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Portada de la novela Mi Vientre, Su Infidelidad

Mi Vientre, Su Infidelidad

Después de agotar su herencia financiando la carrera de Mateo, la protagonista logra quedar embarazada tras años de intentos. Sin embargo, su ilusión se desmorona al descubrir en redes que su esposo le es infiel con Sofía. Humillada y culpada por el propio Mateo, ella toma una determinación drástica para romper cualquier vínculo con el traidor. Llama a su padre y a la clínica para abortar, decidida a no permitir que ese hijo la ate a un hombre tan cruel.
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Capítulo 2

Ximena sintió una oleada de náuseas subir por su garganta, un sabor amargo y metálico que ya conocía demasiado bien. Se aferró al borde del lavabo de su taller de cerámica, el frío del mármol apenas calmando el sudor en sus manos. El mareo era una constante en las últimas semanas, un recordatorio agridulce de que el milagro que tanto había buscado, por el que había llorado y gastado la herencia de su madre, finalmente estaba anidando en su vientre.

Con una mano temblorosa, desbloqueó su celular. Iba a escribirle a Mateo, su esposo, para contarle que las náuseas matutinas se habían convertido en náuseas de todo el día, pero que no importaba, que era la mujer más feliz del mundo.

Pero no fue un mensaje lo que encontró. Fue una notificación de Instagram.

Una etiqueta.

Su dedo se deslizó casi por inercia, abriendo la aplicación. La pantalla se iluminó con una foto que le robó el aliento y le heló la sangre en las venas.

Era Sofía, la joven corista de la banda de mariachis de Mateo. Estaba sentada en el regazo de él, con sus brazos delgados rodeando su cuello. Mateo, vestido con su impecable traje de charro, sonreía a la cámara con una familiaridad que era exclusivamente de Ximena, o eso creía ella. La mano de Sofía, adornada con uñas rojas y afiladas, descansaba posesivamente sobre el pecho de Mateo.

Pero lo peor no era la imagen. Era el texto que la acompañaba.

"Celebrando el éxito con mi inspiración. Gracias por creer en mí cuando nadie más lo hizo. Te amo, mi mariachi."

Y debajo, un comentario de la propia Sofía, añadido hacía apenas unos minutos: "@Ximena_Ceramics ¿No te da gusto que tu esposito esté triunfando? Deberías agradecerme, sin mi musa, seguiría estancado."

La náusea regresó con una fuerza brutal, pero esta vez no era por el embarazo. Era por la traición. El celular se resbaló de sus dedos y cayó al suelo, la pantalla estrellándose en una telaraña de fracturas, un reflejo perfecto de su corazón en ese instante.

Se quedó allí, de pie, mirando el desastre. Años de sacrificios pasaron ante sus ojos como una película muda. Vendiendo sus piezas más preciadas para financiar la primera grabación de Mateo. Pidiendo dinero a su padre para pagar las giras. Defendiéndolo ante su familia, que nunca confió en él. Soportando inyecciones, tratamientos hormonales dolorosos y la humillación de las clínicas de fertilidad, todo mientras él estaba "de gira", "componiendo", "buscando su inspiración".

Y ahora entendía quién era esa inspiración.

Escuchó el sonido de la puerta principal abriéndose. Mateo. Su paso era pesado, arrastrando los pies. Entró al taller sin siquiera mirarla, dejando caer su estuche de la guitarra con un ruido sordo.

"Qué día, mi amor. Estoy muerto. Pero valió la pena, el show estuvo increíble. La gente se volvió loca."

Se acercó para besarla, pero Ximena retrocedió como si su contacto quemara.

"¿Qué te pasa?" preguntó él, su tono cambiando de cansado a irritado en un segundo.

Ximena no respondió. Simplemente señaló el teléfono roto en el suelo. Mateo frunció el ceño, se agachó con fastidio y lo recogió. La pantalla aún mostraba la publicación de Sofía.

Él no se inmutó. Ni un ápice de culpa. Solo un suspiro de fastidio.

"Ah, eso. No es para tanto. Sofía es una niña, le gusta el drama."

"¿Una niña?" la voz de Ximena era un susurro roto. "¿Una niña que se sienta en tus piernas y te dice que te ama?"

Mateo finalmente la miró, y en sus ojos no había arrepentimiento, sino desprecio.

"Ximena, por favor. No empieces con tus escenas. Estoy cansado. Sofía es joven, tiene energía, me da vida. Me inspira. ¿Tú qué me das últimamente? Puras quejas, citas con doctores y mal humor."

Cada palabra era un golpe. La culpaba a ella. Por su propia infidelidad, la culpaba a ella.

"Yo te he dado todo," dijo Ximena, sintiendo cómo la tristeza se transformaba en una rabia fría y lúcida. "Mi dinero, mi tiempo, mi cuerpo. Te di la oportunidad de tener una carrera."

Mateo soltó una carcajada amarga.

"¿Tú me diste una carrera? Mi talento me dio una carrera. Tu dinero solo fue un empujón. No te sientas tan importante. Además, ¿de qué te quejas? Ya conseguiste lo que querías, ¿no? Ya estás embarazada. Deberías estar feliz, preparando el cuarto del bebé, no jodiéndome la vida con celos estúpidos."

Esa fue la última gota. El bebé. El bebé que tanto había deseado, concebido en un nido de mentiras. El bebé que la ataría para siempre a este hombre cruel y egoísta.

Una calma aterradora se apoderó de ella. Miró a Mateo, pero ya no veía al hombre que amaba. Veía a un extraño, a un parásito.

"Tienes razón," dijo con una voz carente de emoción. "Debería estar feliz."

Se dio la vuelta, caminó hacia su mesa de trabajo y tomó su agenda. Buscó un número que no había marcado en meses. El de su padre, en Oaxaca.

Marcó. Su padre contestó al segundo tono, su voz cálida y profunda llenando el silencio del taller.

"¿Xime? Hija, qué milagro. ¿Todo bien?"

Ximena cerró los ojos, aspirando profundamente el olor a arcilla y tierra húmeda de su taller, el olor de su verdadero yo.

"Papá," dijo, su voz firme por primera vez en mucho tiempo. "Quiero volver a casa. ¿Hay un lugar para mí en la galería?"

Hubo un silencio al otro lado de la línea, pero no de duda, sino de alivio.

"Hija, la galería siempre ha sido tuya. Te estamos esperando."

Colgó el teléfono y se volvió hacia Mateo, que la miraba con una mezcla de confusión y molestia.

Luego, con una determinación que la sorprendió a sí misma, abrió su agenda de nuevo y marcó otro número. El de la clínica de fertilidad.

"Buenas tardes," dijo al teléfono, su voz clara y sin temblores. "Hablo para cancelar mi cita de seguimiento. Y para programar otro procedimiento. Sí, una interrupción."

La recepcionista al otro lado de la línea guardó silencio por un momento, claramente sorprendida.

"Señora... ¿está segura? Después de todo lo que ha pasado para lograrlo..."

Ximena miró a Mateo, cuya cara había pasado del desprecio a la incredulidad absoluta.

"Nunca he estado más segura de nada en mi vida."

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