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Portada de la novela Minte, la amante del inframundo

Minte, la amante del inframundo

En el corazón del inframundo, donde solo resuenan los lamentos de las almas, vive la ninfa Minte. Ella posee una visión única: cree que el final de la existencia es el nacimiento de una hermosura secreta. Esta filosofía atrae la curiosidad de Hades, el dios de los muertos. Fascinado por ver cómo alguien encuentra luz en su lúgubre territorio, el soberano comienza a interesarse profundamente por ella, cambiando el destino de ambos.
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Capítulo 1

He vivido en el inframundo toda mi existencia, mi padre el Dios Cocito me dijo que mi deber era cuidar del río que dividía el mundo de los mortales con el de los muertos, realmente nunca me negué a dicha tarea, en realidad no es una tarea difícil, solo tengo que encargarme de que las almas no intenten cruzar el río por su cuenta, pero lo que sucede... es que a mí me gusta recoger los óbolos para dárselo a las almas que no tienen para pagar.

—Buenos días— Le grito al viejo Caronte desde la distancia, no puedo evitar tener un tono chillón cuando estoy muy alegre.

—Minte… por todos los dioses, no asustes a este pobre viejo— Me reprocha con suavidad mientras niega con la cabeza.

—Lo lamento— Una pequeña risa se me escapa. —Pero ya deberías saber cómo soy, siempre vengo a darte los buenos días— La sonrisa de mis labios de vuelve más amplia y feliz. —Me sorprende que después de más de 200 siglos te sigas asustando así.

—Lo sé, pero a veces vienes más temprano de lo normal o me hablas cuando estoy distraído— Resopla con fuerza varias veces mientras sigue negando con la cabeza.

Nuestra conversación se ve interrumpida por la llegada de varias almas, sus miradas vacías y sus expresiones desoladas me dan mucha pena, debido a esto, muchas veces soy yo quien paga el pasaje de estas pobres almas, ya que muchos de ellos fueron abandonados por sus familias o la guerra les impide darles una sepultura digna a sus muertos.

Observo como los recién fallecidos se van acercando al barquero con sus monedas en mano, ellos van formando una fila, son bastante ordenados las almas, de uno en uno se van acercando hasta Caronte para después entregar sus óbolos y van subiendo al enorme bote, como es costumbre para mí, me quedo un poco cerca para ver si puedo ayudar a algún alma que haya sido olvidada.

Miro con atención a todos los espíritus y veo que uno de ellos mira con nerviosismo a los que están al frente de él, palpa sus bolsillos con desesperación y al cerciorarse de que efectivamente no tiene ese algo, levanta la mirada aterrado a la fila. Me acerco a él y le extiendo los dos óbolos que necesita.

—No eres al primero que abandonan— Le dedico una enorme sonrisa.

Mira los óbolos de mi mano, luego levanta la mirada a mí, repite esto un par de veces más. Con nerviosismo las toma y las guarda en sus bolsillos, fingiendo que son de él. Lo miro con entusiasmo y feliz, me quedo un rato a su lado mientras caminamos.

—Gracias, pero ¿Por qué me ayuda? Se supone que, si no tengo las monedas, debería estar vagando por el río Cocito por la eternidad… no entiendo porque es amable con un desconocido— Su voz demuestra lo nervioso que está a la par de sorprendido.

—Porque no me gusta ver a los mortales vagando a las orillas de mi hogar, es deprimente— Le sigo sonriendo mientras hablo con él. —Además, como le dije, no es al primero que abandonan—

Me alejo de él y regreso a las orillas del río, fingiendo que estoy haciendo mis labores, pero la verdad es que estoy viendo la enorme fila de fallecidos, esperando a que el hombre que le di los óbolos pasé. Decido acercarme un poco para escuchar que le dice Caronte.

Cuando es el turno del hombre, él saca con nerviosismo los óbolos y estira sus manos en dirección al viejo barquero, él los mira con cierta sospecha, pero al final acepta la ofrenda del muerto, pero antes de dejarlo subir, mira con mayor atención los óbolos.

— ¿Te dio estas monedas una ninfa de pelo verde? —

El hombre mira hacia abajo avergonzado para luego asentir con la cabeza levemente, si estuviera vivo, podría decirse que tendría las mejillas rojas de vergüenza, pero no tendría por qué sentirse así, al final, fui yo quien le dio los óbolos, no se los robo a nadie ni los consiguió de una manera sucia.

—Minte, querida— Suelta un resoplo.

—Lo siento Caronte… pero sabes que no me gusta ver que las almas queden olvidadas—

—Lo sé querida, pero sabes que, si Hades se entera de esto, vendrá hasta aquí y nos va a castigar—

—Lo dudo mucho, llevo siglos haciendo esto y nunca ha venido a decirnos algo— Le sonrío de oreja a oreja mientras le tomo del brazo con suavidad. —Así que no te preocupes—

Guarda las monedas en uno de sus bolsillos y mira al hombre, luego con un movimiento de cabeza le indica que suba al barco, él sin decir ni una sola palabra se apresura a subir antes de que el barquero cambie de opinión.

—Pequeña ninfa, tienes un corazón tan grande… no entiendo porque te enviaron a vivir en este lugar tan lúgubre y triste—

— ¡Por esa misma razón! — Le contesto entusiasmada y feliz. —Porque este lugar necesita a seres bondadosos y listo para ayudar, de por si la muerte ya es muy triste y desolada, ahora imagínate estar vagando por la eternidad a las orillas del río… — Doy varios saltos de entusiasmo mientras sigo agarrando al anciano del brazo. — ¡También es una suerte increíble que nos tengamos Caronte, nunca estaremos solos! —

Caronte se ríe de forma breve, luego me da unas suaves palmaditas para que me tranquilice, pero no puedo evitar sentirme emocionada por ayudar a otros, en especial cuando hace que el inframundo sea un lugar mejor.

—Eso es verdad pequeña ninfa— Su tono de voz es suave y amable cuando habla conmigo. —Ahora, deja que termine de trabajar para llevar estás almas al otro lado—

Suelto al anciano ya que estaba empezando a sacudirlo con mucha fuerza, apenas lo dejo de sacudir, él se ve aliviado de que por fin lo dejara libre, luego me alejo del muelle para ir a hacer mis labores, porque si me sigo atrasando, mi padre se va a enojar mucho... como siempre.

Una vez que he terminado con mis deberes, decido regresar al puerto, a la distancia veo que Caronte tiene ya amarrado su bote, esto indica que, de momento, ya no hay almas esperando a pasar, así que decido acercarme a él y veo que cuenta las monedas que recibió para luego arrojarlas al río, el viejo barquero no necesita el dinero, realmente es algo simbólico.

—Vaya, tenías muchas monedas en esta ocasión Caronte.

—Parece que hay una guerra en el mundo de los mortales— Resopla con enfado mientras se masajea las sienes cansado.

—Es una pena, muchas de estas almas vendrán sin la debida sepultura… lo que significa que…— Conforme fui hablando, mi voz se escuchaba cada vez más bajo hasta ser inaudible.

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