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Portada de la novela Muero por tus besos

Muero por tus besos

La presión de las fiestas navideñas lleva a Jessie al límite, provocando que descargue su ira contra la decoración exterior del establecimiento de Ethan Martin. Este acto vandálico pone a prueba la templanza del propietario de la cafetería, desatando un enfrentamiento directo entre ambos. En medio de esta tensa fricción, queda por ver si el fuerte choque de personalidades derivará en un conflicto mayor o si el fuego de sus besos podrá cambiar el odio por amor.
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Capítulo 3

Jessie se levantó la mañana del martes con unas enormes ojeras marcadas en los ojos. Fue poco lo que había dormido la noche anterior a pesar del somnífero, las angustias y el peso que ahogaba su corazón no la dejaron en paz.

No había logrado ningún adelanto en los trabajos que se había llevado a casa, su irritación por saber que su jefe la retaría al encontrarla con las manos vacías aumentaba su mal humor.

Tuvo que soportar toda la noche las llamadas desesperadas de su madre pidiéndole información sobre Marie, exigiéndole además que fuera hasta Maryland, porque necesitaba de consuelo y compañía.

—Mamá, creo que debes darle tiempo —dijo, mientras preparaba la cafetera.

—¿Tiempo, Jessie? ¿Por qué dices cosas absurdas? Mary se fue enfadada, mi pobre niña necesita de mí, pero yo ahora no le puedo dar consuelo a nadie. ¡Estoy devastada!

—Te comprendo, mamá. Todos lo estamos.

—Ustedes no pueden estar peor que yo. Acabo de perder mi matrimonio, mi vida se arruinó. Tienes que dejar todo lo que estás haciendo y venir a consolarme.

Jessie le insistía que era imposible que viajara en esas fechas, el trabajo se le atrasaba y su jefe no la dejaría marchar hasta no ver terminados sus compromisos, pero la mujer no comprendía.

Sosegar su dolor era lo único que le importaba y si para eso debía hacer sentir egoísta a su hija, no le importaba.

Su padre también estuvo comunicándose con ella. La felicidad que embargaba al hombre no compaginaba con sus sentimientos o con los de su madre.

En Narragansett él estaba viviendo un idilio con su nuevo amor, conociendo una tierra diferente, más acorde con sus verdaderas inclinaciones.

Su padre siempre fue un hombre de mar, pero su madre prefería la tierra. Ella era una mujer de estabilidades mientras que a él le fascinaban los retos y las aventuras.

Jessie no sabía cómo habían podido enamorarse siendo tan dispares y mantener un hogar por casi treinta años. En ese tiempo él siempre iba y venía y, aunque su madre sospechaba de amantes, nunca lo expresó para no afectar el sacramento que habían instituido, hasta que no pudo más e hizo erupción de la peor manera.

—Hija, tienes que venir. Tengo una habitación disponible para ti con vistas al mar. La amarás.

—Estoy segura de eso, papá, pero ahora me resulta imposible. Tal vez, para luego de las fiestas.

—¿Vas a dejarme pasar solo las navidades?

—No estarás solo, tienes a tu nueva pareja y a los hijos de esta.

—Pero, no es lo mismo. ¡Quiero tener a mis hijas conmigo!

Su insistencia la hizo respirar hondo y abandonar la preparación de su desayuno para concentrarse en explicarle con detalles los motivos por los que no podía tener todo en la vida, aunque lo quisiera.

Ella no podía juzgar a ninguno de los dos. Cada cual tenía sus razones y entre ellos debían solucionar sus problemas, sin incluirla, pretendiendo que actuara como su terapeuta matrimonial.

Su madre esperaba que ella convenciera a su padre de abandonar su actitud equivocada y volviera a casa, respetando los votos que había prometido hacía muchos años, y su padre ansiaba hacer partícipe a su hija de la felicidad que vivía, como si antes no hubiera ocurrido nada.

Le rogaba que intercediera ante su madre para que no siguiera atormentándolo con mensajes llenos de odio y amenaza.

Además, ambos esperaban que ella se comunicara con Marie y la hiciera apartarse del mal camino regresando con los suyos. ¿Acaso alguien le había preguntado cómo estaba su día?

Cada uno atravesaba su infierno, sin importarle el de los demás. El nudo que ella tenía en la garganta se hacía cada vez más grueso, cortándole la respiración.

En varias ocasiones se sentó en la mesa de dibujo para intentar realizar algún boceto de los que le pedían en el trabajo, pero fue imposible.

Para el número de enero preparaban en la revista un especial centrado en el tema ecológico, aprovechando que aquel era el boom de la temporada, teniendo la responsabilidad de diseñar varias infografías referidas a contenidos específicos, como la promoción del ciclismo urbano que varias empresas turísticas llevaban a cabo, el crecimiento del mercado de ropa ecológica y un top de empresas que hacían buen uso de la energía eléctrica.

Desde hacía varios días Jessie había investigado todo lo necesario para realizar aquella labor.

Sintetizó la información consiguiendo los datos de mayor interés, ahora solo tendría que llevar a cabo su talento como dibujante y elaborar un diseño atractivo que permitiera explicar lo averiguado de una forma amena.

No era la primera vez que hacía tal cosa, pero en ese momento de su vida su cerebro no podía ser creativo. Las preocupaciones la agobiaban, así como el cansancio y la falta de sueño.

Finalmente se preparó para ir al trabajo mientras su mente divagaba en tiempos pasados, cuando sus días eran tranquilos y estaban libres de problemas.

Un tiempo en que su familia hacía el intento por mantenerse unida a pesar de las diferencias, concediéndole la calma suficiente para que ella llevara adelante su carrera universitaria y sus primeros años de trabajo.

Anhelaba esas horas de paz que habitualmente se vivían en épocas diferentes a la Navidad.

Esa temporada nunca fue de sus favoritas, porque siempre resultaron días de mucha presión.

El ajetreo de las fiestas obligaba a su madre a exigir más de ellos para cumplir con sus «costumbres navideñas», que incluían compras constantes, renovación del hogar, visitas a familiares y amigos y preparación de cenas con invitados variados.

Su madre tomaba muy en serio la idea del «acercamiento» en esas fechas, creando una gran tensión en el pequeño grupo familiar.

Eso empujaba a su padre a desaparecer por más tiempo de casa, desconectando todos los medios de comunicación, lo que hacía enfurecer a su madre, que solía descargar sus frustraciones con sus dos hijas.

La menor se las arreglaba escondiéndose en la casa de alguna amiga. Jessie, en cambio, se quedaba soportando las verdes y las maduras.

Estaba tan cansada de esa situación que comenzó a sentirse deprimida. Luego de su independencia tuvo muchos amigos y algunos novios, pero siempre prefirió la soledad.

Jamás halló a alguien con quien sintiera la necesidad de pasar sus días, por eso, no tenía maneras de huir de las exigencias de su familia.

Marie se armó de valor y escapó con su novio, sin importarle nada ni nadie. Ella no podía hacerlo porque perdería su empleo, mataría de una angustia a su madre y de tristeza a su padre. Además, ¿a dónde iría? ¿Y con quién?

Estaba demasiado cansada como para ir a otro sitio que no fuera su trabajo.

Brooklyn era su sitio seguro, su barco en medio de la marea. Otro escenario la llenaría de inestabilidades y temores, y no creía que pudiera manejar esa situación en ese momento.

No era tan arriesgada, aunque existía un fuego rebelde en su interior que trataba de encenderse. Un ardor que en ocasiones le llenaba la cabeza de cosas sin sentido y la llevaba a cometer pequeñas imprudencias para descargar tensiones.

Fue eso lo que la motivo en plena madrugada a tomar las hojas de sus bocetos fallidos y armó con ellas unos gorros puntiagudos.

Los pintó de colores y les pegó unas grandes orejas de burro que creó con cartulinas.

—Quedarán geniales —expresó con vileza.

Salió de su casa hacia el trabajo llevando consigo sus infantiles creaciones, como si fueran un obsequio muy valioso que había preparado para un ser querido.

Su sonrisa pícara la retomó al bajar del bus, sentándose unos minutos en una banca mientras el resto de los usuarios desaparecía por las blancas calles.

Al quedar sola, se levantó escuchando a su corazón palpitar con energía. Desde hacía mucho tiempo no se sentía tan viva.

Entendía que la venganza era una emoción poderosa y más relajante que un fin de semana de spa o una fuerte terapia en un psiquiátrico.

Lanzó una mirada a la cafetería ubicada junto a la parada, viendo que nadie miraba hacia el exterior.

Los empleados atendían las mesas y los clientes estaban atentos a sus conversaciones, al diario o a sus teléfonos móviles.

Así que se acercó a la familia de muñecos de nieve que adornaba la entrada y le colocó a cada uno un capirote de papel.

Luego pegó un mensaje en el cartel que portaba el muñeco más grande: «La familia es un castigo. Libérate».

Como si fuera una chiquilla que tocaba el timbre de una casa desconocida, corrió muerta de la risa.

Sus hombros ahora pesaban un par de kilos menos y el vacío, que minutos antes se engrandecía en su corazón, se llenaba con emociones novedosas.

Sin borrarse la sonrisa del rostro se fue a su trabajo, estaba de mejor ánimo para afrontar los regaños de su jefe. Aquel sería un día muy largo, pero esa actitud renovada la ayudaría a soportarlo.

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