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Portada de la novela Mía Bambola. Nadie Robara tu Amor

Mía Bambola. Nadie Robara tu Amor

Lisset White vivió bajo el estricto control de un padre déspota en un hogar fracturado. Su realidad se transformó al enamorarse de Luciano Santorini, un joven italiano de origen sencillo. Sin embargo, una separación forzada los mantuvo alejados durante once años. Al reencontrarse, la frialdad actual oculta una pasión latente. Ambos enfrentarán un turbio pasado de engaños y resentimientos para determinar si su conexión es capaz de resistir la adversidad.
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Capítulo 3

Luciano 

 El sonido de campanas que oía en mi cabeza se vio superado por el del ritmo acelerado de mi corazón. Me hundía en el cuerpo ansioso y exigente de Jazmín , que quería más y con las caderas me obligaba a penetrarla. Estaba como loca, cerca del éxtasis... Las campanas empezaron a sonar rítmicamente, pero no con los melodiosos tañidos de las de las torres de la iglesia en el centro del pueblo, ni los resonantes del cuartel de bomberos al otro lado de la calle. —Eh, Luciano Giuseppe. ¿Estás ahí dentro? — Campanas. Sin duda estaba «dentro». De hecho, muy cerca del estallido final, pero las campanas seguían allí. —Maldito seas, Giuseppe... ¿Dónde diablos estás? — Entonces el sonido penetró en mi mente: fuera, junto a los surtidores de la estación de servicio, alguien tocaba el timbre y gritaba mi nombre. Laura se quedó rígida y emitió un pequeño alarido. —¡Oh, Dios, ahí fuera hay alguien! — Demasiado tarde. Yo no podía detenerme y tampoco quería. No había deseado hacerlo allí, pero ella me insistió, me convenció, y ahora su cuerpo se mostraba insensible a la amenaza de la intrusión. Me aferré a las nalgas redondeadas de Jazmín , la tumbé, la embestí con fuerza y alcance el orgasmo. Tras un pequeño descanso, me separó del cuerpo de la chica, con suavidad pero también con prisa y me senté . Ella procedió a bajarse y alisarse la falda y a ajustarse el suéter. Entonces la llevé ocultarse tras una pila de neumáticos y me situé frente a la puerta, justo en el momento en que esta se abría. Owen Keenan entró, receloso y ceñudo. —¿Qué diablos pasa aquí, Luck? Casi he echado abajo este lugar con mis gritos. —Estaba haciendo una pausa — replique molesto , mesándome el negro pelo, lógicamente despeinado—. ¿Qué quieres? —Tu padre está borracho, en Maxine. El sheriff va para allá. Si no quieres que pase la noche en la cárcel, será mejor que llegues primero. Cuando Owen se hubo marchado, recogí del suelo el abrigo de Jazmín , sobre el que habían hecho el amor, le quité el polvo y ayudé a la chica a ponérselo. Yo sabía que una amiga la había traído, lo que significaba que tendría que llevarla de vuelta. —¿Dónde has dejado tu coche? — le pregunte. Ella me lo explicó y asentí. —Te llevaré allí antes de ir a rescatar a mi padre. Las luces de Navidad colgaban en las esquinas de la calle principal. Sus colores se desdibujaban a causa de la nevada que estaba cayendo. En el extremo norte del pueblo una guirnalda roja de plástico colgaba sobre un letrero que rezaba: «Bienvenidos a Edmunton, Indiana. Población: 38.124 ». De un altavoz proporcionado por el club Elks surgían las notas de Noche de paz, confundiéndose con las de Jingle Bells que emergían de un trineo de plástico colocado en el techo de la ferretería de Horton. Aquella nieve suave y las luces navideñas obraban milagros. En efecto, a la cruda luz del día Edmunton era una pequeña ciudad provinciana encaramada en la pendiente de un valle poco profundo. De sus acererías se elevaban al cielo apiñadas chimeneas, dispersando incesantemente nubes de humo y de vapor en el aire. La oscuridad era un manto negro que cubría el sombrío espectáculo; ocultaba el extremo sur de la ciudad, donde las buenas viviendas daban paso a las chozas, las tabernas y las casas de empeño. Más allá, la tierra de labranza, desnuda en invierno. Estacione mi furgoneta de reparto en un rincón oscuro del aparcamiento situado junto a la tienda de Jackson, donde Jazmín había dejado su coche. La muchacha se arrimó a mi. —No lo olvides — me susurró, echándome los brazos al cuello —; tienes que recogerme esta noche a las siete, al pie de la cuesta. Terminaremos lo que empezamos hace una hora. Pero Luck, no asomes la cara. Mi padre vio tu furgoneta aquí la última vez y empezó a hacer preguntas. La la miré y de pronto sentí asco. Asco de mi mismo, por la atracción sexual que la chica ejercía sobre mi. Jazmín hermosa, rica, mimada y egoísta. Yo era consciente de todo eso. Me había dejado utilizar por Jazmin, había consentido en ser para ella un objeto sexual, viéndome arrastrado a encuentros clandestinos, a intentos furtivos, permitiendo que ella me hiciera esperar al pie de la cuesta y no enfrente de su casa, como sin duda hacían sus amigos socialmente aceptables. Aparte de la atracción sexual, Laura y yo no teníamos nada en común. El padre de Jazmín Frederickson era el ciudadano más rico de Edmunton, y su hija estudiaba primer curso en una costosa universidad del Este. Yo, Luciano Giuseppe, emigrante italiano, trabajaba en una fábrica de acero durante el día, asistía a las clases nocturnas de la delegación local de la Universidad Estatal de Indiana y los fines de semana me ganaba unos dólares como mecánico. Abrí la portezuela para que Jazmín saliera y le dí un ultimátum con voz dura e inflexible. —Esta noche te paso a buscar por la puerta de tu casa o haces otros planes sin contar conmigo. —Pero ¿qué diré a mi padre cuando vea tu furgoneta frente a la casa? Insensible a la aterrada mirada de la chica, respondí con voz sardónica. —Dile que mi limusina está averiada.

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