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Portada de la novela Miedo al amor

Miedo al amor

Christian, Jack, Tomás, Yoon, Heen Li y Hobb se ven unidos por un destino místico bajo la tutela de animales que actúan como protectores espirituales. En este relato de fantasía urbana y romance LGBT, las vidas de estos seis jóvenes colisionan entre celos, risas y un dolor profundo. Mientras intentan descifrar los misterios que los rodean, deberán enfrentar sus mayores miedos internos. ¿Lograrán sobrevivir al impacto de un amor que cambiará su realidad?
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Capítulo 2

—¿Mochi?

Jack llevaba diez minutos intentando captar la atención de su mejor amigo, incentivándole con cacahuetes, pero el elefantito se encontraba en una esquina sin reaccionar, moviendo su oreja derecha sutilmente y con una mirada perdida.

Una semana. Había pasado una semana desde la última vez que vio a su amigo feliz, siendo alegre y único como siempre. Una semana desde que se sentía atormentado, sin saber qué hacer.

Mochi siempre había sido un elefante muy juguetón, que siempre jugaba con una pelota inflable o estaba siempre con Jack.

Jack no lo podía negar, se sentía triste y preocupado. Los días se habían tornado más monótonos y apagados. Su rutina se hacía pesada, al igual que la preocupación en su corazón. Realmente no podía comprender por qué. No hallaba respuesta ante tal comportamiento, y unas ganas inmensas de llorar se habían hecho presentes todos los días cada vez que veía a Mochi.

Mochi era su único amigo actual y ver como el único ser del planeta que amaba se estaba alejando, yendo sin ninguna respuesta, lo carcomía por dentro.

—Mochi, pequeño, ¿qué te sucede? Sabes... Sabes que te quiero mucho. Y de verdad, que si he hecho algo malo, dímelo —susurraba el chico, mientras intentaba darle un cubo de cacahuetes al elefante. Pero de nuevo, este lo rechazó y se tumbó de nuevo en el suelo, con una mirada oscura y sin vida.

El veterinario dijo que no tenía nada malo. Su salud parecía estar estable y tampoco parecía tener alguna enfermedad de nacimiento, o algún síntoma de vejez prematura. Supuestamente estaba sano y fuerte como un roble. Pero para Jack, esa no es la verdadera realidad. A pesar de haber sometido a Mochi a múltiples pruebas, ningún resultado lo convencía. Sabía que pasaba algo. Su comportamiento y su mirada lo delataba.

—¡Incluso te he traído tu marca favorita! —dijo animado, o un intento de, pero como era de esperar, Mochi no se inmutó.

Rendido, se fue a atender a los demás elefantes del lugar, pero siempre mirando de reojo a Mochi, para ver si hacía algo inusual. Si volvía a ser el de antes.

El Zoo llevaba abierto hace dos horas y a pesar de que fuera temprano, había mucha gente. Sobre todo adolescentes yendo de excursión: gritando, haciéndose fotos y riendo. Eran las 11 de la mañana, y el lugar estaba lleno de gente.

Todos parecían pasarlo bien, con sus amigos y compañeros, a excepción de un chico. Desde que había llegado al Zoo lo único que había hecho fue mirar los animales él solo, mientras tomaba alguna que otra foto con su cámara gris, que fue un regalo de su abuelo en su dieciseisavo cumpleaños. Estaba paseando sin rumbo, hasta que se encontró una celda muy particular, que le llamó la atención.

Jack, rendido y abatido por no haber conseguido ninguna respuesta de su amigo, se quitó los guantes que llevaba después de alimentar a todos (obligatorios para alimentar a los animales) y decidió salir a comprar un refresco. Tenía la cabeza gacha y aunque hubiera mucho ruido, él no escuchaba nada, solo sus pensamientos y su corazón alterado. Hasta que algo le llamó la atención.

—Hey —Una voz suave y dulce resonó en los oídos de Jeon Jack—. Hola elefantito. ¿Quieres de mi bocata?

Jack al escuchar el típico sonido de su Mochi, volteó con los ojos abiertos, y un pequeño jadeo salió de su boca. No podía creer lo que estaba viendo. Su “bebé” estaba levantado, estaba hablando con otra persona que no era él, estaba comiendo.

El pelirrojo sintió una punzada en su pecho, lo que provocó que empezara a latir frenéticamente. ¿Eran celos, o era alegría?

Alterado, cogió rápidamente su lata de refresco y corriendo, fue donde estaba ese chico compartiendo de su bocata, junto a su amigo elefante.

El joven misterioso se veía feliz. Con una sonrisa plantada en su rostro y su pelo color crema tocando con sutileza su rostro. A medida que Jack se acercaba, prestó más atención a la imagen y una sonrisa se posó en su cara.

—¡No te lo comas todo! —Refunfuñó el peli-dorado al ver que su sándwich había desaparecido de sus manos—. Eres un glotón, pequeño. ¿No te alimentan bien aquí?

Mochi traspasó su trompa por las rendijas de la valla y olió la mano del chico, que estaba extendida delante de él.

Ante eso, el joven acarició la trompa sin apartar la sonrisa de su rostro, que apareció nada más ver al pequeño Mochi. Sentía una fuerte conexión con él y no sabía muy bien el porqué.

Jack al escuchar lo que había dicho el "chico bocata" frunció el ceño y se puso a su lado con cierto disgusto. ¿Cómo se atrevía a decir que no alimentaba bien a su querido y hermoso elefante?

Y más importante aún: ¿por qué estaba acariciando la trompa de su amigo?

El más bajito no se había percatado de la presencia de Jack, ensimismado ante la energía de Mochi. Y era difícil no percatarse del pelirrojo, ya que medía 1'80 y era robusto y fuerte. Además que tenía una peculiaridad extraña y es que tenía rasgos orientales por parte de su padre, y occidentales por parte de su madre.

—Oye, ¿y tú quién eres? —dijo finalmente Jack, celoso de la situación, al ver que el pelicrema no se percató de su existencia. Algo que lo molestó en cierta manera.

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