
Mi Venganza, Tu Dolor
Capítulo 3
La oficina del director Bermúdez olía a café rancio y a autoridad barata. Era un hombre de mediana edad, con una barriga que se asomaba por debajo de su camisa y una expresión de perpetua impaciencia. Cuando entramos, Valentina ya estaba sentada en una de las sillas frente al escritorio, sollozando de nuevo, esta vez con más dramatismo.
"¡Director, no puedo más!" gimió en cuanto me vio entrar. "Sofía no deja de atormentarme. Me acusa de cosas horribles solo porque mi familia es humilde. ¡Dice que le robo todo!"
Bermúdez me lanzó una mirada severa, como si yo fuera una delincuente. Me indicó con un gesto brusco que me sentara en la otra silla. No me ofreció ni los buenos días.
"Sofía," comenzó, su tono era el de un juez dictando sentencia. "Ya he escuchado la versión de Valentina. Y francamente, estoy muy decepcionado. Eres una de nuestras alumnas más brillantes, acabas de ganar la beca de excelencia. ¿Y así es como te comportas? ¿Acosando a tu propia prima?"
Me quedé en silencio, mirándolo fijamente. Dejé que terminara su sermón.
"Tu prima te admira," continuó, subiendo el tono. "Te ve como un modelo a seguir. Deberías sentirte halagada. Deberías apoyarla, ayudarla. Vienen de la misma familia, por Dios. ¿Qué clase de elitismo es este? ¿Crees que porque tienes más recursos tienes derecho a pisotear a los demás?"
Valentina, desde su silla, sorbía por la nariz y me lanzaba miradas de triunfo. Disfrutaba cada palabra de la reprimenda del director.
"Usted no entiende, director," dijo ella con voz temblorosa. "Ella siempre ha sido así. Me menosprecia porque no puedo comprarme la ropa de marca que ella usa, porque mi papá no tiene un coche de lujo. Solo quiero aprender de ella, y me trata como si fuera basura."
Bermúdez asintió, completamente convencido por la actuación.
"Esto es inaceptable, Sofía," sentenció él. "Te exijo que te disculpes con tu prima inmediatamente. Y quiero que entiendas que en este instituto no toleramos la soberbia ni la discriminación. La beca que ganaste es para fomentar el talento, no para crear tiranos."
En mi vida anterior, habría agachado la cabeza, humillada. Habría tartamudeado una disculpa forzada.
Pero ahora, una calma helada me invadía.
Esperé a que el director terminara su discurso, a que el eco de sus acusaciones se apagara en la pequeña oficina. Valentina me miraba, esperando mi rendición.
Entonces, sonreí.
"Director Bermúdez," dije, mi voz tranquila pero firme. "Usted habla de recursos y de elitismo. Me parece que no tiene toda la información."
Saqué mi celular del bolso. Lo desbloqueé y busqué un contacto en mi agenda.
"Usted cree que soy una simple estudiante becada," continué, mientras el teléfono comenzaba a timbrar. "Y que Valentina es la única víctima aquí. Pero se equivoca."
Bermúdez frunció el ceño, confundido por mi repentino cambio de actitud.
"¿De qué estás hablando?"
Alguien contestó al otro lado de la línea. Puse el altavoz.
"¿Sofía? Hija, ¿pasó algo? Estoy en medio de una reunión." La voz de mi padre, clara y poderosa, llenó la oficina.
"Hola, papá. Perdón por interrumpir. Solo una pregunta rápida," dije, sin apartar la vista del director, cuyo rostro comenzaba a mostrar una pizca de incertidumbre. "¿Recuerdas la donación que hiciste al Instituto Gastronómico el año pasado para el nuevo laboratorio de técnicas moleculares?"
Hubo una pausa al otro lado de la línea. Valentina dejó de llorar y me miró con los ojos muy abiertos.
"Claro que la recuerdo," respondió mi padre. "¿Por qué? ¿Hay algún problema con el equipo?"
"No, con el equipo no," dije, mi sonrisa ampliándose. "El problema es con el Director Bermúdez. Parece que no está al tanto de quiénes son los benefactores de su instituto. Está aquí, acusándome de 'elitista' por un malentendido con mi prima."
El silencio en la oficina era total. El rostro del director Bermúdez pasó del rosa al blanco pálido en cuestión de segundos. Se quedó mirando mi teléfono como si fuera una serpiente.
"Pásame al director, Sofía," ordenó mi padre. Su tono ya no era casual, era el tono de un hombre acostumbrado a dar órdenes y a ser obedecido.
Le extendí el teléfono al director. Sus manos temblaban ligeramente al tomarlo.
"¿Sí, señor... señor Rojas?" tartamudeó.
No podía escuchar lo que mi padre le decía, pero no necesitaba hacerlo. Veía la transformación en el rostro de Bermúdez. Asentía frenéticamente, susurraba "Sí, señor", "Por supuesto, señor", "Un terrible malentendido, señor". Su postura arrogante se había desinflado como un globo.
Cuando colgó, me devolvió el teléfono con una reverencia casi imperceptible. No se atrevía a mirarme a los ojos. Miró a Valentina, y por primera vez, su expresión era de fría ira.
"Valentina," dijo, su voz ahora era dura y seca. "¿Qué es esta tontería que me contaste? ¿Estás intentando causarle problemas a una de nuestras alumnas más valiosas y a su familia?"
Valentina estaba en shock. Su boca se abría y se cerraba, pero no salían palabras. El guion de su obra se había hecho pedazos.
"Yo... yo no sabía..." balbuceó.
"¡Fuera de mi oficina!" le gritó Bermúdez. "Y no quiero volver a escuchar una sola queja tuya. ¡Ni una!"
Valentina se levantó de un salto, me lanzó una mirada cargada de veneno y salió corriendo de la oficina.
Bermúdez se volvió hacia mí, su rostro era una máscara de servilismo.
"Señorita Rojas, Sofía... le pido una enorme disculpa. No tenía idea... Fue un error lamentable. Por favor, acepte mis más sinceras..."
Lo interrumpí levantando una mano.
"Director," dije, poniéndome de pie. "Aprecio su... cambio de opinión. Pero creo que tiene razón en algo. Este instituto no es para mí."
Su rostro se contrajo de pánico.
"¿Qué? ¡No, por favor! Su padre..."
"Mi padre estará de acuerdo conmigo," lo corté. "Vine aquí a estudiar gastronomía, no a lidiar con envidias familiares ni con directores que juzgan a las personas por su supuesta posición económica. Renuncio a la beca."
Caminé hacia la puerta.
"Y también renuncio a mi lugar en este instituto," añadí, antes de abrirla. "Puede darle mi puesto a mi prima. Parece que lo necesita más que yo."
Salí de la oficina sin mirar atrás, dejando a un director Bermúdez pálido y sudoroso, enfrentando la aterradora perspectiva de tener que explicarle al principal donante de su escuela por qué su hija acababa de renunciar.
Afuera, en el pasillo, respiré hondo. No sentí tristeza ni pérdida. Sentí libertad.
El juego había cambiado. Y esta vez, yo ponía las reglas.
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