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Portada de la novela Mundos Diferentes (cuidado con los hijos del capo)

Mundos Diferentes (cuidado con los hijos del capo)

La vida de la joven estudiante Verónica Vásquez da un vuelco total al conocer a Roland Sandoval. Tras su imagen de magnate exitoso, él lidera secretamente un violento imperio criminal. Pese a la falta de escrúpulos del empresario, el destino los arrastra a un romance cargado de peligro. Atrapado en esta pasión, Roland deberá decidir si abandona su oscuro dominio para proteger a Verónica. ¿Renunciará este demonio a su infierno por el amor de su ángel?
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Capítulo 3

Vi el nerviosismo en ella.

—Hay muchos carros con hombres, iba a ser una audiencia solo con mujeres —susurró.

Salimos del auto, guardé las llaves en el bolsillo trasero del pantalón. Un señor delgado, alto, rudo, algo atractivo, con jean, botas y camisa manga corta de cuadros dejaban ver su buen estado físico aparte de sus tatuajes, tenía el cabello negro en un corte militar, sus ojos eran negros. Estaba armado, llegó a nuestro lado. Nos preguntó nuestros nombres, bueno peguntó el mío, a Lorena ni la miró, supongo que la conoce.

—Me llamo Verónica Vásquez. —metí las manos en los bolsillos del delgado busito blanco.

—¿Vásquez qué? —levantó una de sus cejas, luego miró a Lorena.

—Verónica Vásquez Benítez, ¿algo más?

Comprobó una lista, al no verme registrada apuntó mi nombre con su bolígrafo metálico, un poco más grueso de lo normal. El silencio fue incómodo o ¿así serán estos protocolos? Al ver el rostro de Lorena lo supe, esto no era normal. Un par de ojos negros me escanearon de pies a cabeza, luego volvió a leer las hojas que tenía en las manos, hizo lo mismo con mi amiga y por la forma de su análisis, la alteró. Entre ellos se creó una conversación de preguntas las cuales no escuché, pero al parecer ella comprendió a la perfección.

—Guille dijo que la fiesta era sana, para escoger a un grupo de chicas.

El hombre se puso la mano en el oído, alguien le daba instrucciones, se giró y alzó la mirada en dirección al segundo piso, yo no vi a nadie.

—Pasen —autorizó el ingreso.

—¿Este tipo quién es? —pregunté en voz baja cuando nos alejamos del hombre.

—La mano derecha de Don Roland; uno de los hombres más temidos en el gremio, muy tierno en la cama, aunque también le gusta tirar duro. Te confieso, no sé a quién de los dos le tengo más miedo. En general a todo su grupo más cercano de seguridad le tengo mucho respeto. Fue nuevo que él mismo verificara la asistencia. No te alejes, si veo algo más raro te saco de aquí.

—Entendido.

Eso era seguro. Ella lo haría, ha sido así por seis años. Me mantenía como una muñeca de porcelana, yo era su hermanita intocable y frágil.

La casa por dentro era una de esas haciendas de catálogo al estilo rústico, muy colombiano, de un gusto exquisito. No había nada en un lugar que no hiciera honor al ambiente general. Había una gran sala redonda, a un costado quedaban unas escaleras de bambú que comunicaba con el balcón interno del segundo piso. Eché un vistazo, solo vi puertas, además de una tercera planta con otro balcón al interior del recinto, ¡increíble! La gente se fue reuniendo en la sala, en la parte de atrás a donde alcancé a mirar, quedaba una gran piscina con niñas en vestido de baños muy diminutos y cuerpos espectaculares.

Por instinto me enderecé, traté de armonizar mi cuerpo, no era que me sintiera acomplejada, pero la vanidad femenina siempre andaba ahí. —La reunión terminará diferente—. Toqué el bolsillo del pantalón para comprobar la existencia de las llaves del carro. Mi amiga miraba en todas las direcciones como buscando a alguien.

Por mi parte me dediqué a analizar a los presentes desde el lugar donde tenía mejor panorama; los que salían a la piscina o los del recinto, más quienes ingresaban. Nos ofrecieron bebidas, tomé dos, antes de llevarme el vaso a la boca a degustar el primer sorbo, Lorena me quitó el vaso.

—¡No se te ocurra tomar algo aquí! —alcé la ceja y antes de preguntar—. Acostumbran a drogar a través de las bebidas, mantente al margen, recibe solo lo que yo te ofrezca.

—Mejor me voy.

Afirmó levemente. Luego la vi salir corriendo. No la perdí de vista, empezó a hablar con un señor bigotudo, bajito y calvo, nada agraciado, por cierto, algo la molestó, sus manos las movía en todas las direcciones. Quedé cual champiñón, como una tonta al lado de las escaleras por un largo tiempo. No nací para este mundo, no era mi lugar, no tengo por qué quedarme… Lorena hizo señas de «espera un poco», me miraba de vez en cuando, no tuve más remedio que dedicarme a no perderla de vista.

A cada rato me sentía observada por los presentes. Era extraño ver una casa tan preciosa y autóctona, envuelta en un ambiente tan pesado. Predominaba mucho los tonos cálidos y tierras, traté de entretenerme con la decoración, más no pude evitar el seguir incómoda. Sí soy sincera, soy una mosca en un vaso de leche, era el bicho raro, la gente comenzó a ingresar. Me relajé un poco al ver a Lore caminando hacia mí.

—Vero, ya hablé con Guille —hablaba de manera misteriosa.

—¡Ay! ¿Ese es Guille? —Ella volvió a mirarlo sonriendo, mientras afirmaba.

—Sí, ya va a hablar con Don Roland para adelantar la toma de las fotos y mis registros. Harán una teleconferencia con los inversionistas, ojalá pase la prueba, así puedo ir como acompañante de alguno de los extranjeros próximos a llegar. —La escuché con atención—. Me ausentaré varios minutos, es temprano, cuando salga nos largamos.

—¿Si se pone feo y no has regresado?

—Quédate en las escaleras o puedes correr por el patio que da a los parqueaderos, también tienes la opción de subir a las habitaciones. Mantente alerta.

—Presiento… Esto fue una mala idea.

Por su mirada pensaba lo mismo. Me regaló una leve sonrisa con la intención de no temas, estoy aquí. ¡Típica hermanita mayor!

—Lo lamento, todo saldrá bien. No te tocarán, así tenga que acostarme con todos los tipos en una sola noche. —sonreí ante su comentario.

Me dio un beso en la frente y se fue a donde la esperaba su representante. Sentí una leve presión en el corazón, era muy capaz de hacerlo con tal de que a mí no me tocaran.

Continué como una estatua al inicio de las escaleras, observando la aglomeración de gente en la entrada obstruyendo la salida. Rechacé cuanta bebida, jugos, gaseosas, cocteles y agua se les dio por ofrecerme. Poco a poco se fueron armando parejas, empezaron los momentos incómodos; besos, tocadas de nalgas, mordidas de senos, metidas de dedo en lugares íntimos. Los comentarios pasados y obscenos eran cada vez más frecuentes. Los abrazos se hacían más seguidos e insinuadores.

Lorena ya tenía media hora desaparecida. Mi alarma interna dijo: ya era hora de salir, cuando decidí hacerlo, la gente fue ingresando por la única puerta por donde podía salir a los parqueaderos. Regresé a las escaleras; por el hueco debajo de las barandas crucé al otro lado, tomé el camino por donde entramos hace más de una hora. Las puertas fueron cerradas con un sistema de seguridad muy avanzado que en la vida había visto. Para mí las conocidas eran las de mi casa, con pasadores tradicionales, jamás como esas; era un bloque de acero.

La gente empezó a gritar y bailaban al son de la música a un volumen bastante alto. Me abrí paso, llegué hasta las escaleras, trepé por las barandas. —¡¿Dónde rayos estará Lorena?!—. La situación pasó de castaño a oscuro en fracción de segundos, las mujeres comenzaron a desvestirse al igual los hombres. ¡Dios! ¿Dónde me metí? Aparté la mirada, no soy una santa, pero ver más de un miembro al aire y decenas de senos brincando no era mi obsesión, mucho menos una fantasía sexual.

Di la espalda, subí las escaleras de dos en dos al comprobar la escena de porno a gran escala en vivo y en directo. Mi corazón latía a mil por hora. Llegué al segundo piso, tomé la primera perilla, un ruido hizo detenerme. Las ventanas de la gran sala se cerraban por la parte de afuera, eran unas cortinas de acero. ¿Nos encerraban? Las personas gritaron eufóricas por lo que supuse, era común y sabían lo que pasaría. Comencé a abrir la primera puerta, pero no se abrió, corrí a la segunda… nada.

Mi corazón llegó a un punto en donde explotaría por consecuencia del susto. Ninguna de las puertas del segundo piso se abrió. Al llegar al final del pasillo, frustrada por la situación sin poder ingresar a ninguna, decidí subir las escaleras al tercero. Me asomé por el balcón interno; se veían a las personas bailando desnudas. «Tremenda suerte la mía», en la tercera planta había dos puertas, tomé la primera y ¡bingo! Entré, le puse seguro, sentí alivio al sentirme protegida.

La habitación era grande. Tenía tres puertas; la primera no se abrió, debe estar cerrada del otro lado. La segunda era un baño envidiable, solté un silbido de admiración, ojalá mi baño fuera la cuarta parte de este. La tercera tomé la perilla y era un balcón, salí a tomar aire fresco.

Contemplé la idea de lanzarme, pero «me partiría una pierna si tengo suerte». Decidí quedarme hasta que Lorena de señales de vida, ella dijo enciérrate en uno de los cuartos, una vez acabara me vendrá a buscar. Ella debe saber cómo salir de estos lugares. Vi la puesta de sol… ¡Qué ironía!, era una linda tarde en una habitación de portada para una revista de vivienda. Era un genio el diseñador de interiores contratado. Por donde la mires, supieron escoger las mejores y las más finas artesanías, la cama era una tentación para dormir en ella.

Mientras pienso en lo paradójico de la situación. A mi espalda quien sabe cómo irá dicha orgía. —Me reí—. Así era la vida, siempre se tenía dos caminos; el del bien y el del mal. Siempre estaba la disputa continúa e infinita entre los dos bandos.

La fácil para muchas personas era acostarse y disfrutar en la sala, más no estar aguantando frío, desesperada porque aparezca una amiga. La clave estaba en tomar decisiones y esperar a que sean las correctas. Dependen de tu criterio, crianza, valores y concepto de vida. En mi caso, el estar encerrada era la única salida. Pasaron varios minutos, comenzó a oscurecer cuando escuché la voz de un hombre.

—¡¿Qué haces aquí?!

Al balcón había ingresado un joven alto, con su cabeza afeitada, su forma de mirar me intimidó, era muy atractivo. Por el susto tartamudeé un poco.

—Es… es que… que yo… pues…

—¿Eres gaga?

Habló de una forma tan despectiva, su actitud no fue agradable y reaccioné. Él no debe ser nada bueno si estaba aquí. Aunque, yo también y no soy ninguna puta.

—No. No lo soy, es solo… ¡usted me asustó! —Se recostó en la baranda del balcón cruzando los brazos, reparaba mi cuerpo de arriba abajo—. ¿Se le perdió una igual? —típico de mí, no puedo quedarme callada.

—No se me ha perdido nada bueno.

Respondió serio. Ya había oscurecido, la luz del balcón se encendió. Su respuesta fue bastante desagradable y reconozco que fue porque no pasé la prueba visual ante sus ojos. ¿Y qué? ¿Qué pasa si no le gusto? ¿Por qué debes gustarle Verónica? Me recriminé. ¡Al diablo! Debe ser un bandido, hijo de algún viejo verde fornicador de la planta baja.

» Detesto repetir las preguntas, ¿qué haces aquí?

—Solo quería… buscaba algo de soledad —levantó una de sus cejas, eso lo hizo ver más atractivo; era muy masculino con unos ojos verdes… — ¿Quién es usted?

—Alguien que podría hacer contigo lo que se le pegué la gana.

Me puse nerviosa, ingresé a la habitación, este tipo podía violarme. Me precipité en abrir la puerta exterior pensando que ya todo había pasado. Él estaba vestido. No obstante, no conté con dicha escena al salir del refugio. Registré una película de porno a un grado inimaginable. Se revolvió mi estómago. El olor a sexo en abundancia, alcohol, droga y cigarrillos no lo toleré. ¿Cómo hace Lorena para vivir alrededor de esto?, sentí asco. Al darme la vuelta empujé a ese joven y corrí al interior en busca del baño que había visto, para vomitar.

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