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Portada de la novela No Juzga Por Su Portada

No Juzga Por Su Portada

Sofía llega a la Ciudad de México con el corazón lleno de ilusiones por conocer a Ricardo, su pareja virtual. Sin embargo, su entusiasmo se desmorona al oírlo burlarse cruelmente de su origen humilde frente a sus amigos. Mientras un extraño la defiende de tales humillaciones, ella decide no dejarse pisotear. Impulsada por una fría determinación, Sofía se presentará en la cita pactada, pero esta vez con un plan inesperado que cambiará el rumbo del encuentro.
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Capítulo 2

El aire de la Ciudad de México era espeso y pesado, muy diferente a la brisa salada de mi pueblo pesquero. Apreté la correa de mi mochila, el corazón me latía con una mezcla de nervios y emoción. Después de meses de chatear en línea, por fin iba a conocer a Ricardo, mi novio. Para mí, él era un príncipe, el heredero de una familia rica de la capital, y yo, Sofía, una simple chica de pueblo, había ganado su corazón. O eso creía.

Llegué al café media hora antes, la ansiedad me carcomía. Era un lugar elegante, con sillones de terciopelo y olor a café caro. Para calmar los nervios, fui al baño. Al salir, me detuve en el pasillo al escuchar una voz familiar que venía de una mesa cerca de la entrada, oculta por una gran planta.

Era la voz de Ricardo.

Me quedé quieta, el cuerpo se me puso rígido. No quería espiar, pero las palabras que escuché me paralizaron.

"Neta, güey, no sé en qué estaba pensando", decía Ricardo, con un tono de burla que nunca había usado conmigo. "La morra es de un pinche pueblo pesquero, ¿te imaginas? Seguro llega oliendo a pescado".

Las risas de sus amigos resonaron en el lugar. Sentí un frío que me recorrió la espalda.

"¿Y entonces para qué la hiciste venir hasta acá?", preguntó otro.

"Pues para cotorrear un rato, ¿no? Ver qué tan ingenua es la pobre. Le dices tres palabras bonitas y se derrite", respondió Ricardo, y su risa fue la más fuerte de todas. "Pero ya me dio hueva. La neta, su foto de perfil seguro tiene más filtros que nada. A ver si no me sale con una sorpresa".

Mi corazón, que antes latía de emoción, ahora se sentía como una piedra en mi pecho. Cada palabra era un golpe. "Pobre e ingenua". Así me veía él.

"Qué hueva tener que lidiar con ella", continuó Ricardo, con un suspiro exagerado. "Necesito que alguien me haga el paro. Ve tú, güey, y despáchala. Dile que me surgió una emergencia, no sé, invéntale cualquier cosa. Dale unos mil pesos para su camión de regreso y ya".

El silencio se instaló por un momento. Yo seguía ahí, paralizada detrás de la planta, apenas respirando. ¿Despacharme? ¿Como si fuera un paquete no deseado? La humillación me quemaba por dentro.

"No mames, Ricardo. Eso está muy manchado", dijo una voz nueva. Una voz más grave, más tranquila. No la reconocí. "La chava cruzó medio país para verte".

"Ay, ya vas a empezar de moralista, Eduardo", se quejó Ricardo. "Es solo una chava equis. Hay miles como ella. ¿O qué, quieres ir tú? Ándale, ve y despáchala. Te la regalo".

Eduardo. Así que ese era su nombre.

No hubo una respuesta inmediata. Podía sentir la tensión desde mi escondite. ¿Quién era ese tal Eduardo? ¿Y por qué, por un instante, pareció defenderme?

Decidí que no iba a salir corriendo. No le iba a dar esa satisfacción. Con los dedos temblando, saqué mi celular y le envié un mensaje a Ricardo.

"Ya casi llego, mi amor. Estoy a una cuadra. ¡Qué emoción!".

Mi pulso estaba acelerado, pero no por la emoción. Era furia. Una furia fría y decidida. Iba a ir a esa cita. Y ellos no sabían lo que les esperaba.

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