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Portada de la novela NAHIBARU -Dios o mítologia

NAHIBARU -Dios o mítologia

A principios del siglo XX, en la profundidad de la Amazonía, un grupo de trabajadores madereros interrumpe su labor tras toparse con una entidad ancestral y espeluznante. Este hallazgo accidental en la selva desata una serie de eventos letales que involucran a nuevos personajes en una lucha por la supervivencia. Mientras el peligro acecha, se irán desvelando los misterios y el origen real de este ser legendario que ha custodiado el bosque por siempre.
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Capítulo 3

Mientras cae la tarde sobre las copas de los árboles y el extenso paraje, el cielo se tiñe de matices ardientes, dando tonalidades increíbles a una hermosa jungla que no necesita más colorido y sí mucho más respeto y admiración, porque es una cuna natural de incontables especies animales y vegetales, que poco a poco son desplazadas y eliminadas por el destructor ser humano.

Aunque durante toda la noche perduró el miedo y la expectativa de ser sorprendidos por algo indeseado, los vigías y en general, casi todos estuvieron alertas. No fue hasta la mañana siguiente cuando ya extinguían las llamas de las fogatas y apagaban los faroles, que comenzaron a llegar las otras partidas y los indígenas, los ladridos de una decena de perros acercándose les llenaba de seguridad; si bien la noche había transcurrido en una calma que únicamente fue quebrantada antes del amanecer por lejanos rugidos de un jaguar atacando a alguna presa y otros contratiempos quedó en ese ligero susto. Tras un par de horas de decisiones y estrategias planeadas, Caetano una vez más dio dotes de líder intransigente y se dirigió a sus subordinados:

—Represento a una corporación que me exige el máximo de ustedes, pero sé que mientras esa criatura camine por estos parajes, no habrá sosiego en el campamento, por ello he decidido cazarla a cualquier precio porque de no ser así ustedes no cumplirán con los contratos de trabajo y no puedo ni pretendo tener hombres bajo mi mando que a cada hora me vengan con una historia diferente, y sé que son buenos trabajadores porque me lo demostraron jornada tras jornada. Aunque nos lleve semanas atraparla, lo haremos. Ustedes aseguran que los grandes guerreros ancestrales no pudieron hacerlo, pero yo les prometo y les demostraré que esas son patrañas para causar caos y desesperación y que pronto caerá abatida... Solo entonces regresaremos a nuestras labores y ustedes se sentirán orgullosos de ser quienes le dieron muerte.

Un murmullo brotó de todas las gargantas, algunos de recelo, otros de dudas, más la mayoría de aliento y sed de alcanzar lo que otros no habían logrado, puesto que tenían ante ellos a un jefe joven apuesto, quien lejos de amedrentarse les enfundaba valor y optimismo y decidieron seguirlo sin raparos. Más dispuestos y envalentonados, media hora después avanzaban peinando cada rincón, matorral o cueva que avistaban, recorrían varias veces los senderos de ida y vuelta buscando el más insignificante detalle que revelara el paso de la criatura por él.

Con largos arcos preparados y cerbatanas listas, los que abrían la avanzada no eran otros que los cazadores nativos que se les habían unido, puesto que eran más experimentados en el rastreo y se movían sigilosamente, detrás de ellos grupos que ladeaban constantemente sus cuellos atentos al entorno salvaje que les rodeaba y así estuvieron bordeando la cuenca del ancho río por más de tres millas hasta que el calor, el cansancio y el desaliento les hizo detener la búsqueda.

Los pequeños grupos iban llegando desde diferentes puntos y cuando ya la fragmentada caterva estuvo casi completa en ese claro del bosque, el jefe dio órdenes al capataz y este como de costumbre las divulgó:

— Nos detendremos aquí para comer y reponer las fuerzas, preparen un perímetro de defensa y escojan a varios centinelas y justo terminando de dar las órdenes llegaba una partida y de ellos uno de los empleados le comunicó al líder:

— Señor Caetano, los malditos nativos, están nerviosos en aquella dirección, a unos doscientos metros atrás detectaron heces y huellas abundantes de una hembra de jaguar con dos crías y aseguran que estamos en sus dominios de caza y no es aconsejable molestarla porque de percibir que sus hijos están en peligro los defenderá a muerte.

Caetano, contrariado, pero sin demostrar temor, avanzó hacia ellos y se les plantó austero y prepotente para darle su respuesta:

— Si eres tú quien habla su lengua, entonces dile a esos indígenas que no retrocederemos por la cercanía de la fiera, porque estamos aquí buscando a otra más temible que ella, aunque tengamos que pasar por encima de su cubil y pisotear a sus crías… Un jaguar siempre ha evitado nuestra presencia y esta no será la excepción de su especie.

El grupo faltante se acerca desde los herbazales del este y ya junto al resto y uno de sus integrantes también traía noticias y estas eran alentadoras:

— Señor, los rastreadores han encontrado cerca del gran río una cueva, su orificio de entrada es pequeño, no obstante deja espacio para que pase un hombre y está cubierto de lodo y ramas, al principio creyeron que era la madriguera de algún gran caimán, pero percibieron olores diferentes que llegan desde sus profundidades y parecen ser vastas, tal vez sea el escondite del Nahibarú y ahora murmuran evocando a sus dioses, el temor a la criatura es evidente en ellos.

— ¿Pero encontraron rastros de él en la entrada? — intrigado y con esperanzas cuestiona a su subalterno.

— Sí, jefe, parece que la frecuenta, aunque las huellas son viejas.

— Vamos, guíenme al lugar, quiero ver esas pisadas con mis propios ojos y cerciorarme de que no estamos perdiendo el tiempo miserablemente.

Cuando llegan junto a los indígenas estos se mantienen alejados, el mito de la criatura ancestral es bien conocido y temido en sus aldeas. Pero con la llegada de Caetano uno de ellos le muestra las resecas huellas en la entrada. Tras unos instantes de observarlas descubre pisadas que aunque están distorsionadas se asemejan a las humanas y parecen ser de un macho joven.

— ¡Quiero a veinte de los más osados conmigo y que busquen ganar un buen dinero…! ¡Entraremos en los dominios del dios bestia! —vocifera a todo pulmón.

— Señor, es mejor acampar aquí y adentrarnos con los primeros claros del día —propone el capataz, algo temeroso.

Caetano ojea brevemente a Cabral y después al cielo, comprobando por la posición del sol que ya cayó la tarde y pronto oscurecerá y le da la razón a su segundo al mando.

— Capataz, que varios hombres traigan leña y la amontonen frente a la entrada, cuando oscurezca le prenderemos fuego y no habrá criatura que entre o salga de ella… Al amanecer exploraremos este condenado agujero.

Durante la noche los ladridos de los perros se estuvieron escuchando constantemente, ya que presentían la presencia de otros animales, pero ninguno fue avistado, solo al amanecer los ruidos menguaron, cuando ya el sol asomaba, enviando sus primeros resplandores. De los veinte hombres bien armados que comenzaron a penetrar en la gruta, solo un indígena los acompañaba, seguían a Caetano que estaba dispuesto a abatir a la criatura, sabiendo que con ello ganaría una considerable fortuna si lograba venderla a un museo bien dispuesto a pagar por ella.

Por más de veinte metros estuvieron reptando por un estrecho corredor que siempre iba en bajada, desde ahí se volvió más ancho y ya caminaban encorvados, constantemente los que se movían a la avanzada tenían que apartar osamentas blanquecinas de su paso y a unos cuarenta metros más, la gruta se divide en dos túneles ante sus atónitas miradas.

— ¿Qué hacemos ahora, jefe? No podemos cubrir los pasajes.

— Bastidas, tú y dos hombres tomarán un fusil y quedarán aquí custodiando esta cámara que acede a las entradas, los demás nos dividiremos en dos grupos y recorreremos esas cavernas.

— Cabral, Eduardo, Américo… Ustedes y el indígena vienen conmigo, escojan a los demás… Cavero, de Souza, Bardales, ustedes dirigirán el otro grupo, vayan dejando marcas en los muros, y no regresen hasta haber dado con algún indicio de la criatura.

Solo pasan escasos segundos para desaparecer por dos de los túneles que tienen a la vista, mientras Bastidas y otra pareja se alejan de las oquedades colocando faroles muy cerca de ellas para tener mejor visión, de lo que pueda surgir…

Los pasadizos y cámaras recorridas por Cavero y los suyos al comienzo no le descubren nada alarmante, pero después de recorrer unos treinta metros comienzan a ver esqueletos humanos y de animales colgados de las paredes y decorados con accesorios de diferentes maderas y conchas pendiendo sobre jeroglíficos dibujados con pigmentos que han vencido a los siglos y así hasta que llegan a un amplio socavón donde quedan perplejos y deslumbrados, pues en él encuentran gran variedad de evidencias de que están en un sagrado y antiguo lugar donde el hechicero de un clan o tribu ancestral llevaba a cabo ceremonias y tributos a sus antiguos dioses.

Todas las paredes muestran grabados, jeroglíficos y escrituras en un dialecto que desapareció tras la llegada y conquista de los españoles. Cerca de las paredes descubren cascos, armaduras y armas de los colonialistas europeos, en el centro del lugar una pequeña roca moldeada a antojo, sirve de pedestal para reliquias que el tiempo ha deteriorado. Otras más pequeñas rodean a una más grande con la imagen del temido "Runapuma", a su alrededor, sobre un suelo fangoso y resbaladizo, observan varios cráneos, osamentas y diferentes objetos bien acomodados y labrados y todavía muestran manchas oscuras y blancas que exponen haber sido ungidos con sangre más algún pigmento mineral por ese chamán que buscaba convertirse en ese dios malévolo hasta el punto de que beber sangre y comer carne humana se volvía una necesidad. Enardecidos unos y aunque asustados los más débiles de espíritu, todos saben que están ante un hallazgo con el que podrían obtener mucho dinero si lograsen sacarlo oculto del país y venderlo en Norteamérica, pues ávidos y poderosos coleccionistas o museos se disputarían su pertenencia.

— ¡Diablos Cavero, esto es un tesoro que pocas veces nos entrega la selva! —exclama uno de los trabajadores.

— de Souza, este lugar es tan antiguo como los mismos Guaraníes, los Ticunas o los Guenoas y debe valer una fortuna cuanto podamos extraer de aquí.

— ¿Qué haríamos con todo esto? Debemos comunicárselo al señor Caetano, ninguno de nosotros tiene contactos en las ciudades para vender esta mercancía.

— ¡Estúpido, Caetano se apropiará de todo y nos dejará fuera de la venta!

— Saben que siempre me hace acompañarlo a la ciudad. Como él también he ido creando lazos para oportunidades como esta. Yo me encargaré de todo. Pero ninguno debe abrir la boca al respecto.

Se voltean al escuchar a Bardales, quien por su parte sonríe maliciosamente y concluye:

— Busquen el modo de crear morrales con sus prendas, nos lleváremos cuanto consigamos cargar—les dice, escuchando la afirmación de los otros que dirigen al grupo.

Y bajo sus órdenes, los integrantes de la partida olvidan que los trajo al lugar y con recelo y cuidado comienzan a amontonar todo lo que creen será de valor. Deshaciendo lentamente y sin piedad una venerable y arqueológica historia que ha estado conservándose por cientos de años. Un buen rato después, amontonados en un rincón, ya tienen todo aquel alijo de enseres, vasijas, ídolos e innumerables conchas labradas, pero no le parece suficiente y ordena bajar la imagen del dios Runapuma.

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