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Portada de la novela Miedo al amor.

Miedo al amor.

Diana es una mujer poderosa que siempre ha tenido el control total sobre su vida y su entorno. Aunque ha logrado alcanzar cada meta propuesta, el amor verdadero se mantiene como un territorio inexplorado para ella. Todo cambia drásticamente al conocer a Luciano, quien provoca emociones profundas que desafían su seguridad. Este encuentro inesperado la obliga a lidiar con una vulnerabilidad desconocida, poniendo en riesgo su dominio y transformando su mundo.
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Capítulo 2

Desde muy joven he sido algo insistente en todo lo que hago. Me ocupo siempre en hacer todo bien, buscando la perfección. Todo lo que tengo hasta ahora es la combinación de esfuerzo, más inteligencia.

Isabella es mi hermana menor. Fui para ella como una madre. Desde que mamá sufrió aquel fatídico accidente, apenas yo tenía cinco años, tuve que ayudar a mi padre, cuidando a Isa para que él pudiese trabajar y mantenernos.

Mi padre es Massimo D'Amaro un emigrante italiano que llegó a este país desde muy joven pero que siempre fue trabajador y un soñador empedernido.

Para él, ayudar a la humanidad a ser feliz es su sueño; por lo que siempre ha hecho lo posible por hacernos feliz. No hubo nada que durante la infancia nos faltara, salvo el amor de mamá. Aún así, nunca sentí que fuese necesario su afecto porque nuestro padre se encargaba de que no lo sintiéramos.

A medida que crecíamos, si pude sentirlo. Sobre todo cuando tuve mi primera menstruación. No sabía que hacer, ni como decírselo.

Esa noche cuando llegó del trabajo, yo estaba en mi habitación con Isa. Y le pareció extraño que no saliera a recibirlo como siempre.

Pronto estaba allí, en la puerta mirándonos.

–A ver principesse ¿por qué no salen a recibirme? ¿ya se olvidaron de su padre?

Isa corrió a abrazarlo. Adorábamos cuando nos hablaba en italiano.

–Ciao papà.

Se acercó para darme un beso en la frente como de costumbre.

–¿Te sientes mal?

–No papà. Tudo bene.

–Traje algunas golosinas para que veamos juntos una película.

–Ve con Isa, yo debo estudiar para el examen de mañana.

–Mañana es sábado Diana. ¿Qué te ocurre?

Él debió imaginar lo que pasaba. Mandó a Isabella a la cocina para que comiera algunos chocolates.

–Sabes que puedes contarme lo que sea, bambina.

–Sí papà.

–Haz uso de ese comodín entonces y di para papà ¿qué ocurre?

–Estoy menstruando.

Su abrazo fue tan reconfortante que no fue necesario ni una sola palabra.

–¡Ti amo papà!– le dije abrazándolo con todas mis fuerzas.

–¡E ti amo raggazza!

Salió del cuarto y fue hasta su habitación. Trajo un paquete envuelto.

–Aunque no lo creas, he esperado este momento– dijo mientras me entregaba el paquete.

Mis ojos se iluminaron de alegría y comencé a destaparlo.

–Gracias papà– respondí.

Dos paquete de toallas sanitarias diurna y nocturna. Un perfume con olor a mujer.

Es el mejor regalo que recibí durante toda mi vida. Porque ese sería mi motivación a ser una mujer.

Esa noche vimos una película infantil, sobre todo por Isa, quien apenas cumplió los seis años. Ella es menor que yo por cinco años.

Transcurrieron los años en un pestañear de ojos. Mi padre había montado un pequeño negocio de comida italiana. Y tanto yo como Isa, nos encargabamos de atender las mesas.

Siempre había algún livinidiso que nos quería comer con los ojos. Pero nunca me afectó su instinto básico. Isabella por el contrario resultó ser más sensible a los elogios de alguno de ellos.

Cuando tenía veinte años conoció a Marcos, quien era hijo de uno de los empleados de la cocina, sin haber cumplido un mes juntos, se fue a vivir con él. Papá estuvo muy triste durante esos días.

Yo en tanto, seguí en casa, apoyando a mi padre. Él ya tenía un tiempo sin una mujer a su lado por lo que decidí presentarle a la mamá de Gianella. Fue como amor a primera vista, estaba feliz de ver a mi padre enamorado de Paulina.

Siempre me he encargado de resolver la vida de los seres que amo. Es mi misión retribuirle a papà todo lo que ha hecho por nosotras.

Con respecto a Isa, siempre la aconsejé e incluso los primeros meses cuando se fue con Marcos, la apoyaba con parte de mí sueldo para que no tuviese que pasar por inconvenientes económicos.

Ya luego que vi, que ella era realmente feliz en su forma simple de vida. Dejé que siguiera su camino. Eso es otra de las cosas que suelo hacer, dejar que cada quien tome sus decisiones y sea feliz como mejor pueda hacerlo.

No sé en qué momento Isa comenzó a sufrir de períodos paroxísticos y se convirtió en una drogadicta indirecta. Si no podía dormir, debía tomar clonazepam, si no podía controlar su distimia, tomaba licor o en su defecto Sertralina, si por casualidad se sentía ansiosa, nada como una buena dosis de Alprazolam.

Allí comenzó a caer en excesos y hoy está en esta clínica con un cuadro de esquizofrenia agudo.

No me gusta tener que visitarla y verla de esa manera, ausente, aletargada. Por ello prefiero pagar una buena clínica y que ellos se encarguen de sus cuidados.

Entro a mi bañera, ya Herminia la ha preparado como me gusta: espumosa y con pétalos de rosa. Puedo sentir el aroma de las flores y extasiarme en ese olor. Cierro los ojos mientras oigo Nocturno en Fa mayor de Chopin.

Necesito relajarme y no pensar mucho. Es lo que me ha llevado hasta ahora al sitial donde estoy. Foco. Ese es el verdadero secreto para el éxito.

Puedo sentir el agua fresca entre mis piernas y el roce de los pétalos acariciar mis pantorrillas y antebrazos. Sumerjo un poco mi cuerpo, dejando siempre mi cuello algo levantado para no mojar mis cabellos.

Alguien toca, me salgo un poco. Estiro mi mano y tomo la toalla para salir de la bañera. Por segunda vez tocan. Exasperado grito:

–¿Qué carajos ocurre?– preguntó mientras camino hacia la puerta.

–Señora disculpe, tiene una llamada de Doña Paulina. Dice que es urgente.

Salgo apurada del baño y le arrevato de las manos el inalámbrico.

–Sí dime ¿Qué ocurre?

La noticia que recibo es impactante, palidezco. Dejo el teléfono.

–Búscame algo de vestir. Ligero.

Herminia corre hasta el cuarto contiguo y busca en el guardarropas. Llega con un conjunto de algodón deportivo. Apresurada me visto. Quito el gorro de baño. Suelto mi cabello. Tomo la cartera, mi celular.

–Avisa a Tarcisio que vamos a salir ya!

–Si señora– responde mientras baja las escaleras corriendo.

Yo tomo el elevador para llegar hasta el primer piso. Tarcisio ya está con el carro parado frente a la entrada. Me abre la puerta. Subo. Cierra y se sube.

–¿A dónde señora?

–A la clínica central Tarcisio. Es papá. Apúrate por favor.

Salimos de la mansión. Llegamos en diez minutos. Me bajo y entro apurada a la clínica.

–Señorita por favor, la habitación del Sr. D'Amaro.

–¿Quién solicita información?

–Soy su hija inepta– respondo dando un golpe sobre el mostrador.

–Disculpe señora Diana. Es la 26-C

Camino hasta el elevador. Subo. Llego al tercer piso y camino apresurada, a ratos corro. Finalmente estoy frente a la habitación. Entro. Me acerco:

–Papà stai bene?

Él me mira sin poder responder por el respirador artificial.

Veo sus ojos. Con ellos me habla. Siempre ha sido así.

–El médico dice que fue un paro cardíaco– responde Paulina.

–¿Va a estar bien, verdad?– preguntó mientras la sujeto por ambos brazos.

–Debe permanecer en observación esta noche querida.

–Yo me quedaré con él. ¡Quiero hablar con el doctor!

–Vendrá antes del cambio de guardia a verlo. Ya le colocaron tratamiento. Sólo debes calmarte.

La miro algo irritada por la frialdad con la que me habla. Siempre he sido muy ecuánime y emocionalmente controlada. Sólo que cuando se trata de papá, todo cambia. Él es mi todo.

–Disculpa pero no creo necesario tener que recordarte de quien se trata. Es mi padre.

De pronto el monitor cardíaco comienza a disminuir. Corro hacia donde está él. Mientras le grito a Paulina para que llame al médico.

–Papà no lasciarmi!– digo mientras recuesto mi cabeza sobre su mano.

Entra la enfermera, quien me pide salga de la habitación. No quiero dejarlo. Me resisto, hasta que el doctor entra acompañado de un pasante, quien toma el eletroshock para hacerle presión en el pecho y revivirlo. Cierran la puerta.

Oigo desde afuera de la habitación al doctor contando, oigo que el monitor suena por segundos y vuelve a dejar de sonar.

Aparece el doctor. Se quita los guantes y camina hacia donde estamos.

–Lo siento, el señor Massimo acaba se fallecer.

No recuerdo que pasó. Abro los ojos, veo que estoy en una camilla y a mi lado Marcos me mira con tristeza.

Reacciono e intento levantarme. Siento un dolor en mi brazo izquierdo. El catéter intravenoso me lastima al moverme.

–Cálmate Diana, ya no puedes hacer nada. El viejo se nos fue– dice mientras me abraza.

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