Portada de la novela No Fui Su Incubadora, Soy Su Dueña

No Fui Su Incubadora, Soy Su Dueña

9.7 / 10.0
Tras años de traición, Estrella descubre que su esposo planeaba usarla como incubadora. Como heredera de Rocco Pujol, esta billionaire rompe sus cadenas en una historia de venganza y justicia. Lee esta romance novel y descubre cómo reclama su poder en esta cautivadora mystery story.
Resumen de No Fui Su Incubadora, Soy Su Dueña
Engañada por su esposo y su propia hermana, Estrella descubre que solo pretenden usarla como gestora de un hijo para luego eliminarla. Ignorada por su familia y vendida al mejor postor, nadie sospecha que es la verdadera heredera del poderoso Rocco Pujol. Tras destruir sus planes y liberarse de la humillación, ella resurge con una fuerza imparable. Lista para cobrar su venganza, exige el divorcio tras arruinar a sus rivales y reclamar su legítimo imperio.
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No Fui Su Incubadora, Soy Su Dueña Capítulo 1

En nuestro tercer aniversario, me puse lencería de seda esperando que mi esposo por fin me tocara.

Él me miró con asco y me dijo que ya había programado una fecundación in vitro para no tener que acostarse conmigo.

Esa misma noche, descubrí que su "amor" y sus besos eran para mi propia hermana de crianza, Felipa.

Escuché detrás de la puerta cómo se burlaban de mí.

Planeaban usarme como una simple incubadora para darles un heredero y luego desecharme como basura para ser felices juntos.

Mi familia biológica me había vendido como ganado para salvar sus empresas, y mi esposo solo esperaba el bebé para deshacerse de mí.

Lo que ellos no sabían es que yo no soy la sumisa Estrella Mascaraque que creen.

Soy la hija adoptiva y única heredera de Rocco Pujol, el magnate más poderoso de México.

En el hospital, estrellé la tableta con los embriones contra el suelo, rompiendo sus cadenas para siempre.

Ahora he regresado, no como su víctima, sino como la dueña de las empresas que acabo de llevar a la quiebra.

"Señor Navarro, firme el divorcio o prepárese para vivir en la calle".

Capítulo 1

Estrella POV:

El regalo de nuestro tercer aniversario de bodas yacía olvidado en la mesita de noche. Era un pequeño y elegante reloj. Representaba el tiempo que creí nuestro. No era el primer regalo que Mauricio despreciaba. Pero fue el primero que me hizo sentir que mi propio tiempo se estaba agotando.

Mauricio y yo éramos extraños viviendo bajo el mismo techo. Nuestras noches eran silenciosas. Nuestras camas, frías. Habíamos prometido amor y compañía. Pero solo la soledad me abrazaba. Hoy, quería cambiar eso.

Me vestí con la lencería de seda que había guardado. Era el que él me había regalado al inicio, antes de que el hielo se instalara entre nosotros. Encendí las velas. Preparé su bebida favorita. Cada movimiento era una oración silenciosa. Una esperanza de que esta noche, por fin, nos reencontraríamos.

Él entró en la habitación. Su figura alta proyectaba una larga sombra. Mis ojos buscaron los suyos. Pero los suyos evitaron los míos. Le ofrecí una sonrisa. Era una invitación. Su mirada se posó en mí. Era fría. Sin una pizca de deseo.

"¿Qué estás haciendo, Estrella?" Su voz fue un látigo.

Me encogí. El calor de la esperanza se desvaneció. Se fue en el aire gélido que lo rodeaba. "Es nuestro aniversario, Mauricio. Pensé que…"

Él se rió. Una risa vacía. Una risa cruel. "¿Pensaste que te tocaría? ¿Que te haría el favor de fingir una intimidad que no siento? Te equivocas" . Cruzó los brazos. Su mandíbula estaba apretada. "Ya he hecho los arreglos para lo del bebé. Fecundación in vitro. Así tendremos un heredero sin que yo tenga que… tocarte por error" .

Las palabras de Mauricio me golpearon como un puñetazo en el estómago. Un heredero. Sin tocarme. Me quedé helada. El corazón era un témpano. ¿Era esto todo lo que yo valía? ¿Un vientre? ¿Un recipiente para la continuación de su linaje? Mi mente se nubló. Intentaba comprender la crueldad. La humillación directa.

Esa noche, el sueño me abandonó. Las palabras de Mauricio resonaban en mis oídos. Una y otra vez. Me levanté. La cabeza me daba vueltas. Necesitaba respuestas. Algo que diera sentido a este tormento. Mi teléfono, un oráculo silencioso, parecía la única esperanza.

Mis dedos volaron sobre el teclado. Busqué frases: "matrimonio sin intimidad", "esposo me desprecia", "FIV sin consentimiento". Cada resultado, un reflejo distorsionado de mi propia realidad, me sumía más en la desesperación.

Las historias, los consejos, los foros… Parecían hablar de todo y de nada. ¿Era esto normal? ¿Era yo el problema? Cuanto más leía, menos entendía. La pantalla brillante solo amplificaba mi confusión. Mi dolor.

El amanecer se asomaba por la ventana. Mauricio no estaba a mi lado. El hueco en la cama, frío y vacío, era un espejo de mi propio corazón. Un nudo se formó en mi garganta. ¿Dónde estaba él?

Un sonido llegó a mis oídos. Débil al principio. Luego más claro. Risas. Susurros. Venían del despacho de Mauricio, abajo. Mi sangre se heló. Un instinto, primario y afilado, me impulsó a bajar. A ver.

La puerta del despacho estaba entreabierta. Mi mano tembló al empujarla. Lo que vi me robó el aliento. Mauricio, en sus brazos, no estaba solo. Sus labios, que me habían negado un beso hacía horas, estaban ahora sobre… otra persona.

Felipa. Mi hermana de crianza. Su risa, antes tan melodiosa, sonaba ahora hueca. Burlona. Mi cuerpo se tambaleó. No era solo la traición de Mauricio. Era la puñalada de Felipa. La mujer que mis padres biológicos preferían. La que había crecido a mi lado.

Los susurros se hicieron audibles. "Mi Felipa" , escuché decir a Mauricio. Su voz llena de una ternura que nunca me había mostrado. "Mi amor" . Esas palabras, destinadas a mí en los votos nupciales, se habían convertido en ceniza en sus labios.

El mundo se desmoronó a mi alrededor. Las lágrimas, calientes y amargas, cegaron mis ojos. No pude respirar. Me di la vuelta, tropezando con mis propios pies, y corrí. Corrí sin rumbo. Con el corazón destrozado en mil pedazos. El estómago revuelto por el asco y el dolor.

Mi huida me llevó a la cocina. Un lugar seguro en mi mente. Pero la suerte, o el destino, tenía otros planes. Sobre la encimera, brillante y olvidado, yacía el teléfono de Mauricio. Un escalofrío me recorrió. ¿Debía…?

Mis dedos se cernieron sobre la pantalla. La moral me gritaba que me detuviera. Pero la desesperación era más fuerte. La curiosidad, una bestia hambrienta, me empujó. Un simple toque, y el mundo de Mauricio se abrió ante mí.

Un chat abierto. Un nombre: "Ramiro, el de siempre" . Deslicé hacia arriba, mis ojos devorando las palabras. Un plan. Un matrimonio. Un heredero. Mi corazón se encogió. ¿Qué era esto?

El último mensaje era una bomba. "La mantendremos atada hasta que el heredero nazca. Luego, la soltaremos. Nadie se interpondrá entre tú y Felipa" . Las palabras danzaban ante mis ojos. Una cruel sinfonía de engaño. No era solo una aventura. Era una conspiración.

Recordé la insistencia de mis padres Mascaraque. "Es por el bien de la familia, Estrella" . "Navarro es un buen partido" . Yo, la hija "recuperada" , la intrusa. Me habían vendido. Literalmente. Una marioneta en un juego de poder y avaricia.

Todo estaba escrito. La FIV. El heredero. Y luego… la eliminación. Me descartarían como un objeto inútil. Una vez que hubiera cumplido mi propósito. El futuro que creí tener, se desvaneció en un instante. Reemplazado por un abismo de traición.

Yo no era solo Estrella Mascaraque. Era Estrella Pujol. La hija adoptiva del magnate Rocco Pujol. El hombre más rico de México. Había regresado por un tonto sentido de lealtad de sangre. Solo para ser tratada como un ganado. Una incubadora.

Mis padres biológicos, los Mascaraque, me habían forzado a esto. "Es tu deber, Estrella" , me habían dicho. Su familia, en decadencia, necesitaba la alianza con los Navarro para sobrevivir. Y yo, su "hija" biológica, era el peón perfecto.

Mauricio, al principio, había sido diferente. Atento. Casi encantador. Recuerdo el rescate. Aquella vez en la hacienda cuando casi me ahogo. Él me sacó del agua, sus brazos fuertes. Me había prometido protegerme. Me había prometido amor.

Poco a poco, mi corazón, antes herido y desconfiado, se había rendido. Había creído en su mirada. En sus palabras. Había anhelado su toque. Su afecto. Me había enamorado de la idea de un hogar. De una familia. De un amor que me rescatara de la soledad.

Pero después de la boda, todo cambió. Sus ojos se volvieron distantes. Su toque, inexistente. Me había convertido en una habitación vacía en su vida. Esperando una calidez que nunca llegaría. Un fantasma en mi propio matrimonio.

Ahora lo entiendo. Su cuerpo no era para mí. Ni siquiera su falsa promesa de afecto. Todo era para Felipa. Él me negó la intimidad porque se la guardaba a ella. Yo era una farsa. Un mero contrato.

¿Por qué? ¿Por qué me hicieron esto? ¿Qué había hecho yo para merecer tanto desprecio? Tanta humillación. Mi amor. Mi lealtad. Todo pisoteado. ¿Quién era yo, realmente? ¿Un objeto? ¿Una transacción?

El dolor era físico. Un cuchillo retorciéndose en mi pecho. Las lágrimas, antes esporádicas, ahora caían a torrentes. Empañando mi visión. El teléfono de Mauricio se deslizó de mis dedos. Su pantalla brillaba con la cruel verdad.

Justo entonces, un sonido familiar. Mi teléfono. El nombre de mi madre adoptiva, Elena Pujol, iluminó la pantalla. Un rayo de luz en mi oscuridad. ¿Cómo podía sonar tan normal el mundo, mientras el mío se desmoronaba?

Cogí el teléfono. Mi voz apenas un susurro. "¿Estrella, mi amor? ¿Todo bien? No te escucho muy animada" . Su voz, suave y preocupada, me envolvió como un cálido abrazo. "¿Por qué no vienes a pasar unos días con nosotros? Tu padre y yo te extrañamos muchísimo" .

No pude contenerme más. El dique se rompió. Un sollozo desgarrador brotó de mi garganta. Y las palabras se ahogaron en lágrimas. "Mamá… yo… no puedo más…"

Entre sollozos, apenas pude articular: "Quiero volver a casa, mamá. Quiero volver con ustedes" .

Al otro lado de la línea, el tono de mi madre cambió al instante. Su voz se endureció. Se volvió protectora. "¿Qué dices? ¿Qué te han hecho, mi niña? ¿Estás bien? Dime ahora mismo qué pasa" .

No contesté, solo lloré. "No importa" , dijo ella. Su voz ahora férrea como el acero. "Empaca tus cosas. Mando el jet privado ahora mismo. Estarás en casa en unas horas. No necesitas dar explicaciones, solo ven" .

Ella continuó. Su voz llena de un amor incondicional que contrastaba brutalmente con mi realidad. "Eres mi hija, Estrella. No dejaré que nadie te lastime. Nadie. Eres una Pujol, y eso lo cambiará todo" .

Los Pujol. Rocco, mi padre adoptivo, era el hombre más rico de México. Un magnate de las telecomunicaciones con un imperio que abarcaba continentes. Su nombre era sinónimo de poder. De una influencia que los Mascaraque y los Navarro ni siquiera podían imaginar.

Ellos me habían dado todo: una educación. Amor. Un hogar de verdad. No esperaban nada a cambio. Solo mi felicidad. Había renunciado a todo eso por una lealtad de sangre que ahora sabía que era una farsa.

Me había quedado por Mauricio. Por la promesa de un amor que nunca fue real. Por esa deuda de gratitud por un rescate que ahora, sospechaba, era una cruel manipulación. Pero se acabó. Se acabó.

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