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Portada de la novela Mr. Wentworth- Mi Idiota Jefe Británico

Mr. Wentworth- Mi Idiota Jefe Británico

La chispa inicial entre Nathaniel Wentworth y yo era arrolladora, pero el tiempo a su servicio ha extinguido cualquier rastro de admiración. Aunque su voz y su tacto todavía logran desatar una tormenta de sensaciones físicas en mí, mi corazón ha tomado un rumbo distinto. Tras conocer su verdadera faceta como jefe, el encanto de este magnate británico se ha esfumado, convirtiendo mi antigua fascinación en un odio profundo y definitivo.
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Capítulo 1

Rebecca

Veinticinco años antes.

Reprimí un grito cuando abrió de golpe la puerta de la alacena que impacto contra la cabeza de mamá y sentí deseos de pegarle a papá, de arañarlo o gritarle o lo que fuese que pudiese lastimarlo como la había lastimado a ella. Pero nada de eso pasó, me quede muy quieta a punto de llorar con los ojos clavados en el hombre que nos había abandonado. Con el hombre que había decidido que simplemente no merecía su amor.

— ¡Ve a tu habitación ahora mismo! —Me gritó furiosos y me sentí aún más paralizada, si es que eso era posible.

Mamá se tomó la frente con una de sus manos mientras aullaba de dolor con la mirada vidriosa y el labio inferior tembloroso. Sin embargo, ignoró a mi papá que estaba demasiado bebido para recordar si quiera lo ocurrido a la mañana siguiente.

Él se movía de un lado hacia el otro con los puños apretados y la madera crujió cuando le dio un nuevo puñetazo a la puerta.

—Becca, cariño…—dijo finalmente mamá con un hilo de voz, estaba tan aterrada como yo aunque lo disimulaba bien, ella a diferencia de mí, era valiente. —Ve a tu cuarto a jugar con tus muñecas.

Asentí ligeramente con la cabeza y me paré con cuidado, asustada por la idea de que se diese cuenta de que me había orinado en los pantalones.

Era una niña grande, ni siquiera ya jugaba a las muñecas, aunque no esperaba que mamá lo supiese. Incluso un chico ya me había dado un beso en la biblioteca, mientras trabajábamos en un proyecto. Ya ni siquiera era ya una niña y había mojado mis pantalones. Nunca antes me había sentido tan pequeña.

Mi papá ni siquiera volteo a verme, quizás eso debería haber sido un alivio para mí, aunque no lo fue. Me lastimaba que no le importase nada, que nunca desease verme.

Me gustaba imaginar que mi familia era normal, como las que veía en la televisión o que tenían mis compañeras de colegio. Una familia donde mi papá fuese alguien importante como un abogado o el presidente de una compañía, y mi mamá, una mujer que cuidase a sus hijos, les preparase sándwich para el almuerzo, la cena a las ocho, alguien que arropase a sus hijos. Alguien que no me mirase como un gran error cuando las cuentas eran más de lo que podíamos pagar.

Cerré la puerta con cuidado y me tumbé en el piso, antes de caer redonda. Abracé mis rodillas y enterré mi rostro en ellas cuando comencé a llorar.

Mi papá no me amaba, me había dado cuenta de eso hacía ya un año, lo que no sabía era que le daba tanto asco que ni siquiera deseaba saber nada conmigo.

— ¡Equitación! ¡¿Para qué carajos necesita equitación?! —Grito a viva voz mi padre sin siquiera importarle que podía escucharlo tras las delgadas paredes del departamento de renta congelada donde vivíamos con mamá. —Ni siquiera le gusta, ¿y que son todas estás mierdas? ¿Piano, francés, comité de la ONU, Juicios simulados? Por si no lo sabias tengo otra hija y una esposa que también tienen necesidades. ¿Qué se supone que haga, vender mis órganos para mantener tus malditos caprichos?

— ¡No son caprichos! —Sollozó mamá —Si desea entrar a Yale en un futuro, necesita tener un historial impecable, no basta con que sea buena.

— ¿Yale? ¿Acaso la has visto? Es insignificante, corriente, una llorona sin carácter, con suerte será una mesera y se casara con el dueño de la tienda.

— ¡No permitiré que frustre sus sueños como lo hice yo! —Me estremecí cuando escuché el ruido de un vaso estrellándose contra el piso.

— ¡Cuídala de que no habrá las piernas entonces! ¡No pienso seguir tirando dinero a la maldita basura! ¡Quieres todas esas mierdas, paga tu misma por ellas!

— ¡Es tu hija! ¿Acaso eso te da lo mismo?

—No, claro que no… Porque maldigo cada maldito instante el momento que me embriague tanto como para no ponerme el puñetero condón. —Escuché que pateo una de las sillas —No puedo mantenerlas a ambas, hace más de seis meses que estoy en blanca, y Alessia es una niña preciosa, su madre dice que puede ganar muchos concursos de belleza si invertimos un poco de dinero. La decisión está tomada. Lo intenté, intenté ser el padre que la sociedad espera, pero no me sale, no puedo quererla como ella espera, no puedo obligarme a sentir algo por Rebecca, cuando no lo siento… —Apreté más mis rodillas al tiempo que unas lágrimas saladas recorrían mi rostro.

Entonces entendí que los hombres tan nobles como Andrei, tan dulces como Laurie, o tan sensato como Knightley solo existen en las hojas gastadas de los libros que se guardaban en los estantes de la biblioteca del colegio.

A veces deseaba ser Jo, tan inteligente, con tanta fuerza, con padres que la amaban y un chico como Laurie, que me cuidase cuando todo iba mal.

Cuando todo paso, fui a la sala y vi a mi mamá fumando en el alfeizar de la ventana. No se movió, me miró de reojo, lanzando el humo por la nariz. La columna blanca, se movió con gracias con la briza antes de desaparecer.

—Lamento que hayas tenido que escuchar todo eso. —No podía apartar la mirada del cardenal que tenía en la frente —. No lleva la razón, eres brillante y vamos a trabajar duro para demostrárselo a él, a todos. ¿Qué es lo que siempre te digo?

—… Hagas lo que hagas, siempre sigue adelante. —Di un paso hacia ella cuando le dio una nueva calada. — ¿Mamá? —Clavó los ojos en mí. — ¿Por qué no me quiere? ¿Qué hice de malo para que no quiera saber nada conmigo? ¿Soy yo que no merezco que me quieran?

Negó con la cabeza, enérgicamente.

—No, no tiene nada que ver contigo…—Me llamó con la mano para que me acercase a ella. Así lo hice y apago el cigarrillo en el marco de la ventana para luego abrazarme con ternura. —Los hombres, a veces, son unos idiotas. Nunca confíes en un hombre, úsalos, disfrútalos, obtén de ellos hasta la última gota, pero no confíes en ellos, porque ten por seguro que un día te decepcionarán. No es tu culpa, es culpa de ellos. Pero no te preocupes por eso, tenemos un objetivo, serás alguien importante, te lo prometo. No importa lo que deba hacer para que lo consigas. Lo único que importa es alcanzar nuestro objetivo. Nunca confíes en un hombre, nunca le entregues tu corazón.

—Mi profesora dice que el fin no justifica los medios…

—En ocasiones, lo justifica, amor.

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