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Portada de la novela Mi Venganza, Su Destino Final

Mi Venganza, Su Destino Final

Sofía quedó en silla de ruedas tras un sabotaje orquestado por su prometido y su mejor amiga. En su vulnerabilidad, su jefe Ricardo se casó con ella, pero cuatro años después y estando embarazada, descubre que él fue el verdadero autor de su tragedia para usurpar su patrimonio. Amenazada con perder a su hijo, la experta hacker activa el Proyecto Fénix. Ya no es una víctima; Sofía renace decidida a ejecutar una venganza implacable contra sus traidores.
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Capítulo 2

El motor del helicóptero rugía sobre mi cabeza, un ruido infernal que se mezclaba con los disparos lejanos, cada detonación era un martillazo en mis sienes, mientras yo tecleaba a una velocidad que mis propios ojos apenas podían seguir.

"¡Sofía, sácanos de aquí! ¡Están bloqueando la red!"

La voz de mi compañero en el comunicador sonaba desesperada, casi rota.

"Casi lo tengo, dame diez segundos más."

Murmuré, con los dedos volando sobre el teclado de la laptop militar.

Éramos los mejores, la élite de la ciberseguridad en "Méndez Security" , y esta misión secreta era la joya de la corona, un golpe limpio contra un cartel que lavaba dinero a través de criptomonedas.

Justo antes de salir, mi prometido, Luis, me había besado.

"Ten cuidado, mi amor. Cásate conmigo la próxima semana, no con el peligro."

Mi mejor amiga, Blanca, le había sonreído, abrazándome fuerte.

"Vuelve entera, tonta. Tengo que ser la dama de honor más guapa de todas."

Esas palabras eran mi ancla, la promesa de una vida normal esperándome al otro lado de este infierno.

"¡Lo tengo! ¡La red es nuestra!"

Grité, sintiendo la euforia del éxito.

Pero la euforia duró un instante.

Una explosión ensordecedora sacudió el vehículo blindado en el que nos escondíamos, el metal se retorció como papel y mi mundo se convirtió en una sinfonía de dolor y oscuridad, la última sensación que tuve fue un golpe brutal en la espalda baja, un crujido que me robó el aliento y apagó la luz.

Desperté en la blancura estéril de un hospital, el olor a antiséptico llenaba mis pulmones y un dolor sordo y profundo anidaba en mis piernas, quise moverlas, pero no respondieron, no sentí nada, solo un vacío aterrador donde antes había fuerza y movimiento.

Un médico con cara de pésame entró en la habitación.

"Sofía, la explosión dañó severamente tu columna. Las vértebras L4 y L5… lo siento mucho. Es muy probable que no vuelvas a caminar."

Cada palabra era un clavo en mi ataúd.

Mi carrera, mi vida, mi boda… todo se desvaneció en el eco de esa frase.

Luis vino a verme esa tarde, su rostro era una máscara de incomodidad, no se atrevía a mirarme a los ojos, se quedó de pie junto a la puerta, lejos de mi cama, como si mi nueva condición fuera contagiosa.

"Sofía, yo…"

Empezó, tragando saliva.

"No puedo hacer esto."

Mi corazón, ya hecho pedazos, se detuvo.

"¿Qué quieres decir, Luis? ¿Qué no puedes hacer?"

"Esto," dijo, señalándome con un gesto vago, abarcando la cama, la silla de ruedas que ya esperaba en un rincón, mi cuerpo inútil. "Yo me enamoré de una mujer fuerte, vibrante. No de… esto. No puedo atarme a una inválida de por vida."

El aire se escapó de mis pulmones.

"¿Y nuestra boda? ¿Nuestros planes?"

"Lo siento. Ya hablé con Blanca. Ella entiende. Ella me apoya."

Justo en ese momento, la puerta se abrió y entró Blanca, mi mejor amiga, su rostro mostraba una falsa preocupación que no llegaba a sus ojos, en ellos, vi un brillo de triunfo.

Se acercó a Luis y le tomó la mano.

No a mí. A él.

"Pobrecita, Sofía. Qué terrible. Pero no te preocupes, yo cuidaré de Luis por ti."

Ver sus manos entrelazadas fue peor que la explosión, peor que el diagnóstico.

Fue la traición en su forma más pura y cruel.

Se fueron juntos, dejándome sola en el silencio de mi nueva y rota realidad.

Lloré hasta que no me quedaron lágrimas, hasta que mi garganta se sintió en carne viva, me sentía como un desecho, un trasto inútil que todos habían abandonado.

Justo cuando la desesperación amenazaba con consumirme por completo, la puerta se abrió de nuevo.

Era Ricardo Méndez, mi jefe. El carismático y poderoso CEO de Méndez Security.

Siempre había sido una figura imponente y distante, pero ahora su rostro mostraba una genuina preocupación.

Se acercó a mi cama, ignorando la silla de ruedas con una naturalidad que agradecí.

"Sofía."

Su voz era grave y tranquilizadora.

"He oído lo que ha pasado. Y he oído lo de ese cobarde de Torres."

Desvió la mirada, como si le doliera mi dolor.

"No estás sola. La empresa se hará cargo de todos tus gastos médicos, los mejores especialistas, la mejor rehabilitación. No te faltará nada."

Sus palabras eran un bálsamo, una tabla de salvación en medio del naufragio.

Ricardo se convirtió en mi visitante diario, me traía libros, me contaba historias del trabajo, me hacía reír cuando pensaba que nunca más lo haría, llenó el vacío que Luis y Blanca habían dejado con una amabilidad y una atención que me abrumaban.

Un par de meses después, cuando ya me habían dado el alta y vivía en un apartamento adaptado que él mismo había pagado, Ricardo me llevó a cenar al restaurante más elegante de la ciudad.

Después del postre, se levantó, caminó hasta mi lado de la mesa y se arrodilló, un acto que silenció a todo el restaurante.

Tomó mi mano, su mirada fija en la mía, llena de una emoción que me pareció real.

"Sofía Romero, eres la mujer más fuerte e inteligente que he conocido. Tu valor no está en tus piernas, sino en tu mente y en tu corazón. He estado enamorado de ti en secreto durante años, observándote desde la distancia, admirando tu genio. La idea de que ese idiota te tuviera y no te valorara me mataba. Ahora que estás libre, no voy a cometer el mismo error."

Sacó una caja de terciopelo negro y la abrió, revelando un anillo de diamantes que eclipsaba la luz del candelabro.

"Déjame cuidarte. Déjame amarte como te mereces. Cásate conmigo, Sofía."

Las lágrimas corrían por mis mejillas, pero esta vez eran de gratitud, de una abrumadora sensación de ser vista y valorada de nuevo.

En mi estado de vulnerabilidad, su propuesta no era solo una oferta de matrimonio, era la promesa de una nueva vida, de no volver a estar sola nunca más.

"Sí."

Susurré, con la voz quebrada.

"Sí, Ricardo. Acepto."

El restaurante estalló en aplausos, y mientras él deslizaba el anillo en mi dedo, creí sinceramente que mi pesadilla había terminado y que un ángel me había rescatado del infierno.

Qué ingenua fui.

El infierno apenas estaba comenzando.

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