró más que complacida en ayudarnos a localizar a nuestras tutoras y nos pidió que la siguiéramos hasta un viejo salón de laboratorio en desuso, donde al parecer solían reunirse.

Nerd y antisociales, todo un estereotipo.

Frente a nosotros se encontraban Amelia, la castaña del salón, y Marypaz, su tímida amiga, que seguía sin poder mirar por mucho tiempo a Gabriel; y éste a sabiendas de lo que le causaba, se sentó en el mesón frente a ella. Yo permanecí en la puerta, la castaña continuaba mirándome con fijeza, como si mi sola presencia le molestase.

Gabriel intentó sacarle conversación a Marypaz, pero no había forma de que esa chica lograse hablar, finalmente fue Amelia quien terminó respondiendo. Nos ofreció sus cuadernos para sacarle copias a las clases pasadas y volví a cuestionar en voz alta la necesidad de que necesitáramos tutoras.

Pero para mi sorpresa, Amelia entendió lo que dije, no creo que hablase francés, pero su intuición me dejó en evidencia.

Cruzó sus brazos sobre su pecho, haciendo que su camisa blanca se ajustara a su figura, una que permanecía oculta debajo de ese ridículo uniforme que le quedaba una talla más de la que debería usar. Me miró directo a los ojos cuando me recordó que eran las de mayor promedio en el Instituto y que la necesitábamos para poder aprobar. Sus ojos eran café, pero con bordes verdes, una mezcla que no había visto antes y que me dejó sin palabras, a pesar de que quería refutarle y restregarle un poco nuestros índices académicos.

Gabriel me sonrió con suficiencia ante mi repentino mutismo y solo para evitar sus burlas, alcé una de mis cejas hacia la castaña. Cuando el timbré anunció que debíamos regresar a las próximas clases, acompañamos a las chicas hasta el salón. Gabriel no perdió la oportunidad de intentar conversar con Marypaz, ella representaba para él todo un reto, además de que era una chica bastante linda y dulce a simple vista. Pero yo caminaba al lado de Amelia, ella se fijaba en la pareja que caminaba delante de nosotros y no me vio mirándola.

Su piel era blanca y de porcelana, algunos lunares adornaban su rostro. Sus labios eran rosas y ligeramente gruesos. Su cabello castaño oscuro, casi negro, hacía que el verde de sus ojos resaltase. Tenía unos bucles ligeros que insistían en escaparse de la precaria coleta con el que intentó domarlo. Su figura era otra cosa, la camisa blanca del instituto no dejaba apreciar sus curvas delanteras, pero me permití una buena mirada en el salón minutos antes.

Dejé que se adelantara un solo paso y aproveché para ver su trasero. Era redondo, firme y se balanceaba de un lado al otro con cada paso que daba. Mi entrepierna lo aprobó de inmediato, así que tuve que despegar la vista de su retaguardia y concentrarme en llegar al salón, si no quería pasar el resto del día con una molesta erección.

***

—¿Terminaste con los apuntes de Amelia?—preguntó mi hermano desde la puerta. En respuesta, solo asentí.— Tenias razón con respecto a las tutorías, papá ya estaba enterado, fue lo primero que me preguntó.

—Te lo dije. Resalté las palabras que no se entienden—puntualicé—, para ser mujer su escritura es fatal.

—No está tan mal—la defendió—, pero bien puedes tu preguntarle.

—No estoy interesado en interactuar con ella más de lo que tú me obligas a interactuar con el resto del Instituto.

Él se encogió de hombros. En menos de una semana, y aprovechándose de ser lo novedoso del Instituto, Gabriel había interactuado con toda la población masculina y femenina, arrastrándome a mí en el proceso.

—La próxima semana estará llena de exámenes—le notifiqué revisando el archivo que llevaba en mi laptop, donde organizaba las clases y las evaluaciones.

Gabriel se tumbó a mi lado y le gruñí cuando atrajo la computadora hasta él.

—Mierda, es más de lo que esperaba.

—Si. Tendremos que pasar el fin de semana estudiando. Como papá nos vea una mala nota... no lo quiero ni imaginar

—Digámosle a Marypaz y a Amelia. Con su ayuda terminaremos más rápido.

Torcí el ceño, Amelia seguía actuando como si mi presencia la incomodase y aunque era gracioso verla molesta, y hasta disfrutaba molestarla, quería saber el repentino interés de Gabriel con las tutoras.

—Háblame claro y sin rodeos, y puede que acceda—le dije poniéndome en pie para tomar una ducha.

Él soltó un bufido cansado, como lo hacía cada vez que lo pillaba con las manos en la masa: —Es por Marypaz—se confesó.

—Bien. Organiza el día de estudio—no le diría que sentí un alivio que mencionara a Marypaz en vez de a Amelia.

Gabriel ladeó su sonrisa y se levantó de mi cama

—El domingo podríamos irnos a la playa, pasar el día con las chicas, verlas en traje de baño...

—Solo el día de estudio... por los momentos—soltó un bufido como si supiera que tarde o temprano se saldría con la suya.

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